Llevo más de un mes sin volver a casa a pasar el fin de semana. No me da pena haberme perdido las fiestas o el pregón. Ni siquiera los conciertos o el ambiente de jolgorio y obligaciones suspendidas. Desde Madrid, gracias a las redes sociales, seguí con una mezcla de envidia, tristeza y emoción la inauguración del Jardín Sergio Algora, en la Harinera de Zaragoza el 24 de septiembre.

Sergio Algora (Zaragoza, 1969 – 2008) fue el cantante y fundador de El Niño Gusano —más adelante tuvo otras formaciones: Muy Poca Gente y La Costa Brava—, era escritor de cuentos, poemas, al menos una obra de teatro, de columnas —durante un tiempo se pudieron leer en las páginas de HERALDO— y de canciones chulísimas. Un verso de “Mme. Dos Rombos” ha sido muy citado (“Un jardín en cada poro”). De esa canción siempre envidié el hallazgo de esta comparación: “tiene el cuerpo como un cuarto de estar”. Sergio Algora murió mientras dormía tras  sufrir un paro cardiaco en julio de 2008 mientras. Me he acordado de él casi todos los días durante los siete años que han pasado.

Sergio estaba escribiendo un nuevo libro de poemas y una novela que sucedía durante el segundo sitio de Zaragoza. También estaba trabajando en lo que habría sido un nuevo disco de La Costa Brava. La cabeza de Sergio no dejaba de inventar, aunque era absolutamente impredecible saber cómo acabarían plasmadas sus ideas: una canción, un relato, una columna, una pinchada, una broma alargada, un amago de novela o una conversación con amigos. Era un hedonista. Le gustaban los libros, los escritores, la música, la poesía y le gustaban la comida, las chicas, el vino y el champán. Era extraordinariamente generoso: disfrutaba casi tanto haciendo reír como riendo y uno de sus placeres más conocidos era cocinar para sus amigos unos guisos que requerían trabajo y mimo.

El jardín que ahora lleva su nombre solo cubre una parte infinitesimal de lo que le dio a Zaragoza uno de los tipos más geniales que he conocido: Sergio Algora.

*Columna publicada el domingo 18 de octubre de 2015 en Heraldo domingo.

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La niñera

Vivian Maier era hija de dos refugiados judíos y trabajó casi toda su vida como niñera en Nueva York, donde había nacido en 1926, y en Chicago. Solo pedía una cosa a las familias para las que trabajaba: una habitación con cerrojo. Tenía una Rolleiflex y a pesar de que solía llevar la cámara colgada del cuello nadie se intereso ni por la cámara ni por las fotos que hacía. En 2007 el historiador John Maloof compró por 300 dólares unas cajas en un mercadillo que contenían más de 100.000 negativos. Por azar –lo que le interesó a Maloof de esos carretes sin revelar eran las imágenes de Chicago–, el archivo se salvó: las fotos que tomaba Maier fueron reveladas y se descubrió el talento inmenso de una fotógrafa oculta.

Maier no solo registró con su cámara escenas de la vida urbana  o a los niños que cuidaba jugando. Se dedicó de manera casi obsesiva a sacarse autorretratos de lo más variado: su silueta aparece en una sombra, frente a un espejo, en el reflejo de un escaparate o deformada en una bandeja. También filmó con una cámara de super 8 películas breves, coloridas y sin argumento, como si fueran retratos en movimiento de lo que parece ser el gran tema de Maier: la ciudad, el ir y venir de coches y piernas y los rostros de los personajes que la pueblan. En la Galería Espacio Bernal de Madrid pueden verse 30 fotografías entre las que abundan los autorretratos, pero también escenas imprevistas del día a día –un niño trepando por una fachada, otro esperando en el interior de un coche, un señor rezando, un zapato de tacón abandonado en el suelo– e imágenes captadas de manera furtiva que revelan el voyeurismo de quien disparó. También hay una breve proyección de una de las películas de Maier rodada en Chicago.

John Maloof trató de reconstruir la historia de esta fotógrafa secreta que registraba lo que le rodeaba. Con el material reunido rodó documental ‘Finding Vivian Maier’. Vivian Maier murió en 2009, sin que Maloof tuviera tiempo de resolver la incógnita de quién era en realidad esa niñera.

