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Pasé la noche del martes al miércoles consultando el recuento de votos de las elecciones estadounidenses cada vez que mi sueño se interrumpía. A las 7 la victoria de Donald Trump estaba prácticamente confirmada, aunque esperaba un giro en el último momento que corrigiera un tremendo error. No se produjo. Hillary Clinton, la candidata derrotada, compareció al día siguiente (por la tarde, hora española), reconoció su derrota, dio la enhorabuena a Trump, al que ofreció su colaboración para trabajar juntos por el país. La que habría sido de haber ganado la primera presidenta de EE.UU. se dirigió a las mujeres: “Sé que todavía no hemos roto ese techo de cristal pero un día se acabará cayendo y espero que antes de lo que creemos”.

También habló Barack Obama, que abandonará el cargo el próximo 20 de enero. Dio un ejemplo de por qué va a ser profundamente añorado: pidió mente abierta y la oportunidad de liderar para el recién elegido presidente, dijo que una de las primeras cosas que se aprenden cuando se asume el cargo es más grande que uno. Dijo que a veces se avanza en zigzag, pidió a los jóvenes que no fueran cínicos, que no pensaran “que no pueden marcar la diferencia”. Aseguró que su equipo facilitará la transición de poder. Para Obama, es una oportunidad para demostrarle al mundo cómo funciona la democracia.

El discurso esperanzador y ahuyenta temores de Obama es modélico y tranquilizador. Aunque no lo suficiente: a pesar del tono pacificador de su discurso de victoria cuesta olvidar los insultos de Trump, sus declaraciones xenófobas, las grabaciones en las que habla de las mujeres como de objetos, su demostrada incompetencia, las acusaciones de acoso sexual que salieron a la luz durante la campaña o cómo ha presumido de no haber pagado impuestos durante años.

Por la mañana fui a la retrospectiva de Bruce Davidson (Chicago, 1933). Una parte de la muestra está dedicada al movimiento por los derechos civiles de 1963. El fotógrafo acompañó varias de las marchas, entre ellas, la de Selma. Veía esas fotos emocionantes y no podía evitar pensar que se había iniciado un movimiento de regresión hacia lo peor: el odio y el autoritarismo.

*Columna publicada el domingo 12 de noviembre de 2016 en Heraldo domingo.

Padres en igualdad de condiciones

El asunto de los permisos de paternidad estaba sobre la mesa desde hace tiempo. En España, las mujeres disfrutan de 16 semanas, de las cuales, 6 son intransferibles, las 10 restantes pueden compartirlas con el padre, y los hombres de solo dos. No solo es absolutamente desequilibrado, sino que el mensaje que traslada es que los cuidados del hijo recaen sobre la madre. Reforzar esa idea hace que las mujeres en edad fértil se vean en desventaja frente a los hombres a la hora de ser contratadas. Casi todos los partidos coinciden en la necesidad de ampliar los permisos, aunque discrepan en cuanto a si deben poder repartirse entre padre y madre o deben ser intransferibles. El martes 18, el Congreso aprobó una Proposición No de Ley para igualar los permisos de paternidad entre mujeres y hombres (en 16 semanas) y hacerlos intransferibles. La iniciativa provenía de Unidos Podemos, En Comú y En Marea. Y aunque se aprobó con 173 votos a favor, 2 en contra y 164 abstenciones, es solo una propuesta, no obliga a nada. Es decir, es una declaración de intenciones que no compromete a legislar en esa dirección.

La única manera de eliminar la discriminación de las mujeres en el entorno laboral es equiparar los permisos de ambos sin posibilidad que sean transferidos. El informe de FEDEA sobre Desigualdades de género en el ámbito laboral recomendaba incentivar las bajas de paternidad para combatir esas desigualdades. Teresa Jurado-Guerrero explicaba en ‘El País’ que la posibilidad de transferir el permiso hace que sean las mujeres las que lo disfrutan y eso “refuerza la idea de que no importa que las madres se ausenten de sus empleos más tiempo, mientras que los hombres se consideran imprescindibles o sus empleos parecen más valiosos que los de ellas”. Ofrecer el mismo permiso es tratar a ambos progenitores como iguales y conceder la misma importancia a las carreras profesionales de ambos, además de reconocer por igual el papel que desempeñarán en la crianza y cuidado de los hijos. Tal vez unos permisos de paternidad que no penalicen a las mujeres que tienen hijos sean un paso hacia la inversión de la pirámide demográfica.

