Bunbury

Llevamos planeando pasar este fin de semana en Zaragoza unos meses, al menos desde que se publicaron las fechas de la gira de presentación del nuevo disco de Enrique Bunbury, ‘Licenciado Cantinas’. Aunque también toca en Madrid a principios de febrero, preferimos verlo jugar en casa.

A veces me he arrepentido de tratar de romper el prejuicio de mi novio hacia Bunbury: decía que no le gustaba sin haberlo escuchado. Bunbury nos acompañó en la mudanza y el montaje de muebles en la primera casa que compartimos, en París. Allí sonaba “El extranjero” y yo creía que estaba escrita para mí; cantábamos a voz en grito “Infinito” y competíamos en las imitaciones de Bunbury con “Sí”. Ahora es él el que lo escucha a todas horas, lo canta y se emociona como un niño. Es su mayor fan. Mi madre me llamó para preguntarme si le regalaba el nuevo disco y él ya se lo había comprado. Mi padre me avisó de que había un documental estupendo, ‘Porque las cosas cambian’, de Javier Alvero, sobre Bunbury para que se lo regalara. A veces siento que me ha robado un ídolo. Las canciones de ‘Flamingos’ han acompañado a toda mi familia en los viajes de Garrapinillos a Zaragoza.

Desde entonces, se ha convertido en una tradición ir a los conciertos de Bunbury en el Príncipe Felipe: el de la gira de ‘Las consecuencias’, el de ‘Helville Deluxe’; recuerdo que me perdí el de la Feria de muestras. Gracias a ‘El tiempo de las cerezas’, me acerqué a Nacho Vegas. Aunque disfruté junto a mi hermano con el concierto que dio en el Teatro Principal cuando presentó ‘El viaje a ninguna parte’.

En ‘Licenciado Cantinas’ Bunbury ha elegido algunas de las canciones de la tradición hispanoamericana que más le gustan y las ha hecho suyas; el single “Ódiame” –que llevo escuchando de los labios de mi novio desde que apareció- es de José Jaramillo, aunque también lo cantó José Feliciano. Al escuchar “La chacarera de un triste” en la voz de Enrique, me acuerdo del mes que pasé en Argentina y me parece que la canción esconde algo muy parecido a la impresión que me dejó Buenos Aires. Con ‘Licenciado Cantinas’ Enrique Bunbury vuelve a dar un giro de timón, como si quisiera forzarse a hacer cosas distintas para no apoltronarse y para no aburrir ni al público ni a él. Y es uno de sus mejores discos.

Aunque cuando escribo esto el concierto aún no se ha celebrado, puedo predecir lo que disfrutaré viendo a Enrique, pero claro, tal vez no tenga demasiado mérito porque soy tan incondicional que me gusta Enrique hasta en el “Celebrities” que le hizo Joaquín Reyes.

*Columna publicada el domingo 22 de enero de 2012 en Heraldo Domingo. La imagen la he tomado de aquí.

Las crónicas de la señorita Hempel

‘Las crónicas de la señorita Hempel’ (Libros del Asteroide, 2011) es la segunda novela de Sarah Shun-lien Bynum (Houston, 1972). La señorita Hempel es una profesora de lengua y literatura que se esfuerza por hacer que sus alumnos lean y disfruten haciéndolo; les da a leer ‘Vida de este chico’, de Tobias Wolff, con la esperanza de que les cautive y con algo de miedo por la reacción de los padres. Siente predilección por algunos de sus alumnos y hace excursiones con ellos. Está a punto de casarse con un antiguo compañero de instituto, su padre acaba de morir y tiene una hermana de la edad de sus alumnas. La novela, compuesta de capítulos largos que podrían funcionar como cuentos, recorre distintos episodios de la vida de esta profesora entusiasta y los cambios de rumbo que toma.

