Jul-08 18

Último ensayo

Héctor Sangüesa era de Zaragoza y dirigía una compañía de teatro en Utebo, que tenía un teatro en el que Producciones del Astrolabio, la compañía de Héctor, estrenaba todos sus espectáculos. Cuando la chica de producción me llamó para ofrecerme un papel no imaginé que era para hacer de anciano. Me contó que estaban preparando una adaptación de Las mil y una noches y que Eva haría de Sherezade y Darío, de Simbad; habría además otros dos animadores y yo. “¿Qué es exactamente lo que tengo que hacer?”, pregunté. “Tú serás el narrador, el que cuenta la historia de Sherezade mucho tiempo después”. “¿Algo así como un Homero versión persa?”, dije. “Más o menos”, dijo ella y yo sospechaba que no había entendido nada. Me llamaban sólo para el estreno en Lisboa, Portugal, porque la chica titular no podía ir. En realidad yo formaría parte del equipo B. “Es una oportunidad para ti”, me había dicho la chica de producción para convencerme, “Héctor ha querido contar contigo y eso está muy bien, aunque sea para una sustitución en un infantil”. Era la primera vez que trabajaba en serio para una compañía de verdad: con ensayos pagados, bolos, pruebas de vestuario, seguridad social, cotizaciones y todo eso, así que acepté, claro.

Era el último ensayo y teníamos prueba de vestuario. Normalmente Héctor ponía mucho empeño en humillarnos cuando nos equivocábamos, pero esa tarde estaba como pensando en otra cosa y apenas nos interrumpía. Ensayar un espectáculo en el que lo más importante es la reacción del público, sin público me parecía perder el tiempo. Por eso hacía chistes y me ganaba reprimendas de Sangüesa. La chica de producción entró con unas bolsas de plástico colgadas en perchas cuando habíamos acabado el primer pase. Los trajes iban dentro. El vestuario de Eva era de tul con unos bombachos de tela de forro. Todo de color violeta. Darío llevaba unos bombachos y una camisola. Los animadores llevaban unos bombachos color crema y unos chalecos de imitación de cuero. Estaba deseando ver a Ángel con el chaleco puesto. Sacó mi vestuario: una larga túnica beige abierta en los laterales y unos bombachos verde botella; después me enseñó el turbante, coronado en el centro con una perla que seguramente habrían comprado en los chinos. Al turbante iba pegada una peluca grisácea, que, por supuesto, tenía una barba y un bigote a juego. Uno de los actores veteranos de la compañía me explicó cómo se pegaba la barba: primero se extendía el pegamento -mastic lo llamaba él- con un pincel.

-Primero lo extiendes, así, vale, muy bien –decía el actor veterano-. Ahora pasa los dedos por encima dando como golpecitos, ¿ves? Eso es –sólo era pegamento, no podía ser tan difícil, pensaba yo-. En cuanto notes que los dedos se te quedan pegados, es que ya está listo. Te tienes que dar prisa porque si tardas demasiado, el mastic se secará y tendrás que empezar de nuevo.

Sujeté la barba por los lazos que salían de los extremos y la coloqué justo debajo de mi labio inferior y la presioné contra mi barbilla. El actor veterano cogió los lazos y me los ató en la cabeza. Yo llevaba el pelo largo y tuve que hacerme una coleta y luego chafarla en un moño para que no se viera el bulto por debajo de la peluca.

-Una cosa más –era el actor veterano-, no cierres inmediatamente el bote o se quedará pegado.

Con todo mi vestuario y atrezzo colocado entré en la sala de ensayos. La carcajada fue general. Ahí estaba yo, junto al libro que habían construido -cuyas hojas de aglomerado estaban recién pintadas- que era aproximadamente el doble de alto que yo y que pesaba lo suficiente como para aplastarme si se me caía encima.

-Pareces el padre de Yasmin, de Aladino –me dijo Darío.

-No –dijo Eva-, pareces el llavero del libro –yo también estallé en carcajadas en ese momento. El pegamento de la barba me tiraba en la cara y tenía la sensación de que la barba se iba a caer en cualquier momento.

-No me hagas reír, que se me despega la barba –le dije a Eva.