*Columna publicada el domingo 30 de octubre de 2016 en Heraldo domingo.

Quimeras

Aunque el primer número del periódico en el que trabajé hasta el viernes, ‘Ahora’, salió el 18 de septiembre de 2015, empezamos a trabajar casi un año antes. Estuvimos haciendo números cero, probándonos y probando el diseño, ajustando detalles y tratando de dominar un formato nada fácil: la sábana. Era un semanal y yo me ocupaba del segundo cuadernillo, en el que había sitio para libros, ciencia, cine, música, ensayos y teatro. Era un proyecto bastante quimérico, hecho con lo mínimo, en recursos y en personal. Fue bonito ver cómo la idea se iba materializando, cómo se convertía en realidad y cómo llegaba cada viernes a los quioscos.

Mi padre es periodista, muchos de mis amigos los son, escribo esta columna quincenal desde hace cinco años, por eso trabajar en un periódico era un paso casi natural y, al mismo tiempo, me asustaba: quería hacerlo bien. Había muchos detalles que no sabía y que he aprendido: a hacer destacados, a poner titulares y entradillas, que los textos, por interesantes que sean, ganan si pones punto de atención que los partan y le den al lector asideros. Tampoco sabía lo que era la adrenalina que produce mandar un periódico a imprenta. Tampoco sabía que la intensidad de esa sensación disminuye, como el temor a que se haya escapado una errata. No sabía de lo que era capaz de hacer. Sí sabía que, por cursi que suene, tus compañeros de trabajo se convierten en tu familia, con favoritos y ovejas negras. Pero aprendes de todos. Escribo esto en mi último día en la redacción de la calle Larra, en el edificio en el que estuvo la sede del ‘Diario Madrid’ –nuestra redacción estaba en el sótano-, un día después de haber mandado el último número a imprenta.

En ‘Mi último suspiro’ Luis Buñuel confiesa que, con la muerte tan cerca, solo lamenta una cosa: “No saber lo que va a pasar”. Escribe: “Una confesión: pese a mi odio a la información, me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, llegarme hasta un quiosco y comprar varios periódicos”.

*Columna publicada el domingo 16 de octubre de 2016 en Heraldo domingo.

La jungla de cristal

No es complicado simpatizar con Pedro Sánchez: es el débil y las circunstancias lo señalan como el héroe. Todo está preparado para la épica: tiene a los notables en contra, tiene a los barones en contra y hasta Susana Díaz y Eduardo Madina se han puesto de acuerdo en pedir su dimisión (aunque Sánchez fuera el elegido como hombre de paja para frenar a Madina en las primarias y guardarle el puesto a Díaz). A su lado se han quedado los simpáticos, pero menos fuertes: Miguel Iceta, Meritxel Batet y César Luena, que no es especialmente simpático pero apeló a la militancia y eso siempre ayuda. Solo falta que su mujer le pida el divorcio para que se convierta en Bruce Willis en ‘La jungla de cristal’. Con más pelo, más guapo, pero menos encanto. Los dos bandos enfrentados del PSOE debaten su estrategia en habitaciones diferentes del mismo edificio. Mientras, al otro lado del Atlántico, Felipe González se presta a azuzar una guerra cuyas consecuencias no le afectarán. Lo que está sucediendo en el partido hegemónico de la izquierda española hasta hace poco se ha comparado con Julio César, de Shakespeare, como si solo la literatura pudiera explicar las miserias. Sin embargo, en este caso, no hay belleza. Tampoco parece que vaya a haber épica, ni héroes. Por mucho que se den las condiciones: la vida no tiene tan buenos guionistas.

Manuel Jabois escribía al día siguiente de la dimisión de 17 miembros de la ejecutiva federal, la maniobra con la que se pretendía forzar el cese de Sánchez, que “con el Partido Socialista solo puede acabar el Partido Socialista. Ahora lo está intentando con tantos esfuerzos que terminará por rendirse y sobrevivir otros cien años más”. Es una de las posibilidades, pero aunque aguante, lo que viene es difícil. Las posibilidades se agotan y cuesta ver más de dos opciones: abstención sin Sánchez con el consiguiente enfado de la militancia y terceras elecciones con Sánchez aferrado a las bases y enfrentado a los barones. Como en las películas del policía McClane, la guerra del PSOE es una serie y ya no sabemos a qué entrega asistimos.

*Columna publicada el domingo 2 de octubre de 2016 en Heraldo domingo.

