Solo queremos el significante

Una de las primeras cosas que se aprende cuando se estudia lengua es el signo lingüístico, un concepto de Ferdinand de Saussure, el padre de la lingüística moderna y un nombre familiar para cualquier alumno de Filología. La idea es sencilla, el signo lingüístico tiene dos elementos: significante, la parte material (en el caso de la lengua de habla, las letras que conforman la palabra y el sonido que producen) y el significado, que es el concepto al que se refiere. Un ejemplo: la palabra árbol remite a la imagen mental del árbol. Esto funciona en otro tipo de lenguajes, por ejemplo, las señales de tráfico son el significante cuyo significado está recogido en el código vial y más o menos todos los ciudadanos entendemos.

Cuando los independentistas catalanes enarbolaron el “derecho a decidir” como el gran argumento Javier Cercas escribió que era un sintagma vacío de contenido, es decir, solo significante, y que por eso cada cual podía proyectar en él lo que quisiera, casi siempre una idea falsa, algo así como una promesa de las mejores intenciones. Eso, que es una estrategia publicitaria, se ha trasladado a la política nacional. El Partido Popular se presenta a las elecciones con el lema “A favor”, aunque no se dice de qué, pero en principio, es mejor estar a favor que en contra. El PSOE ha elegido como eslogan “Un sí por el cambio”, que al menos muestra una intención de ruptura con lo que está. Unidos Podemos, además de poner un corazón para eliminar la marca de género en el Unidos —¿quién puede estar en contra del amor como ideal?—, titula su campaña con “La sonrisa de un país” (en Cataluña han cambiado país por pueblo). Es como esa frase hecha convertida en cliché de la sonrisa de un niño. ¿Cómo va nadie a negarse a una sonrisa? Y así el signo lingüístico se va vaciando de significado para quedarse solo en el significante vacío, del que hablaba el argentino Ernesto Laclau, que puede rellenarse con lo que el receptor del mensaje quiera. El mensaje es lo suficientemente ambiguo como para no significar nada y lo suficientemente prometedor como para querer oponerse.

Columna publicada el domingo 12 de junio de 2016 en Heraldo domingo.

Cajas

Estos días ando empaquetando mi vida: es mi segunda mudanza madrileña. Abandono la Gran Vía, Malasaña, las prostitutas y los bares de copas y me voy a Chamberí, lo que corrobora el fin de mi juventud y es una prueba más, como lo fue comprar el sofá marrón chocolate, de mi paso a la edad adulta. Ha sido divertido y agotador pedir cajas en todos los comercios del barrio: mercado, la tienda de ropa moderna, la licorería, etc. He descubierto, además, que las cajas de botellas de alcohol son muy buenas para los libros porque no son demasiado grandes ni demasiado pequeñas.

Mientras mi novio se encargaba de quitar las lámparas y embalar todos los enseres de la cocina, yo empacaba mis libros —son míos, pero no son todos los que están: mi biblioteca, o al menos una parte muy importante de ella, sigue estando en la casa de mis padres— en cajas de Beafeter, Jack Daniels y vino. Mi biblioteca se iba agrupando y, aunque seguía un orden alfabético, también se creaban algunas resonancias fruto del azar: por ejemplo, la segunda caja dedicada a Marguerite Duras no estaba llena y la siguiente, apenas separada por un par de autores, era Annie Ernaux. Así el azar juntó a dos de mis escritoras favoritas. Otro ejemplo: la caja que empezaba con Natalia Ginzburg se cierra con Cristina Grande, que es la Natalia Ginzburg aragonesa. Uno de los libros de Cristina no cupo en esa caja y pasó a ser el primero de la caja siguiente, donde estaba acompañado por los libros de Ismael Grasa: los dos han publicado libros en Xordica y son estupendos escritores. Los dos van a estar, además, en la Feria del Libro de Zaragoza que acaba de inaugurarse: Ismael Grasa ha publicado hace unos meses ‘Una ilusión’ (Xordica), un libro maravilloso y delicado, que es un recorrido por sus amigos, por la pareja, por los lugares y los libros; el libro funciona también como una especie de descodificador de los libros anteriores de Ismael. Cristina Grande ha participado en la antología de relatos escritos por mujeres que ha editado Libros del Gato Negro. En el volumen escriben también Eva Puyó, Ángela Labordeta, Olga Bernad, Irene Vallejo o María Pérez Heredia, que se mezclan en mis cajas otros libros y que también forman parte de mi biblioteca.