Eva y Darío estudiaban Filología Hispánica, como yo. Conocí primero a Darío y él me presentó a Eva. Eva había sido novia del actor veterano de la compañía y Sangüesa la había fichado, entre otras cosas, por lo bien que cantaba. Ella solía bromear diciendo que la contrataban porque era alta y yo no entendí la broma hasta el día en que trajeron la escenografía para que aprendiéramos a montarla. Darío era el actor fetiche de Sangüesa, los dos creían que el otro era un genio y les iba bastante bien así. Darío y yo habíamos sido muy amigos hasta que un día, en que me invitó a quedarme a dormir en su casa, me intentó meter mano. “¿No eras gay?”, le pregunté yo. Entonces él dijo –mientras me apartaba el pelo de la cara- que lo que a él le interesaba era la belleza, independientemente del sexo, y que, además, nunca había conseguido ser penetrado, a pesar de sus esfuerzos. Me fui. Desde entonces nuestra relación se había enfriado un poco. No hablábamos del tema pero siempre que podía, Darío se burlaba de mi “mojigatería” en público. Yo me hacía una ligera idea de cómo interpretaba Darío lo que había pasado. La mejor herencia de mi relación con Darío era Eva.

-¿Puedes hablar? –me preguntó Sangüesa.

Para hacer de anciano tenía que poner la voz grave y, además, añadir un acento presuntamente persa. Supongo que la estampa era ridícula y, sobre todo, que ni la barba ni la impostación de la voz ocultaban que era una chica de veinte años. Todo mi texto estaba en verso y rimado. En realidad eran ripios que aún no he podido olvidar pero que me costaba mucho decir. Se parecían más a trabalenguas que a versos de rapsoda. Puse la voz grave y aunque el pegamento me tiraba dije el principio de mi parlamento.

-Tengo la sensación de que se me va a caer, pero supongo que es sólo la sensación –dije, respondiendo a Sangüesa.

El espectáculo pretendía entrar en las campañas de fomento a la lectura al contar la historia de una chica que salva su vida gracias a los cuentos que conoce. Sospecho que Sangüesa no había leído Las mil y una noches. Cada dos o tres parlamentos se introducía una canción. Las letras eran algo mejores que mis versos y Eva cantaba muy bien. Había canciones pseudorientales, un ska, melodías pop, una canción popular transformada y un himno final en el que enseñábamos una especie de danza de los siete velos al público.

Además de Eva y Luis, había otros dos actores en el espectáculo: Ángel, que era muy guapo y llevaba tatuado en el tobillo lo que él llamaba “el símbolo del viajero”, y Héctor Lomas, al que todos llamaban por el apellido para no confundirlo con Sangüesa. Como ensayábamos todo el día, comíamos en un bar que había cerca de la sala de ensayos de Producciones del Astrolabio. Darío siempre estaba muy a favor de todo lo que decía o proponía Sangüesa y Lomas, siempre en contra. Ángel nos hablaba de sus viajes por Europa y de sus trabajos: vivió en París y fue alumno de Lecoq, había estado en Londres y había sido modelo de pasarela en Milán; dejó la pasarela y volvió a Zaragoza y empezó a trabajar en un bar de copas australiano mientras esperaba que le saliera algo. Ángel tenía moto y a mí siempre me han gustado los chicos con moto.

-Vamos a hacer un pase –dijo Sangüesa- A ver si lo hacemos de tirón.

-¿Con la barba? –pregunté yo.

-Ya que la llevas –concluyó Sangüesa.

Sangüesa discutía con Lomas casi todo el tiempo, porque Lomas decía lo que pensaba y Sangüesa no le caía demasiado bien. Además Lomas era el que más experiencia tenía en espectáculos de animación infantil y el que estábamos preparando le parecía una mierda. Me lo dijo uno de los días que volvíamos a Zaragoza en el autobús de Utebo. “No le veo el sentido a todo esto” dijo, para ser más exactos, “Le falta movimiento, le falta acción. Los críos necesitan moverse, correr… No sé”. Supongo que tenía razón, aunque yo no lo sabía.

Lomas no tenía ningún problema en decírselo a Sangüesa, que intentaba ponerlo en ridículo siempre que podía.

-Vamos a ver, Lomas –dijo Sangüesa interrumpiendo el pase-, en general, si el texto está bien escrito, una frase equivale a una idea –decía Sangüesa sentado en su butaca, sin saber que este no era el caso-. Una frase, una idea. Si intentas hacerlo todo a la vez, lo que pasa es que no se entiende nada, te aturullas y sólo nos llega confusión.