Manual para la vida

 

Lucia Berlin

Lucia Berlin nació en Alaska en 1936, pero poco después, cuando su padre fue a combatir en la Segunda Guerra Mundial, se mudó con su madre y su hermana a El Paso, donde su abuelo materno ejercía como dentista. A la vuelta del padre, la familia se trasladó a Chile, donde llevaron una vida de lujo y pompa; formaban parte de la clase más alta de Santiago. A lo largo de su vida, no dejó de trasladarse de una ciudad a otra (El Paso, Nueva York), de un país a otro (Chile, México, EE.UU.). Después llegó el alcoholismo, que se extiende del abuelo a la madre y llega a la hija, la escritora Lucia Berlin. Escribió cuentos que publicó en diferentes revistas, reunió en volúmenes y este año se tradujo su Manual para mujeres de la limpieza, que es una especie de antología y que reúne más de la mitad de sus relatos. Murió en 2004, en California, después de haber librado una dura batalla contra el alcoholismo, y de haber desempeñado diversos oficios (profesora, mujer de la limpieza, recepcionista en un hospital, enfermera…) antes de ocupar un puesto en la Universidad de Colorado.

La escritura de Lucia Berlin tiene algo de adictivo, en parte porque los relatos constituyen algo así como una novela autobiográfica por entregas; en parte por el estilo: es una escritura moderna y libre, de un estilo rico y ágil, que no se apega a nada. No le importa cambiar de voz, de tono o de punto de vista; escribir cuentos epistolares, otros llenos de diálogos, otros como si fueran una lista de instrucciones o adentrarse en la conciencia de sus protagonistas. Sus cuentos, además, hablan de las complejas relaciones familiares, de alcoholismo, de perdedores, de chicas que esperan al príncipe azul, de enfermeras y pacientes, de centros de rehabilitación y del amor en la madurez. En sus relatos siempre hay una especie de distanciamiento que permite introducir humor o cinismo sin impedir despertar ternura hacia sus criaturas. El conjunto es una especie de tratado sobre el paso del tiempo, sobre lo azaroso de la vida y sobre la distancia entre las expectativas y la realidad. Por separado, prácticamente cada cuento funciona como un artefacto sorprendente. El volumen es un verdadero manual para la vida, pero también un manual de escritura.

*Columna publicada el domingo 18 de septiembre de 2016 en Heraldo domingo.

**En la foto, Lucia Berlin.

Hollywood, años 30

El viernes pasado se estrenó en España la última película, hasta el momento, de Woody Allen, ‘Cafe Society’. Está ambientada en el Hollywood dorado de los años treinta y el Nueva York de los gánsteres. En esas dos ciudades que forman parte de la mitología del cine transcurre la historia de amor, desamor, encuentros y desencuentros que tiene como personaje central a Bobby Dorfman, encarnado por Jesse Eisenberg. Bobby es el menor de tres hermanos de una familia judía y cambia temporalmente su Bronx natal por Los Ángeles y el lujoso Beverly Hills. Trabaja para su tío (Steve Carell), un representante de estrellas que espera una llamada de Ginger Rogers, negocia con la Metro y se codea con Errol Flynn. Vonnie (Kirsten Stewart), algo más que la secretaria de Carell, hace de Cicerone de Bobby, que apenas tarda un par de conversaciones en enamorarse perdidamente de ella.

La película tiene mucho de pastiche: el enredo, el guiño a la industria y a la época dorada, el retrato de una mundo “vacío y despiadado”, como dice uno de los personajes, o algunos temas recurrentes del cine de Allen (un chico torpe que consigue conquistar a la chica de sus sueños, la culpa, la familia judía, el jazz…), pero que componen un fresco seductor y agradable en el que se desarrolla uno de los temas más frecuentes del cine, la literatura o las canciones: el amor. Según Tolstoi todas las familias felices se parecen, Woody Allen sabe que pasa algo parecido con las historias de amor: las más interesantes son las tristes.

David Trueba escribió poco después del estreno que concibe “las películas de Woody Allen como un encuentro con un viejo amigo”, y que el neoyorquino “ha establecido a lo largo del tiempo una familiaridad con el espectador”. Son ya una medida de tiempo como las vacaciones, el verano o el fin de año. Puede que ‘Cafe Society’ no esté a la altura de las mejores películas de Allen (es casi imposible hasta para él), pero tiene momentos estupendos, diálogos brillantes y actores convincentes. Y también algún aforismo que contiene grandes enseñanzas: “Todo es cuestión de ritmo”, le dice el tío al protagonista, que aún no sabe que la vida cambia en un instante.

