Mi madre

Me acuerdo de mi madre cuando éramos pequeños. Yo le pedía que durmiera conmigo, pero tenía que estudiar. A veces traía los libros a mi cuarto y los ponía encima de mi mesa. Eso me hacía feliz. No me gustaba cuando me decía que venía en un momento y tardaba mucho. Yo intentaba no quedarme dormida mientras esperaba, pero casi nunca tenía éxito.

Mi madre dice que nos leyó ‘La historia interminable’ a mi hermano y a mí cuando éramos pequeños. Pero de eso no me acuerdo. Me acuerdo de ella con el pelo corto y de cuando se teñía el pelo de caoba en la bañera y de cuando me peinaba y yo me quejaba. Dice que cuando yo era pequeña no podía gritarme: me hacía pis encima. Dice que yo era muy mala comedora, tanto que más de una vez me iba al colegio sin haber comido nada más que un petit suisse.

Mi madre dice que de pequeña yo dibujaba chicas con el pelo tan largo que les llegaba al suelo y daba la vuelta para volver a subir hacia la cabeza. Dice que pensó que tal vez yo quisiera tener el pelo largo y dejó que me creciera. A veces yo le pedía que me hiciera dos coletas, pero le quedaba más pelo en una que en otra y acababa haciéndome tres coletas. Yo pensaba que tenía la madre más moderna del mundo.

Me acuerdo de cuando la seguíamos por todos los pueblos en los que ha trabajado. En Cantavieja saltó la barrera para atender a uno al que el toro había pillado. Estaba embarazada. Mi hermano y yo estábamos orgullosos de ser los hijos de la médico y de que nuestra madre fuera tan valiente.

Me acuerdo de los domingos en que nos separábamos: mi hermano mayor y yo nos quedábamos con mi padre en Zaragoza y mi madre se iba con mis hermanos pequeños al pueblo en el que mi madre trabajaba, a más de tres horas en coche por carreteras estrechas y llenas de curvas. Pienso es esos años con cierta nostalgia por la cantidad de horas en las que no estuvimos juntos y, sin embargo, mi madre jamás nos transmitió sensación de infelicidad.

Mi madre tiene ahora más de cincuenta años y me parece que está más guapa que nunca. Me gustan sus ojos pequeños y verdes, su expresión pícara, y hasta me divierte cuando se enfada teatralmente. A mi madre le gusta reírse y estar con nosotros, con sus cinco hijos pululando por la casa.

Me gusta pensar que mi madre tiene el superpoder de convertir cualquier sitio en agradable, hasta una sala de espera de hospital o una estación de autobuses. Me gusta que los fines de semana que vuelvo a casa, después de comer, nos sentemos las dos en el sofá y fumemos, como las hermanas de Marge Simpson. Me gusta que en mi agenda el teléfono de la casa de mis padres esté guardado como “hogar”.

*Bañera publicada hoy domingo 6 de mayo, día de la madre, en Heraldo domingo.

En la foto, mi madre con mis hermanos pequeños las pasadas navidades en Orihuela.

23 de abril

Mañana es el día de Aragón, que para mí va inevitablemente ligado al libro. No solo porque coincidan las fechas. También porque me parece que Zaragoza –y Aragón- es un lugar en el que por alguna razón misteriosa hay muchos escritores, muchas editoriales y algunas de mis librerías preferidas. El 23 de abril está ligado en mi córtex cerebral al paseo de la Independencia, a los puestos de libros y a las firmas de escritores amigos o a las mías propias. Alguna vez, en un pasado casi remoto, también a animaciones pagadas tarde y mal, pero en las que me divertía mucho. Está ligado a comidas en el Wok del Caracol o en el italiano de la calle Casa Jiménez con amigos y mi familia y a cervezas en terrazas al final del día.

Pienso en la cantidad de escritores que ha dado Zaragoza: Eva Puyó, Félix Romeo, Ignacio Martínez de Pisón, José Luis Melero, Octavio Gómez Milián; la cantidad de escritores que ahora viven en Zaragoza: Cristina Grande, Ismael Grasa, Sergio del Molino, Santiago Gascón, Miguel Mena (y solo son una muestra); las editoriales afincadas en Aragón: Tropo, Xordica, Contraseña, Eclipsados, Olifante… y me recorre un escalofrío de pena y melancolía. Y es que no puedo evitar preguntarme qué va a pasar con el sector. Cómo va a sobrevivir. Cómo vamos a salir de esta encrucijada en la que se compran menos libros, se apuesta menos por la cultura, se recortan los presupuestos de las instituciones, los medios no pagan por las colaboraciones y todo eso nos parece normal.