Columna publicada el domingo 29 de mayo de 2016 en Heraldo domingo.

Primera persona

Hace cinco años que se celera en Barcelona, en el CCCB, el festival de literatura Primera Persona. Bajo ese paraguas, sus directores, Miqui Otero y Kiko Amat, hacen entrar casi cualquier cosa (todos tenemos un yo), aunque sobre todo está dedicado a la literatura autobiográfica o de autoficción. Han participado en el festival escritores como Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Miguel Ángel Ortiz, Caitlin Moran, Jonathan Lethem; músicos como Kiko Veneno o Manolo García; y cineastas como José Luis Cuerda o Mar Coll. Este año, por primera vez, el Primera Persona ha tenido una jornada en Madrid: el pasado 7 de mayo, en La Casa Encendida, se ofreció una muestra reducida (solo un día en lugar de dos o tres, como en Barcelona) de lo que es el Primera Persona.

Ben Brooks (1992) leyó fragmentos de sus libros —en pasadas ediciones, mientras leía, le hacían un tatuaje—; los otros invitados eran la escritora estadounidense nacida en Milán Renata Adler, de quien se han traducido al español sus dos únicas novelas, ‘Lancha rápida’ y ‘Oscuridad total’ (ambas en Sexto Piso), y el pianista londinense y autor del libro de memorias ‘Instrumental’ (Blackie Books, 2015), James Rhodes, en el que cuenta cómo la música clásica le salvó de las adicciones y la autodestrucción después de años de abusos cuando era un niño.

Renata Adler (1938) charló con Begoña Gómez Urzaiz de sus novelas, del oficio del periodismo, de Gay Talese, del ‘New Yorker’ —revista en la que Adler trabajó durante años—, de Joan Didion, Janet Malcolm, Donald Trump, Hillary Clinton y ‘Cien años de soledad’, de Gabriel García Márquez. Adler estaba en Europa haciendo un reportaje sobre refugiados.

James Rhodes (1975) alternó, como en su libro, la palabra y la música. Tocó cuatro temas que presentó hablando de sus compositores o de sus prácticas de ensayo. Entre tanto, respondió a las preguntas de Lucía Lijtmaer sobre la escritura de las memorias.

Kiko Amat y Miqui Otero se han fijado en los festivales de música y han tratado de llevar ese espíritu de celebración y de fiesta a la literatura: el escenario es más de concierto que de conferencia, hay una barra en la que venden alcohol, refrescos y bocadillos y hay actuaciones de dj para terminar las jornadas. Parece que funciona. Aunque no siempre se esté de acuerdo con los cabeza de cartel.

Columna publicada el domingo 15 de mayo de 2016 en Heraldo domingo.

Elogio del elogio

Llevo varios meses pensando en lo difícil que resulta explicar por qué nos gustan las cosas que nos gustan. Tal vez por esa dificultad y por pereza se ha extendido la costumbre de hablar mal de casi todo sin pasar por una reflexión previa. Se ha convertido incluso en signo de inteligencia, confundiendo la capacidad crítica con el desprecio absoluto de casi todo, excepto de lo propio. Como si la canción de Astrud, “Todo nos parece una mierda”, hubiera sido tomada en serio. Tal vez por eso los ‘youtubers’ se hayan convertido en un fenómeno: es gente hablando bien de algo y es excepcional.