*Columna publicada el domingo 4 de septiembre en Heraldo Domingo.

 

 

 

Mirar la ría

Hace más de diez años pasé un verano con mi familia en Cangas do Morrazo, en las Rías Baixas. Solo faltaba mi hermano mayor, que nos había acompañado una parte del viaje. Creí haber descubierto un paraíso en la tierra. No entendía por qué mi padre se había empeñado todos los años en llevarnos a Arteixo, en A Coruña, con playas de mar abierto y picado, arena llena de bichos saltarines y agua helada (Barrañán, Valcobo, Caión), teniendo esas otras de agua cristalina, arena blanca y temperatura apta para humanos. Se lo reproché y me dijo que cuando era niño se había bañado con delfines en Barrañán. Lo tomamos como una invención, intencionada o no, hasta que un día yo vi unos delfines saltando en esa playa.

Los trabajos de verano y la vida adolescente prolongada me alejaron de las vacaciones de verano hasta hace poco. Quedé fascinada con Burdeos, estuve el cementerio marino de Sète —que hizo famoso Paul Valéry y que Brassens despreciaba como lugar de descanso eterno frente a la playa en “Supplique pour être enterré à la plage de Sète”— y playas llenas de surfistas en los alrededores de Tarnos antes de volver a las Rías Baixas.

En cuanto llegamos fuimos andando hasta una playa que había frente a la lonja. El agua estaba fría y había muchas algas. La arena estaba llena de conchas. Los más atrevidos se mojaron hasta el cuello. Yo no pasé del ombligo. Mi padre se fue a correr con la perra, que había aguantado las 10 horas de viaje estoicamente, y descubrió una playa en forma de concha con arena blanca y agua impecable, dijo. Era una playa familiar a la que cada día acudía prácticamente la misma gente: la mujer que recorría la orilla una y otra vez colgada del teléfono móvil, hablando sin parar; un matrimonio con una hija, ella se tumbaba al sol mientras el padre y la hija jugaban a las palas a la sombra de los pinos o la familia de la colchoneta. Me sentí joven, recurriendo a la paradoja matemática de la nostalgia, de Kundera, que dice que “esta se manifiesta con más fuerza en la primera juventud, cuando el volumen de la vida pasada es todavía insignificante”.

*Columna publicada el domingo 21 de agosto en Heraldo domingo.

 

The Queen Is Dead

En 1986, hace treinta años, apareció el tercer álbum de uno de los grupos más influyentes del pop, The Smiths. ‘The Queen is Dead’ se considera la obra maestra de la banda de Morrissey y Johnny Marr. Entonces yo estaba a punto de cumplir tres años, así que no fue hasta mucho después cuando escuché a The Smiths, al menos de manera consciente. Como a muchas de las cosas de las que me he hecho fan después, llegué a la banda gracias a un amigo de mi padre. En este caso fue el escritor y periodista Miguel Mena quien me regaló un CD recopilatorio. Ahí estaban “There Is a Ligth that Never Goes Out” -y descubrí que había escuchado la versión traducida e interpretada por Mikel Erentxun-, “Panic” o “Girlfriend in a Comma”.

Le robaba el radiocasete a mi hermano mayor y lo llevaba a mi cuarto para poner en modo repeat el disco mientras estudiaba Lingüística general o Literatura española de los Siglos de Oro. Después supe que otro amigo de mi padre era fan de Morrissey, Félix Romeo, que dijo: “tan importantes como los poemas de Rimbaud son las letras de Morrissey para The Smiths”. Cuando trabajé en el Bar Bacharach, uno de los pinchadiscos habituales, Manuel Recacha, cerraba sus sesiones con “Panic”, que se cierra repitiendo “Hang the dj”. También Sergio Algora era admirador de las letras de Morrissey y ahora encuentro cierto parecido en el sentido del humor de canciones de El Niño Gusano y canciones de The Smiths. Y me parece que “Boy with the Thorn in his Side” podría haberla escrito Algora, a quien le pudo influir el tono juguetón de “Frankly, Mr. Shankly”.

The Smiths forman parte de mi educación sentimental y, casi sin que me haya dado cuenta, son parte de la banda sonora de mi vida. Tal vez porque como ha escrito Andrés Pérez Mohorte, ‘The Queen Is Dead’, además de servir como “relato fundacional para el indie pop británico moderno”, contiene canciones que siguen conectando “universalmente con emociones como el desamor, la angustia y la melancolía”.

*Columna publicada el domingo 7 de agosto en Heraldo domingo.