El guión del espectáculo ocupaba unos veinte folios, porque incluía también la letra de las canciones, en los que no había ni acentos ni comas. Sangüesa no creía que la puntuación influyera en el significado.

-Simbad, yo creo que estos chicos –dijo Lomas dirigiéndose a un público invisible- podrían ayudarnos si les enseñamos el saludo de los marineros -Lomas repitió su parlamento de nuevo, intentando hacer caso a las indicaciones de Sangüesa.

-Por ahí va mejor –le felicitó Sangüesa.

El número de actores estaba limitado por el número de plazas de la furgoneta azul celeste en la que se leía en letras blancas Producciones del Astrolabio: seis. Al principio no sabíamos quién iría a Lisboa, si Lomas o Ángel, o los dos. Yo quería que vinieran los dos. Pero si tenía que elegir, prefería que fuera Ángel porque pensaba que si Lomas y Sangüesa viajaban doce horas en una furgoneta, alguno de los dos acabaría muerto. Y porque esperaba que, si Ángel venía a Lisboa, acabaríamos besándonos en la playa, o quedándonos solos por la noche, bebidos, en algún bar y me besaría repentinamente en el ascensor para romper la tensión sexual no resuelta en su habitación. Me alegré mucho de que Ángel no estuviera esa tarde en la que yo llevaba una barba pegada en la cara: se había ido antes de que me enseñaran a ponérmela. No se había probado su vestuario pero vendría a Lisboa con los demás. También de las dimensiones de la furgoneta dependía el tamaño de la escenografía. Habían mandado construir, además del libro gigante, una cama, también gigante, en la que Sherezade contaba sus historias. La cama iba dentro de una estructura de la que colgaban telas de tul. Además se sacaban muñecos de aglomerado, que movían los animadores, y una cueva que acompañaban el relato de Alí Baba y los cuarenta ladrones. No faltaba ni uno de los ladrones. Por supuesto había una barca para Simbad y los animadores movían unas telas azules que hacían de mar. Al parecer, para que todo eso entrara en la furgoneta había que seguir escrupulosamente un orden concreto, era como jugar al tetris pero con piezas de verdad y pesadas. El pase había acabado. Íbamos a ponernos a cargar la furgoneta y Sangüesa recibió una llamada.

-Va a ir –dijo Sangüesa, y yo no sabía de qué hablaba.

-¿Hoy? –preguntó Darío y Sangüesa movió la cabeza-. ¡Es genial!

Me costó un par de segundos entender de qué hablaban: Producciones del Astrolabio había estrenado esa semana su último espectáculo de sala –lo llamaban así para no confundirlo con los de animación- en Zaragoza. El que iba a ir era el crítico de teatro de un periódico. No nos había dado tiempo ni de abrir la furgoneta. De pronto todo se había congelado, como si el tiempo se hubiera detenido porque un crítico de teatro iba a ver la función de esa tarde. En realidad, nosotros estábamos esperando que alguien nos dijera en qué orden se metían todas esas tablas, altavoces, vestuario y todo lo demás en la furgoneta.

-Vamos a parar un rato –preguntó Sangüesa.

-Como quieras –dijo Darío.

-Nosotros podemos cargar la furgoneta mientras –dije yo, ingenuamente.

-Hombre –dijo Sangüesa-, también podéis venir al teatro. La función no dura más de hora y cuarto. A las once estamos aquí. Nos da tiempo de hacer otro pase y cargar la furgoneta.

-¿Me quito la barba? –pregunté yo y salí hacia el baño cuando Sangüesa asintió. Me miré en el espejo y tiré de la barba hasta arrancarla. Me escoció un poco. Tenía la cara llena de restos de pegamento que sólo se iban con alcohol, según me dijo el actor veterano. Eché alcohol en un algodón y me froté la barbilla con él. Eso escocía más.

-Yo ya he visto el espectáculo–dijo Lomas cuando volví con mi ropa y sin barba.

Todos lo habíamos visto el día del estreno y le habíamos dado la enhorabuena a Sangüesa y a los actores, aunque yo no había entendido bien de qué iba. Era una dramatización de algunas de las fábulas de Monterroso y a pesar de que los actores estaban muy bien no se sabía qué te querían contar. El espectáculo empezaba con una proyección de la cara de uno de los actores.