Recuerdo los especiales sobre los gazapos más famosos de la historia del cine, en los que siempre hay un fotograma de ‘Ben Hur’ y errores de rácord que se descubren gracias al pelo seco de las actrices que se supone que acaban de salir del agua. Ese fijarse en la tontería, en el despiste, impide además una crítica más profunda. Por otro lado, es el error el que hace humanas las cosas. La perfección me parece aburrida y artificial. Pero sobre todo no se debe confundir señalar un error tonto con la crítica fundada. Esa costumbre empobrece el panorama, rebaja el nivel de todo lo que nos rodea de manera que cualquier cosa que sobresalga un poco puede ser llamada obra maestra. Y hace que sea mucho más fácil que las verdaderas chapuzas, que existen, pasen inadvertidas. También

Despreciar el trabajo que hay en una serie, una película, un libro, etc., con una frase es bastante fácil y no requiere demasiado esfuerzo intelectual, cosa que una crítica argumentada sí necesita. Explicar por qué nos gustan las cosas que nos gustan es también explicarse a uno mismo o al menos la manera en qué pensamos y qué nos interesa o emociona. Las películas, libros, canciones o exposiciones que nos gustan dibujan un retrato de nosotros mismos porque nos obligan a conocernos. A veces, la única manera de descubrir cosas de uno mismo es haciendo ese esfuerzo.

Me gusta que esta columna en la que trato de hacer un elogio del elogio se publique el día de la madre. Mi madre, como la de todos, es la mejor del mundo. Pero la mía tiene un superpoder único: hacer de todo un lugar mejor. En este caso, el del elogio de mi madre, lo difícil habría sido hablar mal de ella.

Columna publicada el domingo 1 de mayo de 2016 en Heraldo domingo.

Libros para quedarse a vivir

Isabel Bono nació en Málaga en 1964 y vive allí. A veces viaja a Madrid, aunque no lo dice mucho porque le gusta resguardarse en hoteles y librerías o pasear por las calles de la ciudad sin responder a las obligaciones familiares o de vida social. En el verano de 2013 viajó a La Laguna, Tenerife. Lo sé porque fue allí donde la conocí: me fascinaron su alegría chispeante, su caligrafía delicada y que dedicara los libros a lápiz. Me entregó un ejemplar de ‘Mi padre’ (Aullido libros, 2008) un libro que opera como el ‘Me acuerdo’ de Perec. Está construido con frases que son como chispazos y que se van encadenando hasta componer un retrato del padre de la escritora: “Mi padre dice que si una muchacha es bonita, es más bonita con gafas. Mi padre, cuando volvía del trabajo, se comía una zanahoria y si le preguntaba el porqué, respondía ¿Has visto alguna vez un conejo con gafas? Mi padre usaba gafas iguales a las de Peter Sellers”.

A finales de 2015, Bono publicó en la  editorial sevillana Isla de Sitolá ‘Hielo seco’, un libro de “sugerencias, que no máximas”, según la autora. El libro es fino, como casi todos los de Isabel Bono, se lee en apenas una hora, pero se saborea durante mucho más tiempo. Es un libro que acompaña y que apetece releer para fijarse en detalles que pasaron advertidos en una primera lectura, descubrir relaciones y revelaciones en los espacios en blanco que deja entre las “sugerencias” y reconstruir así la historia que cuenta el libro pero que presenta con las piezas desordenadas. Dice, por ejemplo, en un fragmento titulado ‘espejito espejito’: “Dime de una vez quién es la más bella y por qué estoy tan triste”. En ‘humo azul’ escribe: “Esperar no a que el tiempo pase, esperar a que siga pasando y no duela demasiado. Todo consiste en eso, en que el tiempo no duela”. Y en el último fragmento, ‘adiós’: El año se llevó lo mejor de mí: mi camisa favorita y mi mejor amigo. Sin esperanza ni temor, susurra el invierno”. Es un libro sobre la tristeza, pero hay sitio para el humor. Por ejemplo, en ‘beckett, mon amour’, cuenta: “Cuando vivía en casa de mis padres, todo aquel que entraba en mi cuarto me preguntaba si aquel viejo era mi abuelo. Y yo decía que sí”.

El hielo seco pasa del estado sólido al gaseoso sin pasar por el líquido. Isabel Bono dice que lo que escribe es eso: “De mi cerebro duro y apretado a poemas”.

