Category: Columnas de domingo

Héroes discretos

Bohumil Hrabal (Brno, 1914 – Praga, 1997) murió al caer desde una ventana del quinto piso de un hospital. Parece que estaba dando de comer a las palomas cuando perdió el equilibrio. Aunque puede que, en realidad, se arrojara al vacío. De eso hace veinte años y sus libros, que tenían un componente autobiográfico, son clásicos de la literatura europea del siglo XX. La taberna praguense que frecuentaba Hrabal, El tigre dorado, es un lugar de peregrinación para los admiradores del escritor.

‘Trenes rigurosamente vigilados’, uno de sus libros más famosos -su adaptación al cine, a cargo de Jirí Menzel, obtuvo el Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 1967- acaba de ser reeditada en Seix Barral. La novela transcurre en el año 45, en una estación checa cerca de la frontera entre Alemania y Checoslovaquia. Allí trabaja como aprendiz Milos, protagonista y narrador; un  joven que se reincorpora al servicio después de tres meses de baja tras un intento de suicidio. Milos tiene una sensibilidad especial, eso se descubre desde la primera página del libro, antes incluso de que cuente la historia familiar. A través de su mirada, tierna e inocente, desprejuiciada y sin malicia, se descubre el mundo que alberga la pequeña estación: la relación del jefe de estación con las palomas a las que alimenta, las aventuras sexuales del factor, que producen envidia y admiración en todos, o el secreto de la mujer del jefe de estación para que la carne de conejo sepa más tierna. También desvela los motivos de su intento de suicidio, una historia de amor, una iniciación al sexo y cómo unos sellos pueden convertirse en una herramienta del erotismo (“es la maldición del siglo del erotismo”, dice el jefe de estación). Es una historia sobre la resistencia camuflada entre episodios y anécdotas más o menos simpáticas y llenas de humor, amor, deseo y belleza. Y cuenta también cómo un acto heroico puede cometerse sin la menor épica: si hay una banalidad del mal, también hay una banalidad del bien. La literatura de Hrabal es como sus héroes: sin estridencias pero capaz de cambiar la historia.

*Columna publicada el domingo 19 de febrero de 2017 en Heraldo domingo.

**En la foto, tomada aquí, el escritor checo frente a una jarra de cerveza.

La anomalía cotidiana

El pasado 14 de diciembre se cumplieron 100 años del nacimiento de la escritora estadounidense Shirley Jackson (San Francisco, 1916 – Bennington, 1965, reivindicada desde hace algún tiempo por escritores como Stephen King o Jonathan Lethem como maestra y una de las precursoras del género gótico. Hace unos meses apareció ‘A Rather Haunted Life’, una biografía de la escritora a cargo de Ruth Franklin, para quien “el trabajo de Jackson constituye nada menos que la historia secreta de las mujeres americanas de su época”.

Según Jackson escribió, cuando acudió al hospital tras ponerse de parto del tercero de sus cuatro hijos, le preguntaron en recepción la profesión. Ella respondió “escritora”. La recepcionista dijo: “pongo ama de casa”. Jackson escribía columnas en revistas femeninas sobre la vida familiar y publicó dos libros sobre el tema. Pero donde sacaba a relucir su talento era en los cuentos y novelas de terror cotidiano, o como se llamaron, terror doméstico. Lo que asusta de sus textos no es un misterio o un asesinato, sino la anomalía asumida como cotidiana y normal que se va descubriendo poco a poco, conforme avanza el relato. Es el caso de ‘La Lotería’, uno de sus cuentos más famosos, en el que en un tranquilo pueblo se celebra un rito anual: el sorteo para saber quién de los habitantes será el elegido por el azar para morir apedreado por el resto del pueblo. Y es el caso de ‘Siempre hemos vivido en el castillo’. La novela, que reedita ahora Minúscula y cuya adaptación al cine se estrenará este año, está narrada por Merricat, una de las dos hermanas Blackwood que ha sobrevivido al envenenamiento de la familia.

Shirley Jackson escribió también varios textos sobre el oficio de contar historias. Algunos pueden leerse en el volumen ‘Cuentos escogidos’ (Minúscula, 2015). En “Notas para un joven escritor” escribe: “En el país de los cuentos el escritor es el rey. Él dicta todas las reglas, solo debe cuidarse de no pedir al lector más de lo que este puede conceder razonablemente”. Fue fiel a ese consejo y por eso sus textos son perturbadores países cuyo recuerdo permanece para siempre en el lector.

*Columna publicada el domingo 22 de enero de 2017 en Heraldo domingo.