-Hoy es un mal día para que vaya el crítico, es jueves. La gente no va al teatro los jueves. La sala estará vacía, nadie se reirá y eso puede influir en la opinión del crítico –era Sangüesa quien hablaba y aunque intentaba convencernos para que fuéramos con él al teatro, era como si hablara para sí mismo, diciéndose que no era una locura sacarnos de un ensayo para que hiciéramos de claque, aunque faltaran dos días para el estreno.

-Bueno, ¿vamos? –dijo, por fin Sangüesa. No era una pregunta, era una afirmación porque ya había empezado a andar hacia su coche-. Por supuesto, estáis invitados -añadió mientras abría el coche.

A la una de la mañana seguíamos en el bar más cercano al teatro. Sangüesa hablaba para Darío, los actores y otra gente cercana a la compañía. Todos le miraban como si estuvieran oyendo hablar a Peter Brook.

-“No me ha emocionado” ha dicho el tipo –decía Sangüesa-. ¡Y yo qué culpa tengo si ese tío sabe de teatro lo que yo de cambiar bujías! –el coro de Sangüesa estalló en risas.

Eva, Lomas y yo estábamos un poco apartados. Había dejado de importarnos si al crítico le había gustado o no la función, si había más o menos público o si la gente estaba entregada. Sólo pensábamos en la carga que nos esperaba en una nave de Utebo. Eva no se atrevía a decir nada porque en la compañía no estaba demasiado bien vista desde la ruptura con el actor veterano. Lomas agitaba la cabeza y de vez en cuando decía “Esto es alucinante” o “Yo no pienso pagar esto”, refiriéndose al bocadillo y a la cocacola que habíamos tomado. Yo sólo pensaba que era muy tarde y que lo último que quería era una pelea entre Lomas y Sangüesa que cada vez era más probable. Así que le hice un gesto a Darío y él asintió con la cabeza.

-Héctor, no quiero romper este momento, pero, ¿te acuerdas de que mañana nos vamos a Lisboa y hay que cargar una furgoneta?

Mi señal había surtido efecto: Sangüesa reaccionó y se despidió de todos, luego nos miró y nos dijo “nos vamos”. De camino a la nave, en el coche de Sangüesa, me quedé dormida con la cabeza apoyada en el huesudo hombro de Lomas, mientras en la parte delantera Sangüesa y Darío analizaban los grandes males del teatro aragonés, cuya única solución eran ellos, por supuesto. Me desperté sobresaltada, como sorprendida de haberme quedado dormida en un trayecto tan corto. Darío encendió las luces de la nave.

-¿Vamos a hacer un pase? –preguntó Darío y yo suspiré por que la respuesta fuera no.

-Sí –dijo Sangüesa y ante nuestras caras de asombro y mi bostezo, rectificó-. Aunque sólo sea por encima.

Hicimos un pase de texto, a la italiana, y nos saltamos las canciones. No hubo interrupciones. Lomas tenía mucho más aguante de lo que yo creía y Sangüesa era más humano de lo que parecía. Todos estábamos cansados y teníamos sueño. Sólo Darío sabía cómo había que cargar la furgoneta y le encantaba mandar.

-Llevas una mancha negra aquí –me dijo Eva señalándome la barbilla.

-Será el puto mastic –dije yo antes de oír cómo se cerraba la puerta de la furgoneta. Habíamos acabado. Me puse la chaqueta y me colgué el bolso. Salí a la calle a fumarme un cigarro antes de que Sangüesa se ofreciera a llevarnos a casa. Al día siguiente nos íbamos a Lisboa y aún no me había preparado la maleta.

 

*Este cuento aparece en la antología Narradores I que ha preparado el Centro del libro de Aragón.