Desde hace unos días tengo la sensación de que acaba un mundo tal y como lo conocíamos, y eso que aún no he leído ‘La civilización del espectáculo’. Pero estoy de acuerdo con algunas de las tesis del libro de Mario Vargas Llosa: nos hemos frivolizado, nos hemos convertido en una sociedad en la que nada tiene valor, lo que permite que todo se iguale y cualquier cosa pueda tener valor. Y eso supone rebajar la cultura, el arte, los libros, la música, el cine. Que la estupenda e inteligente película de David Trueba ‘Madrid, 1987’ se estrene en pocas salas de algunas afortunadas ciudades es un síntoma de algo malo.

Me arriesgaré a parecer conservadora, pero me aterra pensar que ese mundo va a desaparecer tal y como lo conocemos, me aterra ver que casi solo tiene éxito lo malo, lo que no hace pensar, lo que es mero entretenimiento y que todo lo demás tenga mala prensa. Me aterra que a los que leen los llamen “culturetas” o “gafapastas”, que la inteligencia y las ganas de saber se censuren como un signo de esnobismo; que el pensamiento crítico sea una excepción. Luis Alegre dijo que “en tiempos de crisis, la cultura es el mejor asidero posible”, tal vez el único.

*Columna publicada en Heraldo domingo el domingo 22 de abril.

Lo fácil

Anicet Lavodrama es el nombre que ha elegido Benjamín Villegas para su primer disco y Verkami y el crowdfunding, la manera de financiarlo. Para promocionarlo, ha hecho un vídeo que tiene, según El País, más de 200.000 visitas, y ya ha conseguido recaudar la mitad de lo que necesita para la grabación del disco.

Hace unos días, espiando en Facebook, me encontré con el vídeo por primera vez. Se autoproclama miembro de la generación perdida, que, según el vídeo, consiste más o menos en la generación de los 80 (la mía). Según Villegas somos aquellos a los que nos prometieron casa, chalet, perro, dos hijos y una mujer (o marido) si estudiábamos. Es decir, nos prometieron ser burgueses sin hacer casi nada a cambio.

No tengo nada en contra de Villegas ni de su ingeniosa manera de promocionarse. Me alegro mucho de que consiga la financiación para su disco y entiendo el vídeo como una ficción. Lo que me preocupa es que haya triunfado tan rápido. Si lo ha hecho es porque la gente que lo ha compartido en sus muros de Facebook o que lo ha visto en Youtube se siente identificada y está a favor de ese discurso quejita, lastimero y llorón. Desde luego, tenemos motivos para sentirnos un poco estafados. Tenemos motivos para protestar por ser un país de segunda en el que no se cree en la cultura, se recortan las ayudas al cine, se recorta en educación, se permite la corrupción, el gobierno no comparece para explicar las reformas y recortes, etc. Podemos protestar y quejarnos del desprestigio que tiene la enseñanza pública, algo que favorecen sistemáticamente los presidentes de gobierno llevando a sus hijos a colegios de pago. Pero no podemos creer que lo merecemos todo solo por el hecho de haber nacido en el 80 y no en el 68, que nuestra comodidad ya está garantizada y que nos hemos ganado el derecho a un sueldo para toda la vida por haber nacido.

Sin embargo, creo que el éxito viral de este vídeo tiene más que ver con una especie de garrulismo que con una protesta seria o con un análisis crítico del mundo. Tiene más que ver con el hooliganismo y con sentir los colores que con el diagnóstico de un problema. Me recuerda un poco a la escena de la lapidación en La vida de Brian. Y lo que me molesta de verdad es que estamos rodeados, casi invadidos. No nos tomamos la molestia de pensar las cosas por nosotros mismos, de verdad, reflexionando y analizando lo que vemos antes de opinar.

El vídeo ha funcionado porque todos nos podemos sentir identificados con esa situación, porque es más fácil culpar a los demás de nuestro no éxito que asumir la realidad. Porque apela a los sentimientos más bajos y a lo fácil. Porque lo de que “el infierno son los otros” puede convertirnos en unos frustrados.