 

Niza

Hasta hace poco más de una semana cuando escuchaba Niza pensaba en playas y en ‘Domingos de agosto’, una de las pocas novelas del escritor francés Patrick Modiano que sucede fuera de París. Se publicó en 1986 y comparte algunas cosas con otros de sus libros: la pareja se mueve en los límites de la legalidad, hay una desaparición, una búsqueda y paseos que recorren la ciudad y trazan una cartografía urbana y sentimental.

Hace algún tiempo me reencontré con un casi compañero de teatro: ambos pertenecíamos a dos grupos de teatro diferente pero que compartían profesora. Aunque creo que me gustaron casi todos los chicos de ese grupo y puede que yo gustara a algunos, nunca coincidimos. Él era alto, llevaba gafas y tenía el pelo corto y rizado. Estudiaba ingeniería. Y se había ido de Erasmus a Niza. Luego se quedó un tiempo por alí. Esas fueron las pistas que le di a mi amiga francesa, Emilie. Ella me recordó su nombre.

No sé si sigue viviendo en Niza. No sé si se echó una novia francesa. Pero pensé en él poco después de enterarme del ataque terrorista del pasado 14 de julio, que se saldó con al menos 84 muertos y más de 300 heridos después de que Mohamed Lahouaiej Bouhlel arrollara a la multitud que estaba viendo los fuegos artificiales de la fiesta nacional en el Paseo de los Ingleses. Ahora se sabe que el terrorista, abatido por la policía, no actuó solo -hay 5 detenidos- y que llevaba planeando el ataque mucho tiempo. ISIS reivindicó el ataque varios días después. Y la tentación de ceder al pánico se asoma agazapada en los momentos más insospechados: al subir a un tren, al salir a la calle por la mañana, mientras ves una película de animación en un cine al aire libre… Una manera de plantar cara al miedo es ver la primera película de Jean Vigo, ‘A propósito de Niza’, un cortometraje de 1930. No por repetido deja de ser necesario volver a decirlo: la manera de vencer al terrorismo que tenemos los ciudadanos es disfrutar de la vida, de la belleza, de la alegría, del placer, de las comidas, los besos y el alcohol.

*Columna publicada el domingo 24 de julio en Heraldo domingo.

Una escritora pequeña

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La escritora Natalia Ginzburg (Palermo, 1916 – Roma, 1991) habría cumplido cien años el próximo 14 de julio. Desde niña quiso escribir, como cuenta en “Mi oficio”, uno de los ensayos reunidos en ‘Las pequeñas virtudes’, uno de mis libros favoritos. En ese texto dice que siempre supo que era escritora pequeña, aunque eso no le importara: “Prefiero creer que nadie ha sido nunca como yo, por pequeña escritora que yo sea”.

Esa escritora minúscula se casó con Leone Ginzburg, uno de los fundadores de Einaudi, editorial en la que Natalia, de soltera Levi, trabajó desde el asesinato de su marido a manos de soldados alemanes. Se volvió a casar, escribió novelas maravillosas, obras de teatro, artículos para prensa, una biografía de Anton Chejov y un libro sobre una polémica en torno a la adopción de una niña filipina, Serena Cruz. Poco después de confesar que carecía de mente política, se presentó a las elecciones por el Partido Comunista y fue diputada. Escribió de cine, de la actualidad, de la fascinación que le produjo ‘Cien años de soledad’, de su amigo Pavese, de su infancia y la vida familiar en casa de los Levi y demostró un gran talento para captar la complejidad de las relaciones humanas. En sus textos la vida no se cuenta, la vida es.

Y esa capacidad también se refleja en sus ensayos. Me gustan especialmente “Autobiografía en tercera persona”, escrito en 1990 y recogido en ‘Las tareas de la casa y otros ensayos’; “Las relaciones humanas”; “Él y yo” y “Las pequeñas virtudes”, que da título al volumen . Cada cierto tiempo vuelvo a ese libro, busco entre mis marcas —esquinas dobladas— y ahora me detengo en este fragmento de “Las relaciones humanas”: “Ahora somos verdaderamente adultos, pensamos, y nos asombramos de que ser adulto sea esto y no todo lo que nos habíamos creído de niños, la seguridad en sí mismo, una serena posesión sobre todas las cosas de la tierra. Somos adultos porque tenemos a nuestras espaldas la muda presencia de las personas muertas”.

*Columna publicada el domingo 10 de julio en Heraldo domingo.

**La foto está tomada de aquí.