El libro resulta algo irregular: aunque los primeros capítulos son estupendos, pierde fuerza hacia la mitad, cuando el narrador cuenta episodios de la infancia de Beatrice Hempel, o descubre la tirantez de la relación con su madre. Sin embargo, el libro tiene humor, y trata de contar la vida, con sus contradicciones y sus imperfecciones. Lo mejor de la novela es la relación –una mezcla de extrañamiento y complicidad- de Hempel con sus alumnos: le preguntan por el sexo y ella trata de protegerlos contándoles secuestros. Como la alumna con la que se reencuentra la señorita Hempel en el último capítulo, hubiera preferido que se dedicara a la investigación o que siguiera dando clases; a lo mejor, la señorita Hempel es una de esas profesoras que a veces aparecen y te cambian la vida sin que te des cuenta.

‘Las crónicas de la señorita Hempel’, Sarah Shun-lien Bynum

Traducción de Gabriela Bustelo.

Libros del Asteroide, 2011. 264 págs.

*Reseña publicada el jueves 12 de enero de 2012 en “Artes & Letras” de Heraldo de Aragón.

Retrato en servilleta

Cuando Sergio Algora murió, Félix Romeo estaba en París. Desde allí me llamó para ver cómo estaba. Tenía las pruebas del libro que Sergio iba a publicar en Xordica, No tengo el placer.

Un tiempo después, ya en Zaragoza, una tarde hablamos de Sergio y, mientras hablábamos, Félix hizo esta caricatura de Algora en una servilleta de la Heladería Ferrara que yo guardé.

La encuentro ahora y me acuerdo de los dos.

Listas

John Cusak en un momento de ‘Alta fidelidad’, de Stephen Frears.

Cuando el año acaba se ponen de moda varias cosas: listas de los mejores libros, películas y discos del año que se va; listas de lo que podrán ser los mejores libros, discos y películas del año que llega; relación con fotos de los momentos clave del año anterior y predicciones de lo que será importante en el siguiente. En realidad, todo eso forma parte de la necesidad de ordenar lo que nos ha pasado y de prevenirnos ante lo que nos va a suceder, y más o menos estar atentos a las cosas de las que se hablarán para no quedarnos atrás.

El protagonista de ‘Alta fidelidad’, la novela de Nick Hornby (que encarnó John Cusack en la versión cinematográfica), mata el tiempo en su decadente tienda de discos haciendo listas: “los cinco mejores temas de un single, solamente la primera cara, de todos los tiempos”; los cinco episodios favoritos de ‘Cheers’ del protagonista y narrador; y las cinco novias que preceden a Laura, con la que acaba de romper. Prepara esas listas para un hipotético cuestionario en una revista musical. Alguna vez he fantaseado con responder mi propio cuestionario Proust, o el que hacía Sophie Calle en la revista ‘Les inrockuptibles’, y me parece aterrador.

En mi lista de 2011, caótica e incompleta, estarían ‘1971’, de Rafael Berrio, y ‘La joven Dolores’, de Christina Rosenvinge como discos del año; entre las canciones del año, “Cannibal dinner”, de Bigott y “Hoy es el principio del final”, de Amaral. ‘Los poseídos’, de Elif Batuman y ‘Los ingrávidos’, de Valeria Luiselli y ‘El día de mañana’, de Ignacio Martínez de Pisón, están entre los libros que más me han gustado. Las ‘Cartas’ de Saul Bellow me parecen una lectura fundamental y una apuesta segura. ‘Somewhere’, de Sofia Coppola, ‘Habemus Papam’, de Nanni Moretti, y ‘La boda de mi mejor amiga’, de Paul Feig, son algunas de las películas que me han hecho disfrutar este año, y aún no he visto ‘El niño de la bicicleta’, de los Dardenne. 2011 ha sido el año en el que vi las estupendas series ‘Freaks & Geeks’ y ‘¿Qué fue de Jorge Sanz?’. Ha sido el año en que me mudé a Madrid, el del final de la violencia de ETA y el de la primavera árabe. 2011 ha sido tristemente el año en que murió Félix Romeo. Sin embargo, 2012 traerá cosas buenas -y algunas malas- y seguiremos disfrutando de películas y libros que aunque no nos gusten podremos compartir con amigos en las terrazas y en los bares sin humo. Así que espero que los agoreros y los mayas se equivoquen porque hay mucho por lo que brindar todavía y muchas oportunidades de reírnos y de hacer listas con lo mejor del año.