Primavera en patines

Ya ha llegado la primavera: ha empezado “la caída de la rebequita” -como la llamaba un pintor de Motril-, “esa época en la que nos gustan todas e incluso algunos”. Es cierto: en primavera las chicas vamos casi menos vestidas que en verano, como si el invierno hubiera tenido nuestros cuerpos encerrados en abrigos, y ahora, de pronto, quisiéramos quedarnos con todo el sol de golpe. Pero se nos pasa, o se nos acostumbran los ojos a ver tanta piel.

De momento esta primavera ha cumplido con casi todos los ritos: la astenia de los primeros días, las alergias al polen y a las gramíneas –que yo, afortunadamente, no sufro- y hasta la huelga general y las manifestaciones, que van camino de convertirse en un síntoma más de la primavera. Empiezan las terrazas, las cervezas antes de comer y las presentaciones vermú a las que siguen largas siestas en el sofá.

Me gusta la primavera y al mismo tiempo me pone triste, se me cuela la melancolía. Así que este año, me anticipé a ella y mucho antes de que llegara ya había hecho picnic en el Retiro a la hora de comer. Incluso un día me eché allí la siesta, después de leer ‘Correr’, de Jean Echenoz, un libro estupendo. Mi novio y yo comemos en el Retiro casi todos los días. Le digo que homenajeamos secretamente ‘El amor después del mediodía’, de Éric Rohmer.

También para protegerme contra la melancolía primaveral me he comprado unos patines  de cuatro ruedas. En realidad, fue idea de mi novio, que siempre ha querido patinar. Acepté con demasiada facilidad, sobre todo, teniendo en cuenta que se trata de un deporte -y de alto riesgo en mi caso. Y pensé que tal vez tuviera algo que ver que mi primera muñeca hubiera sido una Sindy patinadora (porque mi madre estaba en contra de Barbie, pero cedió con Sindy). Mi madre trataba de convencerme de que Sindy era mejor: tenía el pelo ondulado y era más guapa que Barbie. Yo acabé por creérmelo y presumía de mi muñeca patinadora y sus piernas larguísimas.

Vamos a patinar al Retiro. Damos zancadas, nos deslizamos y miramos con admiración y envidia a los patinadores expertos. Estamos aprendiendo a frenar. Casi siempre acabo en el suelo, de culo, de rodillas o parando con las manos. Mi novio me anima a seguir y yo trato de explicarle que mi tolerancia al fracaso se agotó el año que fui a clases de danza contemporánea. Pero le hago caso y pruebo de nuevo. Luego me acuerdo de un episodio que forma parte de la leyenda familiar: el día en que mi madre se cayó de culo en el trinquete de Ejulve para demostrar que sabía ir con patines. Esta primavera pondré de moda las agujetas y los moratones. Para animarme pienso en “Calgary 88”, la canción de Antònia Font, y me digo que si ganamos la medalla de oro, nosotros también nos casaremos.

*Columna publicada en el suplemento ‘Heraldo Domingo’ de Heraldo de Aragón el domingo 8 de abril de 2012.

“Una forma de vida”, de Amélie Nothomb

Amélie Nothomb (Kobe, Japón, 1967) es belga y vive en París. No tiene ordenador, ni internet, escribe a mano todos los días durante cuatro horas después de beber un litro de té. Ha publicado veinte novelas de las más de setenta que lleva escritas. ‘Una forma de vida’ es la última de ellas y, probablemente, la mejor de todas.

Entre los hábitos de la escritora está responder personalmente a las cartas que recibe de sus lectores, tarea que le ocupa tanto tiempo que en su editorial le han cedido una habitación para que lea y escriba su correspondencia. ‘Una forma de vida’ comienza cuando recibe una carta de Melvin Mapple que viene de Bagdag y se encadena un cruce de cartas entre el soldado americano destinado en Irak y la escritora. Amélie Nothomb habla de sus rutinas, de la correspondencia que mantiene con sus lectores sin pudor ni hipocresía, con una sinceridad casi brutal. Establece una relación rara con su correspondiente en Irak –que como ella tiene extraños hábitos alimentarios-, al que anima sin querer a convertirse en un artista de “bodyart” y hacerse fotos: Mapple ha engordado 130 kilos desde que se alistó.