Columna publicada el domingo 4 de octubre de 2015 en Heraldo domingo.

 

Soy prosaica y gris

 Natalia Ginzburg.

Selfish, Shallow, and Self-Absorbed: Writers on the Choice Not to Have Children recoge ensayos de dieciséis escritores que decidieron no tener hijos. Maria Popova extracta algunos fragmentos aquí.

No aparece Natalia Ginzburg, que en “Mi oficio”, en Las pequeñas virtudes, escribe: “Después nacieron mis hijos, y yo, al principio, cuando eran muy pequeños, no lograba entender cómo  se podía escribir teniendo hijos”.

El primero de la serie fue este: lo escribe una chica de 30 años que vive con su novio desde hace seis años. Es una pareja muy bien avenida: “Conozco cientos de parejas. Ninguna se ríe y comparte tanto como nosotros”. Dice que “actualmente, la gente que tiene hijos se atonta y se amuerma, se vuelve prosaica y gris, envilece su mente y estanca su intelecto”. Dice que no le interesan  “los comentarios de las mujeres que tienen bebés” (sobre todo cuando hablan de cosas vulgares como análisis). Pero que le “interesarían si escuchara ‘ayer se despertó de la siesta y me miró a los ojos y parecía que entendía mi tristeza’”. Provocó esta respuesta y esta y esta.

Me acordé de una cena las pasadas navidades —iba con mi bebé, siempre a la última moda— en la que dije que las madres éramos “escoria social”. Me dijeron que exageraba. Me encantaría mandarles el texto para demostrar que no soy absolutamente paranoica.

Durante el primer mes de vida de mi hija, pensé que no sería capaz de volver a leer. Rachel Cass recomienda elabora una lista de libros para leer cuando “estás atrapado en casa con un nuevo bebé”.

 

 

 

Los exiliados románticos

Jonás Trueba tiene una sensibilidad poco frecuente y un talento poco común para filmar con delicadeza y buen gusto paisajes habituales que, pasados por su lente, parecen nuevos y únicos. Su capacidad para tratar temas universales (el amor, la amistad o el cine) y para subrayar la belleza de las cosas cotidianas (la de un viaje con amigos, una furgoneta que solo permite ir a 80 km/h o la de la camarera del bar de debajo de casa poco antes de cerrar) que pasa inadvertida por la rutina vuelve a quedar patente en ‘Los exiliados románticos’, su tercera película, que se estrenó en cines la semana pasada.

Toma el título del libro de E.H. Carr en el que reconstruía la historia de los exiliados del régimen zarista, liberales y anarquistas rusos que se esparcieron por Europa. “En la mayoría de ellos, el fervor revolucionario iba unido a un incorregible romanticismo”, dice el texto de contraportada del libro. Trueba, rodeado de su equipo habitual (al que se añade Miren Iza, de Tulsa, que se ha encargado de la banda sonora y también aparece en la película) decidió contar la historia de tres amigos que emprenden un viaje —con paradas en las ciudades del exilio español en Francia— en busca de tres chicas. Es un viaje para tratar de prolongar la juventud, una adolescencia que los protagonistas no terminan de abandonar y en la que son felices, creen en el amor y la precariedad les da libertad.

Una de secuencias más impresionantes de la película — bien podría justificar ella sola toda el metraje— tiene lugar en París, en los Jardines de Luxemburgo. El actor oscense Vito Sanz está espléndido en su estrepitoso fracaso al hablar en francés. Tiene otros momentos magníficos en los que despliega su vis cómica y su talento sin afectación: cuando explica qué es Salou en una cena en la que se hablan cuatro idiomas, entre otros.

Natalia Ginzburg y su estupendo libro ‘Las pequeñas virtudes’ sobrevuelan la película: se citan dos ensayos. Cine y vida se confunden en este retrato de la amistad que consigue lo que se propone: atrapar la belleza y los amores posibles.

*Columna publicada el domingo 21 de septiembre de 2015 en Heraldo domingo.

**En la imagen, Vito Sanz, uno de los exiliados románticos.

Garrapinillos

Nos mudamos a Garrapinillos en el año 2000. De la casa de la calle Perera Larrosa nos mudamos a la de Torre Medina, en las afueras de Garrapinillos, en 2006, en la que apenas estuvimos un año todos juntos: en 2007 mi hermano mayor y yo nos independizamos. La casa está cerca del aeropuerto y de la base aérea, y se oyen los aviones. También se ven los caminos que dejan en el cielo, las líneas que dejan tras su paso.