*Columna publicada el 8.01.2012 en ‘Heraldo Domingo’.

Periódicos

La Navidad me parece uno de los peores días del año. No es porque me ponga triste pensando en los ausentes. Tampoco es porque tenga un trauma infantil con Papa Noel, o porque los Reyes Magos no me trajeran nunca una Barbie. Hace años, mientras celebrábamos la Nochebuena en casa de mis abuelos, abrieron la furgoneta de mis padres y nos robaron los regalos de Navidad. Mis hermanos, entonces pequeños, quisieron saber a quién habían robado realmente, a Papa Noel o a nosotros. Esas fueron unas Navidades raras. Sin embargo, no es ese recuerdo lo que empaña el encuentro con los familiares.

El día de Navidad me parece tristísimo porque es un día sin periódicos. Me deprime ver el periódico con las dos hojas de la programación televisiva. Me crea cierta ansiedad saber que ese día no habrá periódicos en el desayuno, ni en los bares, que no podré leer lo que ha pasado en el mundo ni los análisis de los acontecimientos. Entiendo que los periodistas, los maquetadores, los impresores y todos los que hacen que el periódico salga cada mañana tienen derecho a cenar con su familia. Pero eso no hace que deje de parecerme un día gris. Los periódicos son un elemento fundamental y siempre presente en mi vida, y ese día los echo de menos.

En ‘Madrid, 1987’, la última película de David Trueba, José Sacristán da vida a un columnista y escritor que se queda encerrado en un cuarto de baño con María Valverde, una estudiante de periodismo que quiere ser escritora. Hablan de escritores, de periodismo, de literatura, de la vida; el personaje de Sacristán dice que el estilo son los aspavientos del escritor para recordarle al lector que está ahí, y dice que un escritor se parece más a alguien que presenta a dos personas y luego se aparta, solo que presenta una historia a un lector. Los dos actores, casi los únicos de la película, están sensacionales y la película es maravillosa, valiente y arriesgada. David Trueba vuelve a hacer un derroche de talento no solo con el guión de la película, sino en todas las reflexiones y citas que elige para el personaje de José Sacristán. Es una película optimista porque nos recuerda que la incertidumbre sobre el futuro siempre ha estado y que la amenaza del final del mundo tal y como lo conocemos casi siempre nos ha perseguido, y sin embargo los periódicos han seguido saliendo, la gente sigue haciendo películas y escribiendo libros, afortunadamente. La capacidad del ser humano siempre es más fuerte que las circunstancias. Y me gusta pensar que los periódicos seguirán contándolo, por eso los añoro el día de Navidad.

Columna publicada el sábado 24 de diciembre en el suplemento dominical de Heraldo.

El día en que Christopher Hitchens y Saul Bellow se conocieron

En 1989 Christopher Hitchens conoció a Saul Bellow a través de su amigo Martin Amis (que también recuerda esa cena en Experiencia). Bellow escribió a Cynthia Ozick para contarle la cena. Después Bellow y Hitchens se hicieron amigos.

Hitchens ha muerto sin dejar de defender la libertad y sin ceder ni un milímetro a la religión.

¡Viva Christopher Hitchens!

A Cynthia Ozick

W. Brattleboro 29 de agosto, 1989

Querida Cynthia:

Puedo escribir un libro corto más fácilmente que una carta -¿por qué? No es tanto una pregunta como un misterio, y además un misterio idiota. Cuando escribo ficción estoy equipado o totalmente movilizado (mira como recurro a figuras retóricas mecánicas o militares). Parece que tengo alguna dificultad para ser yo mismo, a menos que lo auténtico sea el escritor de ficción. Pero no es (¡gracias a Dios!) un problema de identidad. La verdadera fuente de las cartas y las historias puede localizarse. En algún sitio Kierkegaard escribió sobre la capacidad humana para relacionar todo con todo lo demás. Para los judíos, se trata de neshama.[1] Todavía me resulta difícil escribir cartas, un defecto que no es trivial, un defecto desagradable. Pero lo que dijiste de El contacto Bella Rosa[UNIF] me ha dado más placer del que puedo gestionar, y tu carta era en todos los aspectos tan rica y generosa que me convirtió en un lector, un lector admirado.