La relación con Mapple empieza con un escepticismo casi profesional: “Melvin estaba lejos de ser el primero en sentir la necesidad de existir para mí y de creer que conmigo todo era posible. Sin embargo, resultaba raro decirlo tan simple y llanamente.” Nothomb empieza a ansiar las cartas: “Dirigirle algún reproche no me pasaba por la cabeza. Si no tolero que alguien se indigne por mis prolongados silencios, les concedo el mismo derecho a mis conocidos. Por otra parte, ¿debía ocultarle que le había echado de menos?”. Establecen una relación de complicidad y de entendimiento que lleva a Amélie Nothomb a subirse a un avión rumbo a Washington y allí, suspendida en el aire, escoge una vía de escape casi suicida.

La correspondencia con Melvin Mapple es un pretexto para reflexionar sobre la relación de la propia Nothomb con la escritura, con otros escritores; para reflexionar sobre la prensa, que “elige bien las acciones y mal sus temas”; y sobre el derecho al voto: “No me pierdo unas elecciones por nada del mundo. […] antes morir que dejar de cumplir con mi deber electoral”; para contar sus viajes a Bélgica y a Estados Unidos; para hablar de la guerra de Irak y de Obama. Confiesa que empezó a escribir cartas por una imposición familiar a su abuelo materno, “un desconocido residente en Bélgica”; y que “Llevo mucho más tiempo siendo epistológrafa que escritora y probablemente no me habría convertido en escritora –en todo caso, no en esta escritora- si antes no hubiera sido una asidua epistológrafa”.

Nothomb escribe sobre las relaciones personales: “La primera etapa consiste en constatar la existencia del otro: puede ocurrir que se transforme en un momento de asombro. En esta fase somos como Robinson y Viernes en la playa de la isla, nos contemplamos el uno al otro, estupefactos, asombrados de que exista en este universo otro tan distinto y tan cercano al mismo tiempo”. Habla de sus tiránicos correspondientes con una sinceridad implacable: “Tengo un método para enfrentarme al enemigo: empiezo por la selección.” Y más adelante: “Me enloquece leer cartas y escribirlas, sobre todo con determinadas personas. Sólo que a veces conviene que me desintoxique para poder apreciar mejor esta práctica”. No le parece bien la necesidad de algunos de sus correspondientes de no ser tratados como los demás: “Siento el más profundo respeto por los demás. Usted pide un trato de excepción, así que dejo de respetarle y tiro su misiva a la papelera”.

Nothomb ha trazado quizá su mejor novela: los personajes tienen aristas, la mezcla entre realidad y ficción es ejemplar y consigue que tengamos la sensación de que el misterio y la extrañeza impregnan la aparente cotidianeidad. Es una reflexión sobre la obsesión y la escritura, o la escritura obsesiva, sobre por qué escribe y cómo escribe: “Sólo existe una manera de solucionar una dificultad de escritura, y es escribir. La reflexión eficaz y activa sólo interviene en el momento de la redacción”. Con esta novela Nothomb va más allá de la autoficción y se disecciona a sí misma como escritora sin pudor ni autocompasión. Se dice: “Lo sabes: si escribes cada día de tu vida como si estuvieras poseída es porque necesitas una salida de emergencia. Para ti, ser escritora significa buscar desesperadamente la puerta de salida”.

‘Una forma de vida’, Amélie Nothomb, 146 páginas, Anagrama, Panorama de narrativas, Barcelona, 2012, traducción de Sergi Pàmies.

*Crítica publicada el jueves 29 de marzo en ‘Artes & Letras’, de Heraldo de Aragón.

Humores que matan

Hamza Kashgari en una imagen tomada de aquí.

El 4 de febrero Hamza Kashgari publicó en Twitter tres bromas sobre el cumpleaños del profeta Mahoma. Hamza Kashgari es poeta y periodista y tiene 23 años. Fue acusado de apostasía y se le prohibió escribir en periódicos. Kashgari pidió disculpas y eliminó los tweets. Huyó de Arabia Saudí con rumbo a Nueva Zelanda, pero en Malasia fue detenido y trasladado a su país, a pesar de que no hay acuerdo entre los dos países y Kashgari solo estaba de paso en el aeropuerto de Kuala Lumpur.  De eso hace más de un mes y no se sabe nada de él. No se sabe si le han juzgado, si está detenido, si sigue vivo. El tema ha dejado de aparecer en los periódicos. Hamza Kashgari ha desaparecido y el integrismo ha ganado.