Jul-08 10

Sergio Algora

            La primera vez que oí su nombre, yo era una adolescente y él iba a publicar en la editorial que entonces dirigía mi padre. Mucho tiempo después me hice camarera y él mi jefe. El mejor jefe del mundo. Un año y unos meses después ha muerto. Durante todo ese tiempo nos hemos cruzado relatos, anécdotas, secretos y complicidades. Pienso en todos los libros que no me descubrirá. En todas las canciones que no pondrá. Echo de menos los libros que no publicará y las canciones que no grabará. Pienso en los libros que no leerá y le hubiera gustado leer. Y lo echo de menos. Pero sobre todo pienso en su risa y en la cantidad de veces que le vi reírse, todas las veces que me hizo reír y las que yo le hice reír a él. Pienso en su generosidad. Y en cómo su felicidad dependía de la de los que le rodeaban. En que quería que todos estuviéramos bien. En su sentido del humor. En su manera de ver el mundo y de tomarse la vida y estoy segura de que nos ha contagiado algo a todos. Él solía bromear: Sergio Algora ha muerto. Champán para todos. Esta vez va en serio.

Jun-08 16

Nouvelles

flyer.jpg

Hoy, por fin, se presenta el libro de relatos del Real Zaragoza, a las 19:30 en el Palacio de Sástago. Y a las 20, en la carpa de la Feria del libro, Narradores I.

*El diseño de la invitación es de David Barreiros.

Jun-08 12

Oxímoron

realidadvsficcion.jpg

No es un montaje.

Jun-08 12

Llaves

            Después de cargar las cámaras, dediqué un rato de la tarde del domingo a pensar en Cabaret Jarflin. Luego me senté encima de las cámaras, como acostumbro, y me puse a leer las memorias de Sylvia Beach. Una pareja pasaba con muebles empaquetados y cajas y volvía a pasar con las manos vacías. Se mudaban. El chico, de rojo, pasó otra vez. Pero se quedó a mitad, frente a la tapia, mirando. Luego pasó y volvió de nuevo a la tapia haciendo aspavientos. Decidí salir a preguntar si estaban bien, si necesitaban ayuda. Sé que no es como salvarle la vida a un niño en la puerta del bar, como hizo Barreiros; los superhéroes de barrio son pocos, pero me gusta hacer el bien. Se les habían caído las llaves al otro lado de la tapia. Saltad y ya está, les dije. Sí, sí, eso era lo que iban a hacer. Saqué una banqueta del bar y el chico saltó al otro lado. Entonces la chica se lamentó –Ay, cariño, qué cosas te hago hacer, dijo- y me confesó que ella le había lanzado las llaves y, sin querer, las había tirado al otro lado. Estaba avergonzada. Yo, para tranquilizarla, le conté que yo tiré el único juego de llaves por el viaducto en Teruel. No la tranquilicé nada, ni siquiera supo de qué le estaba hablando. Cogí la banqueta y entré en el bar. En mi caso, que Barreiros bajara a por las llaves y las encontrara fue como si hubiera matado al dragón. Sólo que yo también intenté bajar, sin conseguirlo, y me quedé colgada del viaducto mientras él buscaba hasta que el miedo al ridículo me ayudó a subir. Llamé a Barreiros para contarle que no era la única que jugaba a tirar las llaves mientras la pareja hacía el último viaje de la mudanza.

Jun-08 12

Churros

            El sábado vino mi amigo el rubio, que vive en Madrid y siempre que viene a Zaragoza se pasa por el Bacharach. Lo que iba a ser una más en la Magnética acabó a las siete de la mañana después de comer unos churros con chocolate. Nos íbamos ya para casa y, a la altura de la plaza Aragón, mi amigo confesó que se comería unos churros al lado de mi casa. Por el camino hablamos de que viene en julio a actuar a Zaragoza con su compañía con Cartas de amor a Stalin –que él llamaba Stalin pero le sugerí que lo llamara Cartas-. Como la churrería que hay frente a mi casa estaba cerrada le llevé a otra que hay una calle más arriba, que abre antes y que se caracteriza por la antipatía de los dueños. Después de sufrir en nuestras propias carnes la humillación de los dueños –nosotros ya sabemos que  somos rubios, le dije a mi amigo- nos sentamos en una mesa con los churros.

            Estábamos esperando en la parada del bus y mi amigo el rubio decidió que si venía un taxi lo cogía. Paré un taxi y nos despedimos. Abrió la puerta del coche y justo antes de subir me pidió que le diera recuerdos a Barreiros. Mientras subía las escaleras pensaba cómo convertiría el posible reproche de Barreiros, si se daba, en mala conciencia en un hábil ejercicio de manipulación que aprendí de mi amiga Lucía. Me llega un mensaje de mi amigo el rubio: por lo visto, en cuanto entró, el taxista le preguntó si ese Barreiros, se llamaba David, porque en ese caso, era su primo.