Hay otro libro que estoy leyendo estos días: ‘Una ilusión’ (Xordica, 2016), de Ismael Grasa. Algunos capítulos, como “Prosélito”, los leo por segunda vez. Los paladeo y lo voy leyendo despacio porque no quiero que se acabe. Y me obligo a no leer más de un capítulo al día. La disciplina del asceta.

Columna publicada el domingo 17 de abril de 2016 en Heraldo domingo.

Vida de Galileo

En 1616 el Santo Oficio le prohibió a Galileo Galilei presentar como teoría el sistema heliocéntrico propuesto por Copérnico y seguir hablando de eso como una hipótesis indemostrable. En 1610 Galileo se había trasladado de Venecia a Florencia, para ocupar el puesto de Primer matemático de la Universidad de Pisa, después de haber sacado provecho de un invento reciente: el telescopio. Galileo miraba el cielo a través de esa herramienta que él mismo fabricaba y cuyas lentes pulía para intentar comprender cómo era el mundo en realidad. Alcanzó a ver la superficie lunar con los aumentos, descubrió las manchas solares y sus observaciones le llevaron a una conclusión: las estrellas no estaban fijadas a ninguna esfera. Y algo más importante: la Tierra no solo no estaba en el centro, sino que además se movía. Pese a las recomendaciones de su círculo cercano y el recuerdo de lo sucedido a Giordano Bruno (quemado en la hoguera por hereje al afirmar que el sol era una estrella más), Galileo creía que ni siquiera el Santo Oficio se atrevería a negar la evidencia de lo que le mostraba ante sus ojos. Sin embargo, ahí sí se equivocaba. En 1632 publicó el ‘Diálogo sobre los principales sistemas del Universo’, desafiando así a las autoridades y a los teólogos. En 1633 firmó la retractación de sus estudios y consiguió así que la pena de prisión perpetua se le conmute por la prisión domiciliaria.
La figura de Galileo fascinó a Bertolt Brecht, que escribió tres versiones de ‘Vida de Galileo’. La última de ellas es la que ha llevado a escena el Centro Dramático Nacional con puesta en escena de Ernesto Caballero y con un brillante Ramón Fontseré como Galilei. Estuvo en la sala Valle-Inclán de Madrid hasta el 20 de marzo y es de esperar que pronto empiece la gira. En su texto Brecht consiguió condensar la tremenda curiosidad de Galileo, que le llevó a desafiar a las autoridades y poner en peligro su vida, pero también el sentido del humor del matemático, las pasiones terrenales y las contradicciones. El montaje del CDN contiene todo eso también, además de la emoción, el retrato de una época y de un genio empecinado y humano a través del distanciamiento brechtiano.

Columna publicada el domingo 3 de abril de 2016 en Heraldo domingo.

Ese podría ser yo

Imagínate que estás en tu casa y que de pronto cae una bomba en el edificio de al lado mientras estás comiendo. Sales de casa con lo puesto, tus tarjetas de crédito y el dinero que tengas en efectivo. Tratas de llegar a Irún. Cuando estás en Francia, a salvo de las bombas, pero durmiendo al raso piensas que a lo mejor tendrías que haber cogido otro abrigo. Eso me respondió mi compañero de trabajo cuando este jueves, después de ver algunas fotos de refugiados en Grecia, le dije que me parecía inhumano. Ninguno de los jefes de Estado de los 28 parece haber hecho ese ejercicio de ponerse en el lugar del otro con los refugiados que llegan de Siria al acordar, el martes de madrugada, que devolverán a Turquía a todos los “migrantes irregulares”, tanto los “económicos” como los refugiados. Los detalles aún están por perfilar, pero han acordado entregar 6.000 millones de euros a Turquía a cambio de que contenga el flujo.

José Ignacio Torreblanca y Adela Cortina firmaban un excelente artículo en El País donde explicaban que el acuerdo “no solo es mezquino en su lógica, sino que ignora los problemas de derechos humanos y libertades en ese país, concede un cheque en blanco al presidente Erdogan para reprimir a la oposición y a los kurdos y no aporta soluciones a la causa final de todo el problema: la guerra de Siria, en la que Turquía tiene un papel crucial”.