Salvando las distancias (porque al menos en España, no existe la pena de muerte), el caso de Kashgari hace pensar en el juicio contra el cantautor Javier Krahe por un cortometraje que hizo en 1978 titulado ‘Cómo cocinar un Cristo’ y que se emitió en 2004 en Canal Plus. Krahe tuvo que pagar en 2010 una fianza de casi 200.000 euros; la vista oral empieza el 28 de mayo. Se le acusa de un delito “contra los sentimientos religiosos”, recogido en el artículo 525 del Código Penal. El Centro de Estudios Jurídicos Tomás Moro, que ha interpuesto la demanda, ha dicho que el juicio oral supone “una verdadera victoria en defensa de la libertad religiosa”. Supongo que pensarán lo mismo de la extradición y desaparición de Hamza Kashgari.

Puede parecernos que el vídeo de Krahe es más o menos gracioso, y puede que haya gente a la que le ofenda, como cuando se hacen parodias y los parodiados se molestan; pero una sociedad madura no puede tolerar que el sentimiento religioso dicte las normas civiles. Ese artículo del código penal está obsoleto, es un atraso y está anticuado. Las leyes deben proporcionar un marco que permita la convivencia de distintas moralidades. Ese artículo permitiría juzgar a los Monty Python por ‘La vida de Brian’, casi justifica que se retiren las caricaturas de Mahoma y es una manera de decirnos que hay cosas con las que no se puede bromear.

Sin embargo, el asunto Krahe retrata más a los ofendidos que al cantautor: me imagino a Rubalcaba querellándose con José Mota por las imitaciones navideñas, a Bunbury demandando a Joaquín Reyes por su imitación en ‘Celebrities’ o a Obama protestando por las imitaciones que le hacen en el maravilloso ‘Saturday Night Live’, o a Rafa Nadal quejándose de que en los guiñoles se han burlado de él. Bueno, eso sí que pasó. Y me parece ridículo. Solo que de ridículo pasa a ser peligroso porque proporciona herramientas penales del Estado de derecho al integrismo.

Javier Krahe.

*Columna publicada el pasado domingo 25 de marzo en ‘Heraldo Domingo’.

Noche de los enamorados

El 14 de febrero de 1995, Félix Romeo Pescador entró en la cárcel de Torrero para cumplir condena por un delito de insumisión. Además del miedo, la suciedad, el mal olor y un preso al que se le ha caído el pelo del susto, en la cárcel Félix conoció a Santiago Dulong, su compañero de celda, que le confesó la primera noche que estranguló a su mujer, María Isabel Montesinos. El asesinato y el proceso judicial obsesionaron a Félix durante mucho tiempo, como cuenta en la novela que acaba de publicar Mondadori, ‘Noche de los enamorados’.

“Es una mujer y está muerta. Está tirada en el salón-comedor de su domicilio. Boca arriba. ‘Decúbito supino’, como será descrita en el proceso. Es pequeña. Tiene los dientes negros, por el tabaco, y amarillos, por el alcohol. Tiene los ojos cerrados. Su asesino se los ha cerrado. Quizá.” Así de contundente es el comienzo de la novela.

Félix Romeo, hijo de policía, consultó archivos, foros de internet de las ciudades en las que vivió María Isabel Montesinos, fue a la cofradía de la que formaba parte el “católico y falangista” Dulong, leyó la sentencia, cita reportajes de prensa, encontró las tumbas en el cementerio de Torrero, paseó por la calle Barelona, en el barrio de las Delicias, en la que estaba la casa en la que María Isabel fue asesinada; también habla del bisabuelo de Dulong, Santiago Dulong Serrano, el primer alcalde republicano de Zaragoza, habla de la cárcel, del proceso de documentación que sigue para escribir esta novela y de cómo trata de reconstruir el asesinato con su compañera Lina Vila, quien ha hecho la portada.

‘Noche de los enamorados’ es una novela sobre la justicia, sobre el reverso más oscuro del hombre, y sobre las palabras. Félix, como Émile Zola en ‘Yo acuso’, trata de desentrañar la verdad a través de las palabras, les da la vuelta para ver qué esconden, y en ese proceso descubre que durante el juicio María Isabel Montesinos, la víctima, la estrangulada, se ve convertida en culpable de su propia muerte. Al describir los hechos y reconstruirlos, Félix le devuelve la dignidad a la víctima y su novela se convierte en una defensa de la libertad individual y de la dignidad humana.