**La foto está tomada de aquí.

 

El pacto con el lector

El reportaje sobre una niña que padece una enfermedad de las llamadas raras se convirtió en noticia: de ‘El Mundo’ saltó a Twitter, de ahí a las televisiones y en apenas cuatro días se recaudaron más de 150.000 euros que, según explicaba el padre, irían dedicados a financiar un tratamiento experimental y prohibido en España. El blog Malaprensa fue el primero en señalar algunas incongruencias en la historia. La historia fue detalladamente desmontada en Hipertextual y en ‘El País’. Esta semana los mismos platós de televisión que acogieron la conmovedora historia y sirvieron de altavoz a la campaña de recaudación de donativos se llenaban de los periodistas que, ahora sí, usaban los datos comprobados por otros para destapar las mentiras y exageraciones del caso. Los padres mintieron, los mossos actuaron y el padre ha pasado a disposición judicial. Se ha sabido que el padre ha dejado un reguero de engaños y estafas de mayor o menor medida, algunas denunciadas y otras no.

Estas semanas se recuperó una entrevista de 2013 en la que Bernardo Bertolucci confesaba sentirse “culpable” por cómo habían tratado él y Marlon Brando a Maria Schneider durante el rodaje de ‘El último tango en París’ y la escena conocida popularmente como la de la mantequilla. Aparecieron campañas acusando al actor y al director de violación. En 2007 la actriz explicó: “Durante la escena, aunque lo que hacía Marlon no fuera real, yo lloraba de verdad. Me sentí humillada y, para ser honesta, un poco violada por Marlon y Bertolucci”. El director ha tenido que aclarar que no hubo violación. En ambos casos el rigor periodístico sucumbió al titular y la pereza interpretativa hizo el resto: así se crean y favorecen los bulos. El error no es solo de los periodistas, de la búsqueda del titular llamativo y la repercusión fácil y rápida, es también del lector que se deja llevar por la espectacularidad de lo noticioso para crearse una opinión sobre la noticia antes de leerla. Para que el pacto entre periodistas y lectores funcione estos deben mostrar que son exigentes y aquellos, que se guían por el rigor. Solo así los periódicos demostrarán su utilidad y que están cumpliendo con su misión: informar.

*Columna publicada el domingo 11 de diciembre de 2016 en Heraldo domingo.

Vaciar los armarios

En 2003 se publicó en Zaragoza un libro estupendo: era un retrato de la ciudad y un libro sobre la amistad y la adolescencia. Era ‘Autos de choque’ (Xordica), el debut del escritor Rodolfo Notivol (Zaragoza, 1962), y descubría a un narrador excelente, que contaba su infancia de barrio zaragozano como si fuera la de todos. Notivol demuestra la cualidad de llegar a lo universal desde lo local en su segundo libro, ‘Vaciar los armarios’ (Xordica, 2016), que se presentó el viernes y del que casi lo único negativo que puede decirse es que ha tardado demasiado tiempo en escribirlo.

Es una historia familiar y es también la historia de una ciudad. Es la historia de un país y de un época: la España que se va recuperando muy poco a poco de la Guerra Civil, la posguerra, la miseria y a la que llegan la democracia y las libertades sociales.

El título, ‘Vaciar los armarios’, se parece mucho al de la primera novela de Annie Ernaux, ‘Los armarios vacíos’ (1974). Como muchos de los libros de Ernaux, el de Notivol es un ejercicio de memoria familiar. La narradora de Notivol comienza a tejer el tapiz familiar para responder a las preguntas de su sobrina, inquieta por la desaparición de su madre. La tetralogía napolitana de Elena Ferrante ‘Dos amigas’ también comienza con una desaparición voluntaria y con un hijo que quiere saber. Y, como Nápoles en la saga de Ferrrante, Zaragoza emerge como un personaje más en esta novela. ‘Vaciar los armarios’ tiene mucho que ver con las novelas de Natalia Ginzburg, no solo en la atención que se presta al léxico y a las relaciones familiares, también en el gusto por el detalle y las pequeñas virtudes. Recuerda también a algunas de las novelas de Ignacio Martínez de Pisón: por la disección de las relaciones familiares y por las intersecciones entre la historia privada y la historia colectiva. Con ‘Vaciar los armarios’ Rodolfo Notivol se muestra como un narrador ágil, ambicioso, que registra los cambios y traza un enternecedor retrato de su ciudad y de una familia imperfecta y llena de aristas.

*Columna publicada el domingo 27 de noviembre en Heraldo domingo.