No estaba en casa el lunes cuando se produjo la explosión en la empresa Pirotecnia Zaragozana. Pero se oyó. Los cristales temblaron. Habría quien lanzara algunas especulaciones sobre la causa del estruendo. Incluso cuando se supo qué había pasado, el alcance del accidente no podía preverse: seis muertos y seis heridos tras la detonación cuyas causas aún se desconocen.

Algunos de mis amigos me escribieron al escuchar el nombre de Garrapinillos en las noticias. Algunos amigos de mi hermana pequeña se acercaron al lugar del accidente para ver el incendio. Es una manera como otra cualquiera de espantar el miedo, de sacudir el escalofrío que te recorre cuando sucede una tragedia tan cerca: piensas que ese podrías ser tú. Piensas que eso, un accidente terrible, a veces estúpido, podría sucederte a ti. Que podrías ser el hijo o el padre fallecidos, o la mujer de 25 años que permanece ingresada. O que podría tratarse de algún familiar o amigo. Y así, cruelmente y con la eficacia de una bofetada, la muerte nos recuerda nuestra vulnerabilidad y la fragilidad de la vida. Y nos impone la responsabilidad de disfrutarla y de aprovechar las cosas buenas, como una manera de recordar a los que no están.

*Columna publicada el domingo 13 de septiembre de 2015 en Heraldo domingo.

Vacaciones en el mar

El martes un diario dedicó la foto de portada a Manuela Carmena. “Vacaciones de lujo para Carmena: una villa de 4000 euros a la semana”, decía el titular que acompañaba la imagen. Esa información ha sido usada por el PP para acusar a Carmena de doble moral, un sintagma que de tanto usarlo parece vacío de contenido. La alcaldesa de Madrid se justificó: veraneaba en esa casa de Zahara de los Atunes con otras siete personas, así que el coste era algo más de 600 euros. Las explicaciones eran innecesarias, aunque sirvan para señalar una mentira o una verdad a medias. Carmena tiene derecho a vacaciones, también de lujo, sobre todo si se las paga con su dinero. Lo único que debe preocuparnos de Carmena es la gestión que haga de la cosa pública, y eso ya es bastante. En todo caso, era esperable que la lupa estuviera puesta sobre quienes exigen claridad y transparencia y se postulan como adalides de eso que reclaman. Y también era un peligro al que se exponían al tomar decisiones que tienen más que ver con la imagen que con la gestión.

Durante la campaña electoral de las municipales y autonómicas, Esperanza Aguirre ya trató de usar el patrimonio de Carmena (valorado en 1,2 millones de euros) como elemento de desprestigio de su principal rival. Como si quienes reclaman justicia social y hacen de eso su bandera estuvieran obligados a ser pobres. Me acordé de la anécdota protagonizada por el poeta Ángel Guinda que contaba Félix Romeo: hacía campaña por el partido comunista a bordo de un deportivo. En un pueblo le reprocharon el lujo de su coche, Guinda respondió que quería la riqueza para todos, no la pobreza para todos.

*Columna publicada el domingo 23 de agosto de 2015 en Heraldo domingo.

Mar bravo

Aunque haya nacido en Zaragoza y haya pasado toda mi vida en ciudades o pueblos de secano, espero que algo del conocimiento del mar de mi padre, gallego de Arteixo y que ha tratado con mares embravecidos, se me contagie por una especie de pirueta genética que lleve la contraria a Darwin, aunque solo sea para salvarme la vida. Lo que me ha llegado de esa convivencia paterna con el mar es el respeto; la palabra mágica que repetía mi madre una y otra vez cuando éramos pequeños. Al mar hay que respetarlo, decía echando mano de uno de esos mantras (que se espera que a fuerza de repetirlos se conviertan en verdad) sobre la ecuanimidad de la naturaleza: si no la dañas, no te dañará. También me acuerdo de los consejos de mi abuelo cada vez que nos preparábamos para ir a una de las playas de la infancia de mi padre: “Es un mar muy traidor”.