Y ahora, como prefacio para el asunto, tengo algo que contarte: Mi joven amigo Martin Amis, al que quiero y admiro, vino a verme la semana pasada. Lo trajo de Cape Cod un compinche al que no conocía y del que no había oído hablar. Se quedaron a dormir. Cuando nos sentamos a cenar el amigo se identificó como colaborador habitual de The Nation. La última vez que eché un vistazo a The Nation fue cuando Gore Vidal escribió su artículo sobre la deslealtad de los judíos hacia Estados Unidos y su preferencia basada en la sangre por Israel. Durante el largo tiempo que ha pasado desde que nos conocemos, ha crecido una duna de sal que aliña los comentarios ridículos de Gore. Tiene cuentas pendientes con EEUU. En cualquier otro lugar, podría haber sido homosexual y patricio. Aquí tiene que mezclarse con tipos duros y con negros y judíos; la democracia le ha imposibilitado ser un caballero invertido y excepcional. Y la fuente de su dolor le ha hecho rico y famoso. Pero dejemos a Gore, podemos saltárnoslo. Vamos a nuestro invitado, el amigo de Martin. Se llama Christopher Hitchens. En la cena dijo que era un gran amigo de Edward Said. Leon Wieseltier y Noam Chomsky también eran grandes colegas suyos. Al mencionar el nombre de Said, Janis refunfuñó. Dudo que eso no estuviera previsto, porque es casi seguro que Hitchens cree que soy un reaccionario terrible: la Derecha Judía. Criado para respetar y rechazar la cortesía al mismo tiempo, el invitado luchó breve y silenciosamente con el periodista decadente y finalmente habló. Dijo que Said era un gran amigo suyo y que debía pedir disculpas por discrepar con Janis pero la lealtad hacia un amigo exigía que dejara las cosas claras. Todo el mundo conservó la educación. Yo no quería una escena, por Amis. Afortunadamente (o no) había leído varios fragmentos del artículo de Said en Critical Inquiry, que ofrecí como prueba. Los judíos eran (más o menos) nazis. Pero, por supuesto, dijo Hitchens, era bien sabido que [Yitzhak] Shamir se había dirigido a Hitler durante la guerra para llegar a un acuerdo. Protesté que Shamir era Shamir, no era los judíos. Además, yo no confiaba en las pruebas. La discusión se balanceaba. Amis cogió las selecciones de Said para leerlas. No encontró nada que decir en el momento pero a la mañana siguiente intentó sacar el tema, y para evitar otra situación embarazosa le dije que había sido cosa de mucho ruido y pocas nueces.

Hitchens atrae a Amis. Es una tentación que puedo entender. Pero el tipo de gente sobre el que te gusta escribir no siempre es buena compañía, especialmente en una cena.