Back to Back

Pasé la noche del martes al miércoles consultando el recuento de votos de las elecciones estadounidenses cada vez que mi sueño se interrumpía. A las 7 la victoria de Donald Trump estaba prácticamente confirmada, aunque esperaba un giro en el último momento que corrigiera un tremendo error. No se produjo. Hillary Clinton, la candidata derrotada, compareció al día siguiente (por la tarde, hora española), reconoció su derrota, dio la enhorabuena a Trump, al que ofreció su colaboración para trabajar juntos por el país. La que habría sido de haber ganado la primera presidenta de EE.UU. se dirigió a las mujeres: “Sé que todavía no hemos roto ese techo de cristal pero un día se acabará cayendo y espero que antes de lo que creemos”.

También habló Barack Obama, que abandonará el cargo el próximo 20 de enero. Dio un ejemplo de por qué va a ser profundamente añorado: pidió mente abierta y la oportunidad de liderar para el recién elegido presidente, dijo que una de las primeras cosas que se aprenden cuando se asume el cargo es más grande que uno. Dijo que a veces se avanza en zigzag, pidió a los jóvenes que no fueran cínicos, que no pensaran “que no pueden marcar la diferencia”. Aseguró que su equipo facilitará la transición de poder. Para Obama, es una oportunidad para demostrarle al mundo cómo funciona la democracia.

El discurso esperanzador y ahuyenta temores de Obama es modélico y tranquilizador. Aunque no lo suficiente: a pesar del tono pacificador de su discurso de victoria cuesta olvidar los insultos de Trump, sus declaraciones xenófobas, las grabaciones en las que habla de las mujeres como de objetos, su demostrada incompetencia, las acusaciones de acoso sexual que salieron a la luz durante la campaña o cómo ha presumido de no haber pagado impuestos durante años.

Por la mañana fui a la retrospectiva de Bruce Davidson (Chicago, 1933). Una parte de la muestra está dedicada al movimiento por los derechos civiles de 1963. El fotógrafo acompañó varias de las marchas, entre ellas, la de Selma. Veía esas fotos emocionantes y no podía evitar pensar que se había iniciado un movimiento de regresión hacia lo peor: el odio y el autoritarismo.

*Columna publicada el domingo 12 de noviembre de 2016 en Heraldo domingo.

Padres en igualdad de condiciones

El asunto de los permisos de paternidad estaba sobre la mesa desde hace tiempo. En España, las mujeres disfrutan de 16 semanas, de las cuales, 6 son intransferibles, las 10 restantes pueden compartirlas con el padre, y los hombres de solo dos. No solo es absolutamente desequilibrado, sino que el mensaje que traslada es que los cuidados del hijo recaen sobre la madre. Reforzar esa idea hace que las mujeres en edad fértil se vean en desventaja frente a los hombres a la hora de ser contratadas. Casi todos los partidos coinciden en la necesidad de ampliar los permisos, aunque discrepan en cuanto a si deben poder repartirse entre padre y madre o deben ser intransferibles. El martes 18, el Congreso aprobó una Proposición No de Ley para igualar los permisos de paternidad entre mujeres y hombres (en 16 semanas) y hacerlos intransferibles. La iniciativa provenía de Unidos Podemos, En Comú y En Marea. Y aunque se aprobó con 173 votos a favor, 2 en contra y 164 abstenciones, es solo una propuesta, no obliga a nada. Es decir, es una declaración de intenciones que no compromete a legislar en esa dirección.

La única manera de eliminar la discriminación de las mujeres en el entorno laboral es equiparar los permisos de ambos sin posibilidad que sean transferidos. El informe de FEDEA sobre Desigualdades de género en el ámbito laboral recomendaba incentivar las bajas de paternidad para combatir esas desigualdades. Teresa Jurado-Guerrero explicaba en ‘El País’ que la posibilidad de transferir el permiso hace que sean las mujeres las que lo disfrutan y eso “refuerza la idea de que no importa que las madres se ausenten de sus empleos más tiempo, mientras que los hombres se consideran imprescindibles o sus empleos parecen más valiosos que los de ellas”. Ofrecer el mismo permiso es tratar a ambos progenitores como iguales y conceder la misma importancia a las carreras profesionales de ambos, además de reconocer por igual el papel que desempeñarán en la crianza y cuidado de los hijos. Tal vez unos permisos de paternidad que no penalicen a las mujeres que tienen hijos sean un paso hacia la inversión de la pirámide demográfica.

*Columna publicada el domingo 30 de octubre de 2016 en Heraldo domingo.

