Blanco y negro

Cada semana hay una o varias polémicas en Twitter, a las que es fácil entrar si se tiene ganas de discutir. Sobre muchos de los temas de conversación en las redes sociales no tengo nada que decir, a veces ni sé de qué están hablando: es lo bueno de no tener televisión. No lo hago por elitismo: soy más bien como una adicta a la procrastinación que trata de rehabilitarse y va eliminando algunas de las tentaciones. Observo las conversaciones desde la tranquilidad de no tener una opinión sobre el ganador de Eurovisión, o del propio festival.

Esta semana, por ejemplo, además del atentado de Manchester, las primarias del PSOE y los memes de Melania evitando darle la mano a su marido, Donald Trump –esa mina para Twitter, una caricatura de sí mismo–, se ha hablado de unos hoteles a los que los niños no pueden entrar. En seguida, como sucede en las discusiones en redes, se formaron dos equipos: los que decían que era una forma de discriminación y los que decían que los niños son unos maleducados por culpa de los padres. Iba a entrar en la conversación con el espíritu de la madre del novio de ‘Bodas de sangre’ (“Dos bandos. Aquí hay dos bandos. Mi familia y la tuya.”) cuando vi que ya llegaba tarde: otros habían respondido ya y había réplicas a las réplicas, a las contrarréplicas y a las recontrarréplicas. Algo me empujaba al enfado y a la defensa vehemente de una posición. Como cuando hace un par de semanas una chica pedía que la conciliación fuera también para los que no tenían hijos y me descubrí ofendida, como si esa chica estuviera diciendo que los que tienen hijos no deberían conciliar. A veces, las cosas solo quieren decir lo que dicen, aunque sea en un medio que propicia la disputa más que a la conversación y donde los linchamientos son frecuentes (de eso habla el ensayo ‘Arden las redes’, de Juan Soto Ivars, publicado en Debate).

Afortunadamente, la vida no se dibuja a base de decisiones cruciales, de elegir entre dos candidatos nefastos, por ejemplo, o decantarse por el mal menor. La vida se va haciendo con los matices. Hay una amplia gama de grises entre el blanco y el negro donde sucede lo impredecible.

*Columna publicada el domingo 28 de mayo de 2017 en Heraldo domingo.

La farsa que se quedó corta

En el año 2003 vi por primera vez un espectáculo de Els Joglars en el Teatro Principal de Zaragoza. Era ‘Ubú President o los últimos días de Pompeya’, inspirada en ‘Ubú Rey’, de Alfred Jarry, y continuación de ‘Operación Ubú’, la pieza que Boadella y su compañía estrenaron en 1981, seis meses después de la llegada de Jordi Pujol a la Generalitat. Els Joglars volvían cada año a mi ciudad y yo acudía en cada ocasión con mi madre, como la primera vez, y así se convirtió en un ritual. Juntas disfrutamos de ‘El retablo de las maravillas’, ‘En un lugar de Manhattan’ o ‘La cena’. Aquella primera vez quedé para siempre convencida del extraordinario talento de la compañía, caí rendida de admiración ante las interpretaciones de Ramon Fontserè y Pilar Sáez, y admiré la extraordinaria puesta en escena. Además estaba el asunto de la sátira: Boadella había montado un espectáculo inteligente, divertido y brillante en lo teatral y a través de la burla señalaba los defectos reales de Jordi Pujol, el honorable, como se le llamaba en la función (excels en la versión en catalán). Boadella se reivindicaba como bufón, como en sus memorias, desde la escena. Después llegó el boicot que sufrió la compañía en los teatros catalanes, el libro ‘Adiós, Cataluña’, y el adiós a la compañía: Boadella lo dejaba y en su lugar se ponía Fontserè.

Ahora se sabe que aquella obra, además de todas las virtudes citadas, tenía también algo de premonitorio, aunque se había quedado corta en sus augurios. Hay indicios de que el clan Pujol-Ferrusola se comportaba como una organización criminal: el primogénito, Jordi Pujol Ferrusola, ahora en prisión sin fianza, ha sacado de España 30 millones de euros durante los dos años en que estuvo en libertad provisional. Marta Ferrusola usaba palabras en clave para ordenar movimientos de sus cuentas en Andorra, ella era “la madre superiora”, según una carta manuscrita de 1995.