Bueno, esos Hitchens son solo playboys de Fourth-Estate que florecen con la agitación, y los judíos somos muy fáciles de agitar. A veces (¡ojalá supiera hacerlo bien!) creo que me gustaría escribir sobre el destino de los judíos en la decadencia de Occidente. O en la larga crisis de Occidente, si la decadencia no te sirve. El movimiento de la asimilación coincidió con la llegada del nihilismo. Ese nihilismo alcanzó su clímax con Hitler. La respuesta judía al Holocausto fue la creación de un Estado. Tras los campos llegaron las políticas y esas políticas son nihilistas. Tus Hitchens, la prensa política en su forma izquierdista más desaliñada y boba, son (si el nihilismo tiene una jerarquía) los gnomos. Los gnomos no necesitan saber nada, son arrogantes, aparecen cuando tu heroína de cuento de hadas está en graves problemas, ofrecen un trato y después vienen a recoger al bebé. Si puedes soportar conocerlos aprendes de esos gnomos de Nation que beben, se drogan, mienten, engañan, persiguen, seducen, cotillean, calumnian, piden dinero prestado, nunca pagan la manutención de sus hijos, etc. Son los bohemios que hacían que Marx hirviera de rabia en El 18 brumario. Bueno, ahí tienes el nihilismo, una de sus ramas menores, en todo caso. Sin embargo, para enormes cantidades de gente son, de algún modo, muy atractivos. Eso es porque esa gente es la tropa del nihilismo, y quiere saber de Hitchens y Said, etc., y consumir falsedades como si fuera comida rápida. Y es muy fácil causar problemas a los judíos. Nada es más fácil. A las cadenas de televisión les encanta, los grandes periódicos permiten que suceda, hay una población universitaria receptiva para la que Arafat es Bueno e Israel es Malo, incluso genocida.

Ahora bien, ¿qué se puede hacer al respecto?

Para ser más concreto, ¿qué voy a hacer al respecto el 3 de diciembre? No tengo la menor idea, y no hay nada más deprimente que imaginarme balbuciendo en el podio, quedando en ridículo y haciendo que el encuentro parezca estúpido. Nada gustaría más a nuestros propios nihilistas judíos.

Lo que necesitas, y probablemente lo has pensado tú misma, es una charla sensata de Jeane Kirkpatrick sobre la OLP.

Siempre tu amigo con admiración y afecto,

Más tarde Hitchens y los Bellow desarrollarían relaciones cordiales. El artículo de Edward Said en Critical Inquiry era “Representing the Colonized: Anthropology’s Interlocutors”.


[1] Hebreo: alma.

Ediciones Alfabia acaba de publicar las cartas de Bellow, con edición de Benjamin Taylor, donde está esta carta.

Debate publicó Hitch 22, las memorias de Hitchens, que también tiene traducidos los libros Amor, pobreza y guerra y Dios no es bueno.

Más sobre Hitchens aquí.

Desnuda

Aliaa Elmahdy es una estudiante egipcia que hace casi un mes decidió colgar en su blog una foto en la que aparecía completamente desnuda frente a la cámara, con unas medias y unos zapatos rojos. Aliaa escribió: “Quitaos la ropa y miraos en el espejo, quemad vuestros cuerpos que desdeñáis y desprendeos de vuestros complejos sexuales para siempre, antes de lanzarme acusaciones racistas o negarme la libertad de expresión”, en una protesta contra una idea del mundo en el que el sexo y la mujer se desprecian. En su blog (arebelsdiary.blogspot.com) puede verse su foto así como algunas de las reinterpretaciones que ha tenido por todo el mundo en señal de apoyo.

A pesar del proceso de transición que parece vivir Egipto, Aliaa está amenazada y perseguida. En una entrevista en CNN, Aliaa afirmaba que quería desvincularse del Movimiento del 6 de abril, el grupo que se hizo fuerte durante la revolución egipcia, porque ella es atea. Decía que le interesa el arte, la fotografía y expresar sus pensamientos a través de lo que escribe; contaba que perdió la virginidad a los dieciocho años y que mantiene relaciones sexuales de manera habitual con su novio Kareem Amer, también bloguero, que fue condenado a dos años de prisión en una cárcel de máxima seguridad por criticar al Islam y por difamar al entonces presidente Mubarak.

Aliaa viene a engrosar la lista de mujeres vergonzosamente amenazadas por hablar más de la cuenta, por negarse a que la religión dicte las normas de la convivencia y de la moral de todos, por rechazar una prenda humillante, por reclamar el derecho a la enseñanza, al amor, al sexo y al respeto; por reclamar libertad. Y no solo se persigue a mujeres. Son ya demasiados los nombres que llenan esas listas: la somalí Ayaan Hirsi Ali, los iraníes Marjane Satrapi y Jafar Panahi, el marroquí Abdela Taia, el chino Ai Weiwei, o el británico Salman Rushdie, y ahora Aliaa Elmahdy, y solo son una muestra.