Es una novela intensa y necesaria, pero también metaliteraria y que nos permite imaginar, casi ver, a Félix Romeo escribiendo de madrugada, rebuscando en archivos y en internet, paseando por Zaragoza, tratando de comprender qué pasó. Y al mismo tiempo es un retrato por oposición de Félix Romeo: el enamorado del amor ve en el asesino Dulong su contrario absoluto, su negación. ‘Noche de los enamorados’ es una lectura imprescindible y una novela en la que Félix Romeo consiguió “escribir contra el mal”.

*Columna publicada el domingo 4 de marzo en ‘Heraldo domingo’.

Noche de los enamorados

Hoy, como estos días, tengo sentimientos contradictorios. Por un lado, la tristeza infinita que me persigue desde la mañana del 7 de octubre y, por otro lado, la alegría con la que intento contrarrestrarla, porque como dijo el lunes Luis Alegre en Zaragoza, y en esto Félix estaría de acuerdo, la alegría es nuestra venganza. La aparición de Noche de los enamorados debe ser motivo de alegría y lo es por varias razones: primero porque es una novela maravillosa, potente, breve, intensa, con muchas capas y que contiene la esencia de Félix como escritor: la obsesión, la justicia, los diccionarios, las listas, Zaragoza, el cuidado de las palabras, la investigación policial de los hechos, pero también de las palabras, la propia escritura y la vida, la culpa, o en este caso la ausencia de ella, la defensa de la verdad y, como dijo Daniel Gascón, es una biografía-iceberg de Félix. Segundo, porque nos acerca un poco a él, nos hace que hablemos de él y que lo recordemos, aunque sea doloroso. Tercero, porque la literatura es una fiesta. Cuando Lara López entrevistó a Félix tras la publicación de Amarillo, Félix le dijo que esperaba que la literatura tuviera más que ver con follar que con el fútbol. Y la aparición de un libro era para Félix un motivo que celebrar.

Además, hoy me siento especialmente huérfana de Félix. Si pudiera verme por un agujero o pudiera pedirle consejo sobre qué decir hoy, cómo empezar, me diría que hiciera un chiste, y yo podría decir que Noche de los enamorados es un libro en el que, como en La Venganza de don Mendo, muere hasta el apuntador, en este caso el escritor; y Félix soltaría la primera carcajada que rompería el hielo y arrastraría las demás. Porque a Félix le gustaba reírse y sabía que la risa es un buen cicatrizante.

Félix nos hizo mejores y más felices: nos recomendó libros, nos habló de escritores, de músicos, de películas, de discos, nos llevó a restaurantes nuevos, a bares, nos compró chucherías, discutimos con él y, aunque no tuviera razón, siempre consiguió que pensáramos las cosas desde otro punto de vista, nos hizo sentirnos importantes y demostró que casi todo puede ser tema literario si se hace bien y con honestidad, defendió la libertad, atacó ferozmente el fanatismo religioso, nos contó chistes, se emborrachó, nos llamó para felicitarnos por nuestro cumpleaños y se alegraba con todo lo bueno que nos pasaba. Poco después de su muerte, Ignacio Martínez de Pisón dijo que hacían falta varias vidas para tratar de cubrir el hueco de Félix, y bromeamos con repartirnos sus tareas y lo que hacía por nosotros: uno sería el animador, otro el que cantaría cumpleaños feliz, otro el que daría golpes en la mesa. Yo me pedí su vehemencia. Es verdad que Félix nos hizo mejores, y es verdad que sin él nuestro mundo se ve reducido. Y es verdad que hay que hacer un esfuerzo para que eso no sea así. Ser entre todos Félix.

Jonás Trueba cierra su película Todas las canciones hablan de mí con una frase de Félix Romeo: “Quiero estar aquí y ahora, ni cinco minutos antes ni cinco minutos después”. Una de las cosas que aprendí de Félix es que el estado de ánimo tiene mucho de voluntad, de trabajo y de esfuerzo. Él lo hacía para combatir la melancolía que a veces lo inundaba. Félix Romeo era un auténtico defensor del placer y de la alegría, y para demostrar que no se equivocaba tenemos que besarnos, bailar, cantar, disfrutar de todo, aprovechar las oportunidades que nos brinda la vida, escribir libros, pintar cuadros y hacer películas, canciones y discos y recomendarlas, y, sobre todo, ser todo lo felices que podamos. Ese será nuestro homenaje.