La crisis de refugiados exige una respuesta a la altura del problema: “El primer principio de actuación debe ser salvar vidas, el máximo número posible”, escriben Torreblanca y Cortina. Pero es también una oportunidad de reforzar la Unión Europea y los principios sobre los que se fundamenta eso que podríamos llamar europeísmo: la libertad y los derechos humanos, que se plasman en los acuerdos de Schegen. Poner vallas y restringir la libre circulación de personas es lo contrario a la idea de Europa que deberíamos defender.

El escritor Erich Hackl cuenta la historia de la familia Salzmann que fueron refugiados austriacos en Francia antes de la Segunda Guerra Mundial. Natalia Ginzburg vivió el exilio interior en los Abruzos italianos. Jorge Semprún fue un refugiado español en Francia. Detrás de las cifras que se manejan alegremente hay vidas y talento y alegría y posibilidades que Europa debería ayudar a salvar.

Columna publicada el domingo 13 de marzo de 2016 en Heraldo domingo.

Decálogo aleatorio sobre las listas

1. La enumeración no es el requisito único, pero no deja lugar a dudas: si lleva números, es una lista. 2. A muchos escritores les gusta hacer listas. Podría abrir una lista dentro de la lista con nombres de escritores que usan las listas en sus textos (Georges Perec, Félix Romeo, Susan Sontag, Italo Calvino, George Orwell, Antón Chéjov o Wislawa Szymborska, Nick Hornby). 3. Shaun Usher se dedica a rastrear bibliotecas y hemerotecas en busca de cartas y listas y recopilarlas en su blog. Con ese material publicó ‘Cartas memorables’ y ‘Listas memorables’. El segundo es una lista de listas y tiene un montón de ejemplos de listas escritas por personas anónimas (como la primera lista de la que hay constancia, que agrupa a los trabajadores ausentes en un papiro del Antiguo Egipto) y por famosos (Johnny Cash, Marilyn Monroe, Nick Cave, Albert Einstein, Leonardo da  Vinci, Galileo Galilei, Christopher Hitchens, Francis Scott Fitzgerald o Preston Sturges). 4. Umberto Eco murió el pasado 19 de febrero en Milán. Publicó un libro que se llama ‘El vértigo de las listas’ que surge de la investigación sobre la evolución del concepto de lista a lo largo de la historia que le encargó el Museo del Louvre. 5. Me gusta hacer listas. 6. Me sé de memoria las seis reglas de Orwell para escribir mejor. 7. Maria Popova tiene un blog, Brain Pickings, en el que hace listas temáticas de las que siempre se aprende algo. 8. De las listas del libro de Shaun Usher, mi favorita es la lista de las condiciones que cumplen las personas bien educadas, que Chéjov le escribió a su hermano mayor, Nikolái, por carta. La primera es: “Respetan al individuo y por lo tanto son siempre indulgentes, amables, educadas y condescendientes. […] Disculpan el ruido y el frío y la carne demasiado hecha y las ocurrencias y las presencia de otros en sus casas”. 9. La lista de la compra de Galileo de 1609 incluye lentejas, garbanzos y “cristal alemán pulido”. 10. En la lista de cosas por hacer de Johnny Cash “besar a June” ocupa el segundo lugar. 11. Según la RAE, un decálogo no tiene por qué tener diez puntos.

Columna publicada el domingo 28 de febrero de 2016 en Heraldo domingo.

Cráneo privilegiado

El viernes de carnaval dos titiriteros fueron detenidos después de que algunos de los padres de los niños que asistían a la representación llamaran a la policía. El ayuntamiento había contratado el espectáculo como parte de la programación municipal de carnaval. Los padres se escandalizaron ante algunas de las cosas que se representaban en el teatrillo de guiñol: un juez y una soga, la violación de una monja, el apuñalamiento de una embarazada y, finalmente, una pancarta –tamaño marioneta- en la que se leía “Gora Alka-ETA”. El mal gusto de la pieza es probable, la inadecuación del espectáculo para el público infantil, incuestionable, pero ver en esa torpeza un delito –o la sospecha de él- es completamente exagerado. Me sorprende que los padres llamaran a la policía en lugar de abandonar la actuación. Pero me sorprende aún más que todavía cueste tanto discernir entre realidad y ficción.