Recuerdo esos consejos y advertencias un segundo después de que mi novio me advierta de que una ola está a punto de romper y viene con mucha fuerza. Estamos en Anglet, en las Landas, en una playa con un nombre seductor y un poco cursi, “Chambre d’amour”. Hemos hecho quince kilómetros; nos alojamos en Tarnos, pueblo natal de Zaz, la cantante francesa que ya ha provocado alguna discusión entre mi padre y yo. Los socorristas nos han llamado la atención porque nos estábamos adentrando demasiado en el agua –nos llega un poco más arriba de las rodillas–, que está embravecido y trae resaca. Mi novio me avisa, pero la ola me alcanza y me tumba. Me arrastra hacia la orilla, me quejo cuando me golpea contra el suelo y oigo las risas de mi novio.

*Columna publicada el domingo 9 de agosto de 2015 en Heraldo domingo.

**En la imagen, un momento de Mi noche con Maud, de Éric Rohmer.

Anne Wiazemsky

Hace apenas dos años Anagrama tradujo un libro maravilloso: ‘Un año ajetreado’, de Anne Wiazemsky (Berlín, 1947). Era una especie de memorias hechas novela, contaba la historia de amor entre la joven Anne (descubierta a los 16 años por Robert Bresson, nieta del Nobel François Mauriac, descendiente de la aristocracia rusa) y Jean-Luc Godard. Aparecían Truffaut, Jeanne Moureau y Jean-Pierre Léaud. El libro era un estupendo relato iniciático sobre el amor, el cine, los conflictos generacionales y las relaciones familiares, que transcurría durante el curso académico 1967/1968. Wiazemsky y Godard se divorciaron en 1979.

Cuando la novela apareció, Nelly Kaprièlian escribió en ‘Les inrocks’ que esperaba que “algún día [Wiazemsky] cuente mayo del 68 al lado de un comprometido Godard, siempre dispuesto a pelearse en las manifestaciones, enfadado por tener que tomar, en pleno periodo de huelgas, aviones privados para seguir durante tres días y tres noches a los Rolling Stones para ‘Sympathy for the devil’”. Ese día ha llegado: Wiazemsky ha escrito esa novela sobre mayo del 68, ‘Un an après’. El matrimonio, recién instalado en el Barrio Latino, participa de manera desigual en las revueltas, que son un catalizador de sus diferencias e incompatibilidades. Gilles Deleuze, Bertoluci o Marco Ferreri, entre otros, son testigos de la descomposición del amor, que no llega a hacerse explícita –la separación definitiva sucedió dos años después-, y que muestra a un Godard frágil y humano en sus contradicciones. Es, sobre todo, el retrato de un tiempo: Wiazemsky cierra el libro cuando deja “de ser un testigo privilegiado de la época”.

*Columna publicada el domingo 26 de julio en Heraldo domingo.

En la foto, Jean-Luc Godard y Anne Wiazemsky.

Jorge

Hace cinco años David Trueba y Jorge Sanz rodaron la que sería una de las series españolas más originales: ‘¿Qué fue de Jorge Sanz?’. La serie era un retrato tierno y paródico del actor, que se prestaba con alegría y absoluta confianza al juego que le había propuesto Trueba: tomando algunos elementos de su vida, inventando y deformando anécdotas y situaciones, contaban qué sucede cuando la fama se acaba, cómo sobrevive un actor que ha sido uno de los rostros más populares del cine español cuando dejan de llamarle. Era un retrato crudo —pero con humor— de lo impredecible que es la vida de los actores, también de lo poco que dura el prestigio en la profesión, en el que Sanz demostraba su talento natural para la interpretación. Construyeron una comedia sobre envejecer y madurar, sobre la pareja, la paternidad y el sexo. Estos días, han estado rodando en Madrid lo que serán próximas entregas.

Que Jorge Sanz naciera en Madrid es un accidente que no debe impedir ver la realidad: en realidad, es zaragozano. En la ciudad, tiene algunos de sus grandes amigos (Luis Alegre, Mariano Gistaín y José María Gómez), y solía ir al cine con Félix Romeo cuando el escritor vivía en Madrid. Protagonizó la adaptación de ‘Crónica del alba’, de Sender y ha pasado muchas noches de su vida en La Nicolasa, en Casa Hermógenes o en el Bambalinas.