Hace apenas unas semanas, la redacción de un semanario cómico, ‘Charlie Hebdo’, fue quemada en represalia por una portada en la que se burlaban del Islam y de la ley de la Sharia. El semanario respondió en la portada del siguiente número con una caricatura en la que aparecían el dibujante francés Luz y un musulmán besándose en la boca bajo el lema “el amor es más fuerte que el odio”.

Con su desnudez, Aliaa nos iguala a todos y universaliza su protesta. Al fanatismo solo se le puede vencer sabiendo que aunque los besos no apaguen incendios, no podemos ceder ni un milímetro ante el fanatismo: la risa y el amor (no solo los nuestros, también los de los otros) son nuestras armas.

*Columna publicada el 11 de diciembre de 2011 en ‘Heraldo Domingo’.

Viejoven

El domingo pasado fui a votar con mi familia. Votamos todos, menos la pequeña, todavía le faltan casi seis años para poder votar. Dos de mis hermanos pequeños ya son mayores de edad. Votamos en el colegio al que fueron, y aún me acuerdo de cuando los cuidaba en las calles de los pueblos de Teruel en los que hemos vivido. Los dos van ya a la universidad. Y pensé que ya soy mayor. Casi vieja.

Hago cosas viejas, casi de otro siglo: leo en papel, me gustan los libros, comprar películas en DVD de Éric Rohmer y de Mario Monicelli, me gusta escuchar los discos enteros y, a veces, me da pereza salir de casa. Creo que algunas cosas van demasiado rápido, las redes sociales (que me gustan mucho) exigen, o al menos propician, que expresemos una opinión enseguida, en cuestión de segundos, antes de que deje de ser actualidad. Y pienso que yo prefiero la reflexión y tener tiempo para informarme, consultar fuentes y, sobre todo, madurar la opinión. Y eso es de vieja. También creo que la juventud no es un valor en sí mismo, en todo caso, una enfermedad que se cura con el tiempo. Y eso es de vieja. Estoy a favor de que todo el mundo escriba correctamente y me irritan las faltas de ortografía, y eso casi es rancio. Creo que la educación es el mejor valor para crear una sociedad sana, que leer no solo es bueno sino que es divertido y que hay que favorecer el pensamiento. Así que no solo soy mayor biológicamente, sino que mis gustos son de vieja, o al menos piden otro ritmo.

Pero, al mismo tiempo, creo que nunca me he sentido más pequeña: no es solo la nueva ciudad, la situación del país, soy yo. Miro con admiración y suspicacia a los que lo tienen todo claro y no necesitan un tiempo muerto para tomar una posición y argumentarla. Cada vez soy más consciente de todo lo que no sé, y de que habrá cosas que nunca llegue a saber. Dudo que pueda leer todo lo que me gustaría. Y soy consciente de todas las cosas que no seré. Me deshago de un manotazo de la nostalgia de un futuro imposible y pienso en lo que decía David Trueba en una conferencia sobre cómo hacer películas: de la fricción, del contraste, nace el germen de la narración, el conflicto. Uno de mis hermanos pequeños siempre me toma el pelo y dice que solo cumplo años biológicamente, me pinto las uñas del mismo color que mi hermana pequeña y creo que es verdad: en el fondo soy una niña. Y me doy cuenta de que yo vivo permanentemente en un conflicto: soy una joven tremendamente inmadura con gustos de vieja: una viejoven.

*Columna publicada el domingo 27 de noviembre en Heraldo de Aragón. Se recomienda leerla mientras suena esto: Joe Crepúsculo – Los viejos

Me acuerdo de Félix Romeo

Me acuerdo de Félix Romeo vestido de negro entrando en mi casa de la calle Bretón. Yo tenía menos de siete años. Mi hermano mayor y yo íbamos disfrazados con unas sábanas. Félix me preguntó si era una princesa y luego me preguntó si me quería casar con él.