 

Jun-08 3

Vincent Delerm & Jean Rochefort

Este es más adecuado, por el atrezzo.

Jun-08 3

Vincent Delerm

Para Ana.

Jun-08 2

La beca que no solicité

protocolo2513-907176.jpg

            Después de acabar la carrera y los cursos de dotorado seguía sin saber qué hacer con mi vida. Un amigo me habló de las FPI –becas de formación investigador-. Fui al despacho de Aurora Egido porque era la profesora que más me gustaba y porque coordinaba uno de los proyectos de investigación que entraban en el programa de las becas. Me dijo que el proyecto se llamaba Baltasar Gracián y que las investigaciones tenían que ir en esa línea y que, fundamentalmente, había tres opciones: Baltasar Gracián, poetas aragoneses del s. XVII –porque el teatro no daba mucho de sí- o una edición crítica de El héroe que estaba por hacer. Le di las gracias y me despedí. Salí de su despacho pensando que a lo mejor era divertido hacer una edición crítica y aprender a leer manuscritos y a cotejarlos; pero tampoco me apasionaba.

Ese sábado recibí una llamada: era ella, el plazo para solicitar las becas acababa en unos días, así que si estaba interesada, teníamos que darnos prisa. Me citó en su despacho esa mañana y yo me sorprendí de que estuviera trabajando un sábado. Estaba en Garrapinillos y mi madre se ofreció a llevarme en coche.

La profesora había preparado un guión del proyecto: eran tres folios escritos a mano llenos de nombres de poetas aragoneses del s. XVII y de referencias bibliográficas que yo no había oído jamás. No sabía a que me comprometía la beca. A cuatro años de trabajo de investigación en el departamento, me dijo ella. De pronto me vi en el borde de un precipicio. Le dije que no lo tenía muy claro y me veía a mí misma escondida tras una montaña de manuscritos en el sótano de la facultad –donde están los becarios- con gafas y el pelo revuelto. Ella dijo que podía pensármelo y solicitarla al año siguiente, siempre y cuando el puesto siguiera vacante. Era algo que había que pensar muy bien, me dijo. A veces, los temas de tesis parecen aburridos, pero hay que confiar en el tutor. Me contó que su tema de tesis no le gustó nada en principio, pero luego siempre ha agradecido a Blecua haber trabajado sobre eso porque le enseñó una metodología y una manera de aprender a trabajar. Le di las gracias por el interés y le pedí disculpas por el tiempo robado. Ella dijo que estaba para eso. Salí de allí sin creerme del todo lo que acaba de hacer. No solicité la beca y el puesto quedó vacío.

Mis padres me preguntan de vez en cuando si me arrepiento o me preguntan, para tomarme el pelo, qué pensaría Aurora Egido si un día entrase en el Bacharach y me encontrase detrás de la barra. Seguramente no me reconocería, pienso. Tendría una nómina y catorce pagas al año, pero sería infeliz, les digo yo. Además, no habría conocido a Sergio y Maribel, ni a Almudena y habría tenido mucho menos tiempo para vivir. Y, sobre todo, le digo a mi madre, nunca habría empezado la operación Cupido y, por eso, merece la pena renunciar a una beca.

May-08 30

Los chicos del bar

        Los rumberos vienen todos los fines de semana al bar. Pero ayer fue el primer jueves que coincidimos. No esperaba verlos y me sorprendí cuando, al dejar unas cañas en la barra, los vi. Creo que hasta me puse un poco roja. No hablamos más de lo necesario. Sospechaba que se habían dado cuenta de mi sobrecogimiento al verlos y me daba un poco de vergüenza. Se fueron al final de la noche. Sin despedirse.

Mientras cerrábamos, me tomé un vino blanco. Luego, de camino a casa, pensé que a lo mejor me gustaban un poco y por eso me ponía nerviosa. Barreiros estaba dormido en el sofá. Lo desperté y me preguntó por qué llegaba tan tarde. Porque trabajo en un bar de copas, respondí. Lo llevé a la cama. Se tumbó y lo arropé. Empezó a hacer ruidos raros. Le pregunté si estaba llorando. Son sólo mocos, me dijo. Adopté la clásica posición fetal y, al hundir mi mano en su pelo, me olvidé de los chicos del bar.

Entradas siguientes »