La frase de Karl Marx dice que “La historia se repite; primero como tragedia, y después como farsa”. En el caso de los Pujol primero fue la farsa, después la tragedia. Primero la ficción, después se supo la realidad, que dejaba la ficción en un chiste.

*Columna publicada en Heraldo domingo el domingo 14 de mayo de 2017.

**La foto está tomada de aquí.

 

De Alepo a Zaragoza

El fotógrafo de AFP Joseph Eid conoció parte de la historia del coleccionista de coches de Alepo por un reportaje del fotógrafo sirio Karam Al-Masri de enero de 2016. En ese reportaje aparecía bajo un seudónimo: Abou Omar. Un año después, Joseph Eid fue a buscar al lobo blanco, como le llaman en el barrio de Chaar. Mohamed Anis es su nombre real. Solo dejó Alepo durante los dos meses antes de que el ejército sirio retomara el control sobre la ciudad. No fue difícil dar con él, “bastó con preguntar dónde estaba el coleccionista de coches antiguos americanos”, explica Eid en el reportaje. Sus coches están destrozados. Su casa también. Eid le hizo una foto en su dormitorio, ahora en ruinas y lleno de escombros, sentado en la cama, fumando en pipa frente a su gramófono de cuerda. La imagen, que forma parte del reportaje de Eid, dio la vuelta al mundo y se convirtió en símbolo: de la guerra, de la destrucción y de la población civil de una ciudad devastada. En Alepo apenas hay agua. Solo hay luz durante una hora al día. Mohamed Anis le dijo al reportero que sus coches estaban heridos. “Conserva la esperanza de una vida mejor”, escribe Joseph Eid.

Mohamed Anis estudió Medicina en la Universidad de Zaragoza entre 1970 y 1976, como otros jóvenes sirios. “Cualquier familia siria podía permitírselo”, le contó Rajab Al-Ghanem a Pilar Puebla en HERALDO. Rajab sigue viviendo en Zaragoza y recuerda que por entonces, los estudiantes sirios en la ciudad debían de ser unos 500. Recuerda también que el caso de Anis era especial: pertenecía a una familia acomodada, su padre era empresario textil. Su casa de la calle Ricardo del Arco se convirtió en un lugar de peregrinación de los estudiantes sirios, según explicó Abdul Salam Moulhen a Martín Mucha en el periódico El Mundo. Anis no acabó la carrera, volvió a Siria después de una estancia en Italia. Muchos otros sí, algunos se casaron con zaragozanas y algunos todavía trabajan. La vida de Mohamed Anis encierra muchas vidas y la foto tiene algo de final abierto de novela. Pero también es la prueba de que la guerra de Siria no sucede tan lejos como creemos. Hay menos de seis grados de separación.

*Columna publicada el domingo 2 de abril de 2017 en Heraldo domingo.

No creas a tus ojos

Hace tiempo que se sabe que para desarmar una crítica lo mejor no es desmontarla con hechos, sino que basta con sembrar la duda. Lo recordaba Tim Harford en un artículo publicado en ‘Financial Times’ la semana pasada: fueron las compañías de tabaco en EE.UU. las que cuando empezaron a llegar las evidencias científicas de que el tabaco perjudicaba la salud, consiguieron revertir la amenaza. Lo lograron sembrando la duda, “porque la duda es la mejor manera de competir con los hechos”, según se lee un informe interno de 1969 de la compañía de tabaco Brown & Williamson que Harford citaba en su pieza. Mencionaba también diferentes estudios científicos y experimentos de los que se extrae, entre otras, la conclusión de que a la hora de opinar pesa más colocarse del lado correcto de la tribu que descubrir la verdad. La respuesta a la pregunta de Groucho Marx en ‘Sopa de ganso’, “¿A quien va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?”, según esto, sería que depende. Si lo que se ve va en contra de creencias arraigadas o de preferencias personales, pesará más lo que refuerza la creencia previa. Así se explica que los periodistas colaboraran con la industria tabacalera: muchos eran fumadores y estaban deseando leer una evidencia científica de que los cigarrillos no eran malos para la salud.