Por supuesto, yo estaba enamorada de él antes de conocerlo en casa de Luis Alegre en 1994. Jorge Sanz ha participado en algunas de las mejores películas del cine español. El día que murió Félix Romeo, acudió inmediatamente a estar con los amigos del escritor. Nadie se había acordado de comer. Sin decir nada, Jorge fue a pro unas botellas y unas bandejas de sushi para Lina Vila, la novia de Félix, y su madre.

*Columna publicada en Las naturales, en Heraldo domingo, el 12 de julio de 2015.

Un retablo fascinante

‘Lancha rápida’ es la primera novela de Renata Alder (Milán, 1938). Se publicó en 1976 y fue galardonada con el Hemingway Foundation/PEN Award, dedicado a óperas primas de ficción. Adler había formado de la plantilla de ‘The New Yorker’ y fue la primera mujer crítico de cine de ‘The New York Times’; escribió crónicas y reportajes de casi todos los asuntos importantes del país y una crítica durísima contra ‘Cuando las luces se apagan’, el volumen que recogía las críticas cinematográficas de su compañera en ‘The New Yorker’ Pauline Kael. En 1999 publicó un libro sobre la que había sido su casa: ‘Gone: The Last Days of The New Yorker’, en el que se despachaba sobre lo que ella consideraba que había sido el declive de la publicación que acaba de cumplir sus 90 años. Adler lleva casi treinta años retirada de la vida pública, en parte de manera voluntaria, en parte, tal vez, castigada por decir todo lo que piensa. En 2013, la editorial New York Review Books reeditó sus dos únicas novelas, al menos hasta la fecha: ‘Lancha rápida’ y ‘Pitch Dark’, de próxima publicación en español.

Resulta tentador intentar establecer comparaciones entre Adler y la protagonista de su primera novela (las dos son periodistas). Jen Fain trabaja en un periódico sensacionalista, recorre el mundo escribiendo crónicas, vive en Nueva York y estudió en un colegio elitista para chicas; tiene amantes, viaja y toma clases para aprender a pilotar. Se enfrenta a la vida y al relato que hace de ella desde un lugar a medio camino entre la tristeza y el ridículo. A veces su tono es el de una impertinente brillante y deslumbrante: alguien con quien apetece estar pero por quien no te cambiarías. Una de las virtudes de Fain es que sus sumarísimos juicios también se los hace a sí misma: “Me estaba convirtiendo en una sanguijuela de la vida emocional”; confiesa. Hace gala de una envidiable capacidad de síntesis en el repaso que hace de sus compañeros, por ejemplo: “Desde que tengo este empleo, he salido con cuatro hijos de famosos, dos hombres de negocios con novelas inacabadas, tres escritores con la costumbre de preguntarme “¿Puedo usar eso?”, cuando decía algo que les parecía típico, y un director revolucionario que me daba unos golpecitos en el pelo y decía “Eres muy dulce”, cada vez que le preguntaba algo”.

A través de párrafos que a veces cuentan solo una frase y otras la secuencia completa, la novela va avanzando y retrocediendo en el tiempo: desde la universidad, su infancia en Nueva York y en el campo, las vacaciones, las estancias en islas con pintorescos personajes, las copas, los encuentros con amantes (resueltos de manera elegante y sutil) o los recuerdos de familia (“Mi padre se llamaba Paul-Ernst cuando era alemán. Se convirtió en Pablo al comprar un pasaporte costarricense. Fue Paulo cuando nos hicimos italianos en Lugano. Ahora es Paul en las noches en que, por inverosímil que parezca, juega al póquer.”), se va componiendo un retablo impresionista, ágil, dinámico y lleno de personajes, cuya aparición a veces es fulgurante, de un momento y de una época; y también de un mundo que se asoma a su decadencia. La prosa de Adler, su inteligencia, su capacidad de análisis y de descripción son un lujo más placentero que pasar un verano en la borda de un yate.

‘Lancha rápida’, Renata Adler, traducción de Javier Guerrero, Sexto piso, 216 páginas.

*Reseña publicada el jueves 25 de junio en el suplemento ‘Artes&Letras’ de Heraldo de Aragón. 

**La foto es el retrato que hizo Richard Avedon de Renata Adler.