*Texto de la presentación en Madrid de Noche de los enamorados, la novela póstuma de Félix Romeo.

Los años oscuros de París

Los años oscuros de París

Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945) es uno de los mejores novelistas que ha dado Francia desde finales del siglo XX; es ya el escritor más importante de su generación y su nombre empieza a aparecer en las tradicionales quinielas para el Nobel. Anagrama reúne ahora en un mismo volumen las tres primeras novelas de Modiano, lo que la crítica francesa Carine Duvillé llamó ‘Trilogía de la Ocupación’ y que contiene ‘El lugar de la estrella’ (1968), ‘La ronda nocturna’ (1969) y ‘Los paseos de circunvalación’ (1972). Además de que las tres investigan y tratan de tirar de los enredados hilos para saber qué pasó durante la ocupación nazi de París, las tres están narradas en primera persona (excepto algunas partes de ‘El lugar de la estrella’) y las tres son casi un tratado sobre el traidor, el cobarde.

‘El lugar de la estrella’ mezcla ensoñación y realidad a través de los delirios de su protagonista y narrador: un judío rico al que vemos en Ginebra, en el norte de Francia, en París; colabora con la Gestapo, denuncia el antisemitismo al mismo tiempo que él engrosa las filas de los antisemitas; malvive de la trata de blancas y tiene un apasionado romance con una aristócrata; le da dinero a su padre justo antes de que vuelva a Nueva York. El título original contiene una ambigüedad, ya que se refiere al mismo tiempo a la plaza de l’Étoile que preside el Arco de Triunfo y al lugar en el que los judíos debían llevar la estrella, cosida en un brazalete, que los marcaba como tales. Quizá esa ambigüedad es la que estructura la novela: tenemos la sensación de no saber nunca dónde estamos, ni de qué lado está el protagonista. El cinismo, la culpa y el sentido de supervivencia aparecen ya en la primera novela de Modiano como los grandes temas.

En ‘La ronda nocturna’ el protagonista frecuenta un grupo de mafiosos, ex prostitutas y gánsteres que ocupan mansiones abandonadas, las saquean y venden lo que encuentran, torturan, golpean y asesinan a los miembros de los grupos de la resistencia. Operan al margen de la ley, pero tienen carnés de policía y ningún escrúpulo ni miramiento. El protagonista, y narrador, colabora con ellos, tal vez por miedo, por necesidad, por servilismo, porque no ha hecho nada por evitarlo; por proteger a dos seres monstruosos que le acompañan a lo largo de la novela y que no son del todo reales. Él mismo lo explica: “Vivíamos tiempos excepcionales. Robar y traficar se había convertido en lo más normal. […] Vendíamos todos los objetos de los que nos incautábamos. Curiosa época. Me convirtió en un individuo ‘poco lúcido’. Chivato, saqueador, asesino quizá. Yo no era peor que otro cualquiera. Me dejé llevar por lo que hacían los demás, eso es todo. El mal no me atrae de forma especial”. Acabará siendo un agente doble y deberá elegir, tomar por fin una decisión. Dice: “Por fin me merecería ese calificativo de ‘soplona’ que me encogía el corazón, que me hacía notar un vértigo cada vez que lo oía decir. SOPOLONA. Pese a todo me esforzaba en alargar el plazo explicándoles a mis dos jefes que los miembros de la OCS eran inofensivos. Unos chicos quiméricos. Atiborrados de ideales y nada más. ¿Por qué no dejar que esos simpáticos idiotas siguieran divagando? Padecían una enfermedad: la juventud, de la que se cura uno muy deprisa”.