La concatenación de hechos y reacciones ha sido tan absurda que puede ser que en realidad todo sea el comienzo del homenaje a Ramón María del Valle-Inclán en el año del centenario de su nacimiento (tal vez para poner celoso a Cervantes). Valle-Inclán fue el creador de un subgénero, el esperpento, único capaz de captar la esencia de la realidad a través de su deformación. Valle-Inclán en realidad solo escribió cuatro esperpentos: ‘Luces de bohemia’, protagonizado por el inolvidable Max Estrella, y las tres piezas que componen ‘Martes de Carnaval’ (‘Las galas del difunto’, ‘La hija del capitán’ y ‘Los cuernos de don Friolera’). Valle Inclán retorcía también el lenguaje y con asociaciones inesperadas de términos era capaz de captar la esencia de las cosas. Uno de las expresiones que se repite en ‘Luces de bohemia’ aplicada a Max Estrella es “cráneo privilegiado”.

Algo así podría aplicarse a los actores de este tirabuzón de torpezas: los titiriteros, los padres, los policías, los jueces y los responsables municipales. Son los cráneos privilegiados de este esperpento.

Columna publicada el domingo 14 de febrero en Heraldo domingo.

Dejadlas solas

Primero fueron un dúo y se llamaba Deers (ciervos). Cuando pasaron a la formación de cuatro, se cambiaron el nombre: Hinds (ciervas). Son de Madrid, pero cantan en inglés. Tienen entre 19 y 24 años. La singularidad de su sonido está, sobre todo, en el juego de voces de las dos vocalistas y guitarristas (Carlotta Cosials y Ana García Perrote), que cuenta con los coros de las otras dos componentes del grupo (Ade Martín, bajo, y Amber Grimbergen, batería). En mayo de 2014 ganaron un festival para grupos emergentes en el barrio madrileño de Malasaña y gracias a él grabaron ‘Barn’ en Berlín. El sello británico Lucky Numbers publicó ‘Demo’ y dieron su primer concierto en Londres. De ahí salió una primera gira europea que las llevó a ser teloneras de The Vaccines, The Libertines o Black Lips, a los que admiran y que suelen citar entre sus referencias musicales junto a The Strokes o Mac DeMarco. Su primer LP, ‘Leave me alone’, lo grabaron con Paco Loco y contaron con la estrecha colaboración de otro grupo madrileño, The Parrots. ‘The Guardian’, ‘NME’ o ‘Pitchfork’ son algunos de los medios especializados en música o no que han elogiado el trabajo de Hinds.

En casi todos sus vídeos aparecen con una imagen desenfadada y natural: con pantalones cortos y camisetas anchas o cortas, con el pelo suelo o recogido en una coleta que parece hecha sin mirarse en el espejo. Aparecen compartiendo botellas o bailando en mesas con deportivas blancas. Desprenden felicidad y belleza porque hacen lo que quieren y se divierten. Pitchfork dice sobre ‘Leave me alone’ que es “un disco sobre las contradicciones humanas, sobre la admisión de la vulnerabilidad y sobre darse cuenta de la belleza de esas cosas”. Es un disco vital, alegre y melancólico, pasa por casi todas las emociones que se suelen asociar a la adolescencia, pero que pueden aplicarse a casi todos en casi cualquier momento: las preguntas sobre la identidad y los sentimientos duran toda la vida. La última canción, “Walking Home”, es una declaración de amor que está entre la cotidianidad y el surrealismo: “eres el arroz de mi cuenco” o “eres la lima de mi Coca-cola”.

Columna publicada el domingo 31 de enero de 2016 en Heraldo domingo.