Quimeras

Aunque el primer número del periódico en el que trabajé hasta el viernes, ‘Ahora’, salió el 18 de septiembre de 2015, empezamos a trabajar casi un año antes. Estuvimos haciendo números cero, probándonos y probando el diseño, ajustando detalles y tratando de dominar un formato nada fácil: la sábana. Era un semanal y yo me ocupaba del segundo cuadernillo, en el que había sitio para libros, ciencia, cine, música, ensayos y teatro. Era un proyecto bastante quimérico, hecho con lo mínimo, en recursos y en personal. Fue bonito ver cómo la idea se iba materializando, cómo se convertía en realidad y cómo llegaba cada viernes a los quioscos.

Mi padre es periodista, muchos de mis amigos los son, escribo esta columna quincenal desde hace cinco años, por eso trabajar en un periódico era un paso casi natural y, al mismo tiempo, me asustaba: quería hacerlo bien. Había muchos detalles que no sabía y que he aprendido: a hacer destacados, a poner titulares y entradillas, que los textos, por interesantes que sean, ganan si pones punto de atención que los partan y le den al lector asideros. Tampoco sabía lo que era la adrenalina que produce mandar un periódico a imprenta. Tampoco sabía que la intensidad de esa sensación disminuye, como el temor a que se haya escapado una errata. No sabía de lo que era capaz de hacer. Sí sabía que, por cursi que suene, tus compañeros de trabajo se convierten en tu familia, con favoritos y ovejas negras. Pero aprendes de todos. Escribo esto en mi último día en la redacción de la calle Larra, en el edificio en el que estuvo la sede del ‘Diario Madrid’ –nuestra redacción estaba en el sótano-, un día después de haber mandado el último número a imprenta.

En ‘Mi último suspiro’ Luis Buñuel confiesa que, con la muerte tan cerca, solo lamenta una cosa: “No saber lo que va a pasar”. Escribe: “Una confesión: pese a mi odio a la información, me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, llegarme hasta un quiosco y comprar varios periódicos”.

*Columna publicada el domingo 16 de octubre de 2016 en Heraldo domingo.

La jungla de cristal

No es complicado simpatizar con Pedro Sánchez: es el débil y las circunstancias lo señalan como el héroe. Todo está preparado para la épica: tiene a los notables en contra, tiene a los barones en contra y hasta Susana Díaz y Eduardo Madina se han puesto de acuerdo en pedir su dimisión (aunque Sánchez fuera el elegido como hombre de paja para frenar a Madina en las primarias y guardarle el puesto a Díaz). A su lado se han quedado los simpáticos, pero menos fuertes: Miguel Iceta, Meritxel Batet y César Luena, que no es especialmente simpático pero apeló a la militancia y eso siempre ayuda. Solo falta que su mujer le pida el divorcio para que se convierta en Bruce Willis en ‘La jungla de cristal’. Con más pelo, más guapo, pero menos encanto. Los dos bandos enfrentados del PSOE debaten su estrategia en habitaciones diferentes del mismo edificio. Mientras, al otro lado del Atlántico, Felipe González se presta a azuzar una guerra cuyas consecuencias no le afectarán. Lo que está sucediendo en el partido hegemónico de la izquierda española hasta hace poco se ha comparado con Julio César, de Shakespeare, como si solo la literatura pudiera explicar las miserias. Sin embargo, en este caso, no hay belleza. Tampoco parece que vaya a haber épica, ni héroes. Por mucho que se den las condiciones: la vida no tiene tan buenos guionistas.

Manuel Jabois escribía al día siguiente de la dimisión de 17 miembros de la ejecutiva federal, la maniobra con la que se pretendía forzar el cese de Sánchez, que “con el Partido Socialista solo puede acabar el Partido Socialista. Ahora lo está intentando con tantos esfuerzos que terminará por rendirse y sobrevivir otros cien años más”. Es una de las posibilidades, pero aunque aguante, lo que viene es difícil. Las posibilidades se agotan y cuesta ver más de dos opciones: abstención sin Sánchez con el consiguiente enfado de la militancia y terceras elecciones con Sánchez aferrado a las bases y enfrentado a los barones. Como en las películas del policía McClane, la guerra del PSOE es una serie y ya no sabemos a qué entrega asistimos.

*Columna publicada el domingo 2 de octubre de 2016 en Heraldo domingo.