Los intentos de combatir las “fake news” de Trump solo ha servido para que cada parte vea reforzada su posición. Igual que no sirve de nada la repetición hasta la saciedad de una jugada polémica en un Barça – Madrid. Cada cual creerá ver lo que quiere ver. En el caso Trump,  como en el del Brexit, el nacionalismo catalán, el autobús de Hazte oír, Marine Le Pen o la campaña contra las vacunas, al tratar de demostrar la falsedad de los argumentos lo que queda en el lector es una sensación confusión y de que tal vez la idea principal no sea del todo cierta, pero encierra algo de verdad. Lo único que puede facilitar los cambios de opinión, sugiere Harford, es fomentar la curiosidad. Solo las ganas de investigar y de entender cómo es el mundo en el que vivimos pueden derribar las ideas preestablecidas asumidas como verdaderas.

*Columna publicada el 19 de marzo de 2017 en Heraldo domingo.

Un diccionario, una vida

Se cumplen 50 años de la publicación de la primera edición del ‘María Moliner’: la tarea de confección del diccionario le llevó más de 15 años y ella solía decir que el tiempo que le dedicaba a su diccionario se lo quitaba a su familia, y a zurcir calcetines. Zurcir es, según la segunda acepción que da el diccionario, “unir sutilmente una cosa con otra, en sentido material o no material”. María Moliner (Paniza, 1900 – Madrid, 1981) intuía que su diccionario estaba uniendo “sutilmente” unas palabras con otras, unas ideas con otras y otorgaba una herramienta para la descripción y comprensión del mundo.

La Biblioteca Nacional y la editorial Gredos le rindieron homenaje esta semana a Moliner con la presentación de la cuarta edición del diccionario. El año pasado se estrenó una ópera sobre Moliner dirigida por Paco Azorín; hace algunos años Vicky Peña interpretó a la bibliotecaria en la pieza teatral ‘El diccionario’; en 2011 Inmaculada de la Fuente publicó la biografía de María Moliner: ‘El exilio interior: la vida de María Moliner’; y acaba de estrenarse el documental ‘María Moliner. Tendiendo palabras’, de la también aragonesa Vicky Calavia.

La imagen es conocida y tiene diferentes versiones: una mujer (de mayor o menor edad, con o sin gafas, con el pelo ya gris o todavía negro, según la época, pero siempre con moño), una máquina de escribir, montones de papeles, libros o un atril y en la mano, siempre un lápiz dispuesto a corregir, a dar con una definición más precisa. Así trabajaba: buscando palabras y su uso en los periódicos, los libros o en el habla cotidiana. María Moliner, bibliotecaria y víctima de la depuración franquista, había participado de las misiones pedagógicas. Y estaba convencida de que la lectura era un instrumento fundamental para el progreso. Como apunta Inmaculada de la Fuente, quería que cualquier libro llegara a cualquier persona en cualquier lugar. El empeño para dedicar una vida a una tarea tan exigente surgió de un profundo amor del que nos beneficiamos: como señala la escritora y académica de la RAE Carme Riera, María Moliner trabajó para todos nosotros.

*Columna publicada el 5 de marzo de 2017 en Heraldo domingo. La imagen está tomada de aquí.

 

Héroes discretos

Bohumil Hrabal (Brno, 1914 – Praga, 1997) murió al caer desde una ventana del quinto piso de un hospital. Parece que estaba dando de comer a las palomas cuando perdió el equilibrio. Aunque puede que, en realidad, se arrojara al vacío. De eso hace veinte años y sus libros, que tenían un componente autobiográfico, son clásicos de la literatura europea del siglo XX. La taberna praguense que frecuentaba Hrabal, El tigre dorado, es un lugar de peregrinación para los admiradores del escritor.