Me acuerdo de muchas tardes en la piscina de Garrapinillos, en la casa de mis padres, y de todas las veces que quedaban Félix y mi hermano para ir a las piscinas municipales antes de que mis padres se mudaran a una casa con piscina, y de que siempre me invitaba a ir con ellos y yo casi nunca podía ir porque no estaba depilada, y Félix siempre me decía que él también tenía pelos. Me acuerdo de Félix dentro de la piscina, hablando, preguntando y animando a todos a que nos bañáramos con él, que podía permanecer horas dentro del agua. Intentábamos pasarnos la pelota y pocas veces conseguíamos más de cinco toques seguidos. Y yo le decía a Félix que era un sireno y él respondía que era más bien un tritón.

Me acuerdo de muchas tardes de domingo, cuando yo trabajaba en el bar Bacharach y Félix venía a pasar la tarde y me traía ganchitos y regalices y me contaba que estaba enamorado de una chica, Lina Vila. Y luego me llevaba a casa en taxi, si Barreiros, mi novio, no venía a buscarme. Y más tarde siguió viniendo, ya con Lina Vila, siguió trayendo ganchitos y me pedía que pusiera música francesa o italiana.

Me acuerdo de ir al cine a ver una película para reírnos y que sus carcajadas llenaran la sala.

Me acuerdo de Félix diciendo “quita perro” y “fuera gato” cuando venía a comer a casa de mis padres.

Me acuerdo de Félix dándole consejos culinarios a mi madre, como que el pulpo se podía cocer sin agua.

Me acuerdo de Félix cogiéndome del hombro y llamándome amiguica.

Me acuerdo de cuando le dije que había escrito un libro. Él me dio el título: París tres. Pero tiene que ponerlo con letra, me dijo.

Me acuerdo de Félix diciendo que éramos unos privilegiados por estar vivos.

Me acuerdo de la vehemencia con la que Félix combatía el más mínimo atisbo de resentimiento o de depresión: negaba las conspiraciones y creía en el individuo y en la libertad para todo, para crear, para no hacerlo; y creía que lo que había que hacer para conseguir las cosas era trabajar. Si Félix no me hubiera echado algunas broncas, habría corrido el riesgo de convertirme en alguien peor, y de no disfrutar de las cosas buenas que me pasaban.

Me acuerdo de que Félix me descubrió a Valérie Mréjen; me regaló la entrevista que Bernard Pivot le hizo a Marguerite Duras, y me decía que tenía que incluir en mis novelas sexo y teorías, como Virginie Despentes; y me acuerdo de que, obediente, pedí a un dependiente de una librería de Gijón Fóllame, de Despentes.

Me acuerdo de Félix gritando mi nombre en medio de la calle Príncipe, bajo mi balcón, la noche que llegó a Madrid, con un donut rosa para mí, y uno de chocolate para Barreiros. Riñó a Barreiros por tener la nevera vacía y no haber comprado una tele. Dijo que no iba a volver hasta que nos compráramos una para que él pudiera verla por la noche.

Me acuerdo de Félix, Barreiros y yo trabajando en el comedor de nuestra casa su última mañana: Barreiros estaba programando en el ordenador y respondía a las preguntas curiosas de Félix, yo revisaba una traducción, y Félix buscaba información, leía noticias y nos pedía que le diéramos un tema sobre el que escribir su columna para Letras libres.

Me acuerdo de un viaje en tren que hicimos a Teruel: traté de hacerle fotos. Nunca me dejaba y casi siempre salía con cara de disgusto, como riñéndome por prestarle atención a él y no a los otros.

Me acuerdo de Félix contando el chiste del osito polar, que le había oído a Arguiñano.

Me acuerdo de todas sus recomendaciones musicales: Juana Molina, los italianos Carpacho!, que le recordaban en algo a El niño gusano; Rafael Berrio, que nos tenía fascinados.