‘Los paseos de circunvalación’ es quizá la mejor de estas tres novelas: un joven busca a su padre y, para acercarse a él, se mezclará con colaboracionistas que publican nombres y direcciones de judíos en un semanario parisino. Hay orgías, fiestas, ambientes tensos y alcohólicos, un pasado que expurgar y un padre al que recuperar y, tal vez, salvar. “Murraille, Marcheret, Maud Gallas, Sylvaine Quimphe… No es que me haga especial ilusión dar su pedigrí. Tampoco lo hago porque me importe la dimensión novelesca, pues carezco por completo de imaginación. Si me intereso por estos desclasados, estos marginales, es para dar, al pasar por ellos, con la imagen escurridiza de mi padre. No sé casi nada de él. Me lo inventaré.”, dice el narrador, y lo cumple. La novela es también una reflexión sobre la relación entre padre e hijos y el amor incondicional: “A estas penalidades me sometía con la esperanza de establecer algún contacto con usted. Pornógrafo, gigoló, confidente de un alcohólico y de un soplón, ¿hasta dónde iba usted a arrastrarme? ¿Iba a tener que bucear aún más hondo para sacarlo de la cloaca en que estaba?”. Y habla también de cómo reconstruir el pasado: “De lo que fue su vida, sólo tenemos indicaciones muy vagas, contradictorias con frecuencia, dos o tres puntos de referencia. ¿Piezas de convicción? Un sello de correos y una Legión de Honor falsa. Así que nada más nos queda ya la imaginación. Cierro los ojos”.

En estas tres primeras novelas está ya el gran Modiano, el que años después, en 1997, escribirá ‘Dora Bruder’, una de sus mejores novelas junto a ‘Un pedigrí’ (Anagrama, 2004); el Modiano que investiga, busca y reflexiona sobre el pasado, sobre su origen y sobre la culpa; el Modiano que nos hace mejores con la expurgación de los años más oscuros de París.

*Reseña publicada el pasado jueves 23 de febrero en ‘Artes & Letras’ en Heraldo de Aragón.

Valérie Donzelli

Desde que vi en Filmin ‘La reine des pommes’ (Valérie Donzelli, 2009) esperaba con ansia que se estrenara su segunda película, “Declaración de guerra”, en España. Valérie Donzelli es una de las actrices más populares de Francia y en 2008 hizo su primer corto, ‘Il fait beau dans la plus belle du monde’, donde además interpreta al personaje que luego desarrolla en ‘La reine des pommes’, una película audaz, fresca, con humor, canciones, coreografías que toma como punto de partida una ruptura amorosa. Al ver en los créditos que ella misma era la directora y protagonista, autora de las canciones, que había escrito el guión con Jérémie Elkaïm, también actor, me declaré absolutamente fan de Donzelli.

La película se estrenó el viernes 10 de febrero y, por supuesto, fui a verla a la primera sesión y salí de allí absolutamente fascinada.

‘Declaración de guerra’ es una película maravillosa que se acerca de una manera sorprendente a un tema terrible: a Adán, el hijo de los protagonistas (Romeo y Julieta), le diagnostican un tumor cerebral a los 18 meses, y a través de las visitas a hospitales, médicos y viajes en tren cuenta una historia de amor. Donzelli y  Elkaïm, coautores del guión, se han basado en su experiencia autobiográfica: su hijo Gabriel, al que está dedicada la película, tuvo un tumor cerebral. Entre las muchas virtudes de ‘Declaración de guerra’ está la de que desde el principio muestra que el niño sobrevive, para que la angustia no nos pueda durante la película, como ella misma ha dicho, “para no secuestrar al espectador”. Y eso permite que entre el humor, la diversión, el amor, el sexo, la familia, y reconocernos en la pareja protagonista. Pero también está muy bien narrada, rodada de manera impecable y nunca se regodea en el sufrimiento, y la música es otro recurso más que siempre se utiliza a favor de la historia. Es una película vital, alegre y, sobre todo, uno de los homenajes más bonitos y sinceros que se han hecho nunca al sistema sanitario público.

Me da pena que en Zaragoza no se pueda ver en versión original, que tal vez ya haya desaparecido de la cartelera cuando esta columna se publique y que pase inadvertida. Y eso sería una verdadera lástima porque ‘Declaración de guerra’ es un gran antídoto contra las desgracias y los nubarrones que nos acechan, es un sorbo de felicidad. Y yo cambiaría todos los trofeos del deporte español por un cuarto de Valérie Donzelli y, en los instintos más primarios, cambiaría el brazo bueno de Nadal por la sonrisa de Elkaïm sin pensármelo dos veces.

*Esta columna se publicó ayer en el suplemento dominical ‘Heraldo Domingo’ de Heraldo de Aragón.