Sobre ‘Confesiones a Alá’

‘Confesiones a Alá’ es el debú literario de la actriz, dramaturga y, ahora, directora Saphia Azzedine (Agadir, 1979), que a los nueve años se trasladó con su familia a Francia y después a Suiza. El libro, como el título indica, son unas confesiones, una suerte de oración dirigida a Alá en la que Jbara, la protagonista, hace un repaso de su vida. Jbara tiene dieciséis años y es pobre; también es guapa, pero eso no importa porque vive en la absoluta miseria. Se prostituye por un yogur de granadina y deja que Miloud, un pastor desdentado, “marrón, amargo y que me da arcadas” esparza su “leche agria” entre sus muslos. Sus padres son muy religiosos y al enterarse de que se ha quedado embarazada, el padre le da una paliza y la repudia. Ahí empieza el periplo de Jbara por ciudades (Belsouss, Masmara, Kablat), trabajos distintos, una estancia en la cárcel, y nombres: Jbara, Sherezade y Khadija. Jbara se prostituye en la miseria, se deshace del bebé en un descampado, escucha consejos de belleza en la radio y se convierte en una prostituta de lujo. Sufre todo tipo de humillaciones y rechaza el amor tranquilo de Abdelatif, cegada por el lujo, y recala en la cárcel. El principio es sobrecogedor y la narración es ágil, pero es un relato con moraleja. Tras el lenguaje crudo y vulgar, pretendidamente provocador y rebelde, se esconde una cierta complacencia con el destino de Jbara. ‘Confesiones a Alá’ es una versión moralista y religiosa de ‘El Lazarillo de Tormes’: a Lazarillo le mueve el deseo de medrar y Azzedine solo le ofrece esa posibilidad a Jbara desde la condescendencia con Alá.

*Esta reseña se publicó el pasado jueves 21 de abril en el suplemento ‘Artes & Letras’ de Heraldo de Aragón.

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