Me acuerdo de que comíamos juntos (él, mi padre, mi hermano y yo) al menos una vez por semana antes de que me mudara a Madrid. Y de que él estaba deseando que abrieran las heladerías para invitarnos a un helado.

Me acuerdo de los paseos que dábamos por la ciudad: le acompañábamos a hacer la compra, a una librería, o pedía que lo lleváramos a recorrer la ciudad en coche.

Me acuerdo de mi último viaje a Zaragoza: le mandé un correo diciéndole a qué hora llegaba y que comeríamos en Garrapinillos. No me contestó y cuando salí del tren, me estaba esperando con una bolsa de ganchitos.

Me acuerdo de cómo me animaba a escribir y a acabar la novela de una vez, y cómo espantaba mis miedos de un plumazo: si es mala, ya escribirás otra mejor, me decía.

Me acuerdo del paseo que dimos su última noche y de él diciéndome que aprovechara todas las oportunidades que me ofreciera la vida.

Me acuerdo de Félix Romeo gritando mil vivas en presentaciones, cumpleaños y cenas. Y me acuerdo de él golpeando la mesa de Casa Emilio al ritmo de una canción popular.

Me acuerdo de Félix riendo a carcajadas.

*Texto que apareció en el especial de Letras Libres de noviembre ¡Viva Félix Romeo!

*La foto es de David Barreiros, se la hizo el día del libro de 2008.

Parejas

Hace una semana, mis padres cumplieron treinta y un años de casados, debe de ser un hito en la historia reciente de los matrimonios. Un amigo argentino me contó que en su clase solo había un niño cuyos padres seguían juntos, y siempre le preguntaban si todo iba bien, si no era demasiado raro vivir con los dos. Dice que ese niño era al que había que prestar más atención por si se traumatizaba. Otra amiga tiene la teoría de que las parejas son estables cuando uno de los dos, o los dos, tiene padres separados. No estoy de acuerdo. A mí me conmueve ver que dos personas que llevan tantos años juntos se siguen queriendo, deseando, besando y abrazando. Me enternece ver cómo le brillan los ojos a las parejas cuando se miran. Y me conmueve todavía más ver matrimonios enamorados después de algo más de cincuenta años de convivencia. Como Félix y Carmen, a los que visité hace una semana en su casa de Las Fuentes. Félix miraba a Carmen como si fuera la primera vez. Me preguntaba retóricamente si no me parecía la más guapa de las hermanas. Luego le dio un beso en la frente y le acarició la mejilla. Como mis abuelos, que se seguían queriendo como dos adolescentes.

Creo que ese tipo de parejas son muy afortunadas y viven mejor: porque las penas con amor son menos penas. Trabajan para mantener la relación y la miman, porque todo se desgasta. Dan sentido a los versos que escriben los poetas sobre el amor, incomprensibles para quien no ha estado enamorado. Vi una serie  en la que las chicas sabían que estaban enamoradas porque de pronto entendían las canciones de amor.

A veces los enamorados tienen algo repelente: no se separan, hacen bromas que solo entienden ellos, se ríen sin que venga a cuento y nunca quieren colgar el teléfono cuando hablan entre ellos, como parodia la cantante francesa Anaïs en “Mon couer, mon amour”, donde dice que odia “a las parejas que le recuerdan que está sola” y que “es bonito, pero insoportable”.

Como Buñuel, no me gusta ver los besos apasionados de los demás, me repelen un poco. Sin embargo, cuando se ve el amor –el amor verdadero del que habla ‘La princesa prometida’– es estupendo: pienso en mis tíos, en Fernando y Cristina, en Rodolfo y Mari, en Yolanda y José Luis, en Antonio y Marina, en mis padres, en Félix y Carmen, en mis abuelos, y pienso que me gustaría seguir enamorada de mi novio a los ochenta años para que otros me miren, se enternezcan, crean en el amor y se den cuenta de que la vida puede ser mucho más fácil de lo que a veces nos empeñamos en creer.

*Columna publicada el domingo 13 de noviembre en ‘Heraldo domingo’ de Heraldo de Aragón.