‘Trenes rigurosamente vigilados’, uno de sus libros más famosos -su adaptación al cine, a cargo de Jirí Menzel, obtuvo el Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 1967- acaba de ser reeditada en Seix Barral. La novela transcurre en el año 45, en una estación checa cerca de la frontera entre Alemania y Checoslovaquia. Allí trabaja como aprendiz Milos, protagonista y narrador; un  joven que se reincorpora al servicio después de tres meses de baja tras un intento de suicidio. Milos tiene una sensibilidad especial, eso se descubre desde la primera página del libro, antes incluso de que cuente la historia familiar. A través de su mirada, tierna e inocente, desprejuiciada y sin malicia, se descubre el mundo que alberga la pequeña estación: la relación del jefe de estación con las palomas a las que alimenta, las aventuras sexuales del factor, que producen envidia y admiración en todos, o el secreto de la mujer del jefe de estación para que la carne de conejo sepa más tierna. También desvela los motivos de su intento de suicidio, una historia de amor, una iniciación al sexo y cómo unos sellos pueden convertirse en una herramienta del erotismo (“es la maldición del siglo del erotismo”, dice el jefe de estación). Es una historia sobre la resistencia camuflada entre episodios y anécdotas más o menos simpáticas y llenas de humor, amor, deseo y belleza. Y cuenta también cómo un acto heroico puede cometerse sin la menor épica: si hay una banalidad del mal, también hay una banalidad del bien. La literatura de Hrabal es como sus héroes: sin estridencias pero capaz de cambiar la historia.

*Columna publicada el domingo 19 de febrero de 2017 en Heraldo domingo.

**En la foto, tomada aquí, el escritor checo frente a una jarra de cerveza.

La anomalía cotidiana

El pasado 14 de diciembre se cumplieron 100 años del nacimiento de la escritora estadounidense Shirley Jackson (San Francisco, 1916 – Bennington, 1965, reivindicada desde hace algún tiempo por escritores como Stephen King o Jonathan Lethem como maestra y una de las precursoras del género gótico. Hace unos meses apareció ‘A Rather Haunted Life’, una biografía de la escritora a cargo de Ruth Franklin, para quien “el trabajo de Jackson constituye nada menos que la historia secreta de las mujeres americanas de su época”.

Según Jackson escribió, cuando acudió al hospital tras ponerse de parto del tercero de sus cuatro hijos, le preguntaron en recepción la profesión. Ella respondió “escritora”. La recepcionista dijo: “pongo ama de casa”. Jackson escribía columnas en revistas femeninas sobre la vida familiar y publicó dos libros sobre el tema. Pero donde sacaba a relucir su talento era en los cuentos y novelas de terror cotidiano, o como se llamaron, terror doméstico. Lo que asusta de sus textos no es un misterio o un asesinato, sino la anomalía asumida como cotidiana y normal que se va descubriendo poco a poco, conforme avanza el relato. Es el caso de ‘La Lotería’, uno de sus cuentos más famosos, en el que en un tranquilo pueblo se celebra un rito anual: el sorteo para saber quién de los habitantes será el elegido por el azar para morir apedreado por el resto del pueblo. Y es el caso de ‘Siempre hemos vivido en el castillo’. La novela, que reedita ahora Minúscula y cuya adaptación al cine se estrenará este año, está narrada por Merricat, una de las dos hermanas Blackwood que ha sobrevivido al envenenamiento de la familia.

Shirley Jackson escribió también varios textos sobre el oficio de contar historias. Algunos pueden leerse en el volumen ‘Cuentos escogidos’ (Minúscula, 2015). En “Notas para un joven escritor” escribe: “En el país de los cuentos el escritor es el rey. Él dicta todas las reglas, solo debe cuidarse de no pedir al lector más de lo que este puede conceder razonablemente”. Fue fiel a ese consejo y por eso sus textos son perturbadores países cuyo recuerdo permanece para siempre en el lector.

*Columna publicada el domingo 22 de enero de 2017 en Heraldo domingo.

**La foto está tomada de aquí.

 

El pacto con el lector

El reportaje sobre una niña que padece una enfermedad de las llamadas raras se convirtió en noticia: de ‘El Mundo’ saltó a Twitter, de ahí a las televisiones y en apenas cuatro días se recaudaron más de 150.000 euros que, según explicaba el padre, irían dedicados a financiar un tratamiento experimental y prohibido en España. El blog Malaprensa fue el primero en señalar algunas incongruencias en la historia. La historia fue detalladamente desmontada en Hipertextual y en ‘El País’. Esta semana los mismos platós de televisión que acogieron la conmovedora historia y sirvieron de altavoz a la campaña de recaudación de donativos se llenaban de los periodistas que, ahora sí, usaban los datos comprobados por otros para destapar las mentiras y exageraciones del caso. Los padres mintieron, los mossos actuaron y el padre ha pasado a disposición judicial. Se ha sabido que el padre ha dejado un reguero de engaños y estafas de mayor o menor medida, algunas denunciadas y otras no.