Manual para la vida

 

Lucia Berlin

Lucia Berlin nació en Alaska en 1936, pero poco después, cuando su padre fue a combatir en la Segunda Guerra Mundial, se mudó con su madre y su hermana a El Paso, donde su abuelo materno ejercía como dentista. A la vuelta del padre, la familia se trasladó a Chile, donde llevaron una vida de lujo y pompa; formaban parte de la clase más alta de Santiago. A lo largo de su vida, no dejó de trasladarse de una ciudad a otra (El Paso, Nueva York), de un país a otro (Chile, México, EE.UU.). Después llegó el alcoholismo, que se extiende del abuelo a la madre y llega a la hija, la escritora Lucia Berlin. Escribió cuentos que publicó en diferentes revistas, reunió en volúmenes y este año se tradujo su Manual para mujeres de la limpieza, que es una especie de antología y que reúne más de la mitad de sus relatos. Murió en 2004, en California, después de haber librado una dura batalla contra el alcoholismo, y de haber desempeñado diversos oficios (profesora, mujer de la limpieza, recepcionista en un hospital, enfermera…) antes de ocupar un puesto en la Universidad de Colorado.

La escritura de Lucia Berlin tiene algo de adictivo, en parte porque los relatos constituyen algo así como una novela autobiográfica por entregas; en parte por el estilo: es una escritura moderna y libre, de un estilo rico y ágil, que no se apega a nada. No le importa cambiar de voz, de tono o de punto de vista; escribir cuentos epistolares, otros llenos de diálogos, otros como si fueran una lista de instrucciones o adentrarse en la conciencia de sus protagonistas. Sus cuentos, además, hablan de las complejas relaciones familiares, de alcoholismo, de perdedores, de chicas que esperan al príncipe azul, de enfermeras y pacientes, de centros de rehabilitación y del amor en la madurez. En sus relatos siempre hay una especie de distanciamiento que permite introducir humor o cinismo sin impedir despertar ternura hacia sus criaturas. El conjunto es una especie de tratado sobre el paso del tiempo, sobre lo azaroso de la vida y sobre la distancia entre las expectativas y la realidad. Por separado, prácticamente cada cuento funciona como un artefacto sorprendente. El volumen es un verdadero manual para la vida, pero también un manual de escritura.

*Columna publicada el domingo 18 de septiembre de 2016 en Heraldo domingo.

**En la foto, Lucia Berlin.

Hollywood, años 30

El viernes pasado se estrenó en España la última película, hasta el momento, de Woody Allen, ‘Cafe Society’. Está ambientada en el Hollywood dorado de los años treinta y el Nueva York de los gánsteres. En esas dos ciudades que forman parte de la mitología del cine transcurre la historia de amor, desamor, encuentros y desencuentros que tiene como personaje central a Bobby Dorfman, encarnado por Jesse Eisenberg. Bobby es el menor de tres hermanos de una familia judía y cambia temporalmente su Bronx natal por Los Ángeles y el lujoso Beverly Hills. Trabaja para su tío (Steve Carell), un representante de estrellas que espera una llamada de Ginger Rogers, negocia con la Metro y se codea con Errol Flynn. Vonnie (Kirsten Stewart), algo más que la secretaria de Carell, hace de Cicerone de Bobby, que apenas tarda un par de conversaciones en enamorarse perdidamente de ella.

La película tiene mucho de pastiche: el enredo, el guiño a la industria y a la época dorada, el retrato de una mundo “vacío y despiadado”, como dice uno de los personajes, o algunos temas recurrentes del cine de Allen (un chico torpe que consigue conquistar a la chica de sus sueños, la culpa, la familia judía, el jazz…), pero que componen un fresco seductor y agradable en el que se desarrolla uno de los temas más frecuentes del cine, la literatura o las canciones: el amor. Según Tolstoi todas las familias felices se parecen, Woody Allen sabe que pasa algo parecido con las historias de amor: las más interesantes son las tristes.

David Trueba escribió poco después del estreno que concibe “las películas de Woody Allen como un encuentro con un viejo amigo”, y que el neoyorquino “ha establecido a lo largo del tiempo una familiaridad con el espectador”. Son ya una medida de tiempo como las vacaciones, el verano o el fin de año. Puede que ‘Cafe Society’ no esté a la altura de las mejores películas de Allen (es casi imposible hasta para él), pero tiene momentos estupendos, diálogos brillantes y actores convincentes. Y también algún aforismo que contiene grandes enseñanzas: “Todo es cuestión de ritmo”, le dice el tío al protagonista, que aún no sabe que la vida cambia en un instante.

*Columna publicada el domingo 4 de septiembre en Heraldo Domingo.