De Alepo a Zaragoza

El fotógrafo de AFP Joseph Eid conoció parte de la historia del coleccionista de coches de Alepo por un reportaje del fotógrafo sirio Karam Al-Masri de enero de 2016. En ese reportaje aparecía bajo un seudónimo: Abou Omar. Un año después, Joseph Eid fue a buscar al lobo blanco, como le llaman en el barrio de Chaar. Mohamed Anis es su nombre real. Solo dejó Alepo durante los dos meses antes de que el ejército sirio retomara el control sobre la ciudad. No fue difícil dar con él, “bastó con preguntar dónde estaba el coleccionista de coches antiguos americanos”, explica Eid en el reportaje. Sus coches están destrozados. Su casa también. Eid le hizo una foto en su dormitorio, ahora en ruinas y lleno de escombros, sentado en la cama, fumando en pipa frente a su gramófono de cuerda. La imagen, que forma parte del reportaje de Eid, dio la vuelta al mundo y se convirtió en símbolo: de la guerra, de la destrucción y de la población civil de una ciudad devastada. En Alepo apenas hay agua. Solo hay luz durante una hora al día. Mohamed Anis le dijo al reportero que sus coches estaban heridos. “Conserva la esperanza de una vida mejor”, escribe Joseph Eid.

Mohamed Anis estudió Medicina en la Universidad de Zaragoza entre 1970 y 1976, como otros jóvenes sirios. “Cualquier familia siria podía permitírselo”, le contó Rajab Al-Ghanem a Pilar Puebla en HERALDO. Rajab sigue viviendo en Zaragoza y recuerda que por entonces, los estudiantes sirios en la ciudad debían de ser unos 500. Recuerda también que el caso de Anis era especial: pertenecía a una familia acomodada, su padre era empresario textil. Su casa de la calle Ricardo del Arco se convirtió en un lugar de peregrinación de los estudiantes sirios, según explicó Abdul Salam Moulhen a Martín Mucha en el periódico El Mundo. Anis no acabó la carrera, volvió a Siria después de una estancia en Italia. Muchos otros sí, algunos se casaron con zaragozanas y algunos todavía trabajan. La vida de Mohamed Anis encierra muchas vidas y la foto tiene algo de final abierto de novela. Pero también es la prueba de que la guerra de Siria no sucede tan lejos como creemos. Hay menos de seis grados de separación.

*Columna publicada el domingo 2 de abril de 2017 en Heraldo domingo.

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