Estas semanas se recuperó una entrevista de 2013 en la que Bernardo Bertolucci confesaba sentirse “culpable” por cómo habían tratado él y Marlon Brando a Maria Schneider durante el rodaje de ‘El último tango en París’ y la escena conocida popularmente como la de la mantequilla. Aparecieron campañas acusando al actor y al director de violación. En 2007 la actriz explicó: “Durante la escena, aunque lo que hacía Marlon no fuera real, yo lloraba de verdad. Me sentí humillada y, para ser honesta, un poco violada por Marlon y Bertolucci”. El director ha tenido que aclarar que no hubo violación. En ambos casos el rigor periodístico sucumbió al titular y la pereza interpretativa hizo el resto: así se crean y favorecen los bulos. El error no es solo de los periodistas, de la búsqueda del titular llamativo y la repercusión fácil y rápida, es también del lector que se deja llevar por la espectacularidad de lo noticioso para crearse una opinión sobre la noticia antes de leerla. Para que el pacto entre periodistas y lectores funcione estos deben mostrar que son exigentes y aquellos, que se guían por el rigor. Solo así los periódicos demostrarán su utilidad y que están cumpliendo con su misión: informar.

*Columna publicada el domingo 11 de diciembre de 2016 en Heraldo domingo.

Hacerse mayor

El cine de los 80. The Time of My Life (Blackie Books, 2016) es el título de un ensayo que reivindica películas de la década de los 80 más allá de la nostalgia y de la idealización de la infancia perdida. Entre las películas que Hadley Freeman, judía de Nueva York afincada en Londres, rescata y cuya calidad demuestra y explica con inteligencia y sentido del humor están Dirty Dancing, La princesa prometida, La chica de rosa, como muestra de todas las películas de adolescentes de John Hughes, director también de El club de los cinco, Cazafantasmas, Cuando Harry encontró a Sally o Batman. En el capítulo dedicado a La chica de rosa escribe: “En El club de los cinco, Hughes demostró ser consciente de los mayores aprietos que supone ser una adolescente cuando los dos personajes femeninos hablan sobre cómo responder a la pregunta de si ‘lo has hecho’ o no: ‘Es un arma de dos filos, ¿verdad? –le dice Allison a Claire–. Si dices que no, eres una mojigata. Y si dices que sí, eres una mujerzuela. Vaya trampa. Quieres pero no puedes y, cuando lo haces, quisieras no haberlo hecho’. Hughes sabía que no solo los chicos lo pasan mal con el sexo”.

Las chicas y el sexo. Este verano, la NYBooks dedicó un texto a explicar la relación de las adolescentes estadounidenses con el sexo, a partir de dos libros publicados. La autora del texto, Zoë Heller, terminaba animando a reforzar la posición de las chicas en cuanto al sexo en la educación sexual: “Gran parte del discurso sobre chicas y sexo ha tendido a reforzar más que cuestionar la idea de la vulnerabilidad femenina y la victimización. Sería saludable recuperar algo de la beligerancia de la vieja escuela feminista e inyectarlo en la cultura”. Algo que sí le sucede a la adolescente protagonista de Dirty Dancing, Baby, interpretada por Jennifer Grey: “Baby no solo quiere acostarse con Johnny [Patrick Swayze], sino que le encanta el sexo con él y la película lo refleja con la analogía nada sutil entre el baile y el sexo. A Baby le resplandece el rostro las mañanas después  mejora en el baile a medida que gana confianza sexual”. Y un poco más adelante: “Esta perogrullada básica (a las adolescentes les gusta el sexo) es una lección que rara vez se saca en las películas actuales. Hoy en día, una chica en una película de adolescentes que practique el sexo (o que simplemente muestre tener ganas) se arriesga a que su novio la destroce y a que un bebé vampiro la devore desde dentro (Bella en Crepúsculo)”.

La atormentada adolescente que hemos sido. En Letra rebelde (Belleza infinita, 2016), un cómic autobiográfico de Natalia Carrero (Barcelona, 1970), la escritora cuela entre los dibujos, las letras y las citas de escritores fragmentos de su diario de adolescente. Aquí uno fechado en marzo de 1986: “Estoy segura de que el día de mi muerte mi corazón mostrará la mayor de las sonrisas, y mi cuerpo, completamente ya relajado, inerte, inmóvil, se convertirá en una fuente de felicidad de la que emanarán todas las respuestas a esos enigmas… porque, quizás, entonces, los halle… y sea feliz. ¡¡VIVA LA MUERTE!! ¡Qué mejor solución!

De padre a hija. En 2013 Alpha Decay tradujo una antología de las cartas que Francis Scott Fitzgerald envió a su hija Scottie (1921-1986), Cartas a mi hija. El libro, además de ser un libro tierno y emocionante sobre la relación entre un padre y una hija, contiene consejos sobre literatura, sobre escribir y es un retrato tanto del escritor como de su hija, aunque el de esta se va perfilando a través de las misivas del padre. Y es también un retrato de lo que es ser adolescente. Una carta de verano de 1935: “Scottina: Me ha encantado verte y además me ha gustado muchísimo lo que he visto (esto aparte de lo mucho que te quiero y te querré siempre). Eres más amable con los adultos, estás saliendo de esa etapa un tanto complicada que en las niñas se da entre los doce y los quince años, más o menos. Te espera un buen coscorrón […] De todos modos la cosa no es grave. Pero creo que el próximo coscorrón será más fuerte, aunque sobrevivirás y después del golpe sabrás arreglártelas mejor”.

Adolescentes y fiestas de pijamas. Esta película de 2010, escrita y dirigida por David Robert Mitchell, cuenta la última fiesta del verano y desmonta The Myth of the American Sleepover. 

Vaciar los armarios

En 2003 se publicó en Zaragoza un libro estupendo: era un retrato de la ciudad y un libro sobre la amistad y la adolescencia. Era ‘Autos de choque’ (Xordica), el debut del escritor Rodolfo Notivol (Zaragoza, 1962), y descubría a un narrador excelente, que contaba su infancia de barrio zaragozano como si fuera la de todos. Notivol demuestra la cualidad de llegar a lo universal desde lo local en su segundo libro, ‘Vaciar los armarios’ (Xordica, 2016), que se presentó el viernes y del que casi lo único negativo que puede decirse es que ha tardado demasiado tiempo en escribirlo.

Es una historia familiar y es también la historia de una ciudad. Es la historia de un país y de un época: la España que se va recuperando muy poco a poco de la Guerra Civil, la posguerra, la miseria y a la que llegan la democracia y las libertades sociales.

El título, ‘Vaciar los armarios’, se parece mucho al de la primera novela de Annie Ernaux, ‘Los armarios vacíos’ (1974). Como muchos de los libros de Ernaux, el de Notivol es un ejercicio de memoria familiar. La narradora de Notivol comienza a tejer el tapiz familiar para responder a las preguntas de su sobrina, inquieta por la desaparición de su madre. La tetralogía napolitana de Elena Ferrante ‘Dos amigas’ también comienza con una desaparición voluntaria y con un hijo que quiere saber. Y, como Nápoles en la saga de Ferrrante, Zaragoza emerge como un personaje más en esta novela. ‘Vaciar los armarios’ tiene mucho que ver con las novelas de Natalia Ginzburg, no solo en la atención que se presta al léxico y a las relaciones familiares, también en el gusto por el detalle y las pequeñas virtudes. Recuerda también a algunas de las novelas de Ignacio Martínez de Pisón: por la disección de las relaciones familiares y por las intersecciones entre la historia privada y la historia colectiva. Con ‘Vaciar los armarios’ Rodolfo Notivol se muestra como un narrador ágil, ambicioso, que registra los cambios y traza un enternecedor retrato de su ciudad y de una familia imperfecta y llena de aristas.

*Columna publicada el domingo 27 de noviembre en Heraldo domingo.