Jun-09 8

12 horas

untitled-1.jpg 12 horas con mi padre. 

May-09 23

Urgencias

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Llevo conviviendo con mi quiste pilonidal casi diez años. Apareció por primera vez en 4º de la ESO, o quizá en 1º de Bachillerato. Me acuerdo porque mi madre, después de una consulta telefónica en la que medió mi padre, me firmó un papel en el que decía que no podía hacer Educación Física, y me acuerdo porque la profesora de gimnasia daba mucho miedo. Era pequeña y morena, llevaba el pelo corto y tenía muy mal genio. Corrían todo tipo de leyendas sobre ella en el instituto: que dejaba a la gente encerrada en los vestuarios, que metía en la ducha a los que no se cambiaban de camiseta. En la presentación de la asignatura, nada más entrar en clase, apuntó su nombre en la pizarra, como en las películas americanas, y nos dijo –muy en serio- “que Dios os coja confesadicos, porque soy el peor bicho con el que os podíais haber cruzado en el instituto”. Por supuesto, circulaban rumores que afirmaban que era lesbiana; alguien conocía a alguien que la había visto de la mano con otra profesora de la misma asignatura de otro instituto. A mí me recordaba a la teniente O’Neil y me daba igual con quién se acostara. Le entregué el papel, me temblaban las manos, y pensé que me iba a tener toda la clase haciendo abdominales y yo no me podía tumbar bocabajo; pensé que me iba a decir que no entendía la letra de mi madre, así que le dije “si quieres te lo enseño”. Me dijo que no era necesario. Me pasé la clase sentada sobre el muslo izquierdo.

Después de ese episodio, el quiste iba y venía. Y como mi ginecólogo me dijo que lo todo lo que es cíclico es bueno, no me preocupé. Hasta que el quiste creció tanto que empecé a sospechar que estaba a punto de salirme rabo. Mi madre me dijo, para tranquilizarme, que lo que me pasaba era algo muy común entre hombres peludos. Luego le enseñé mi conato de rabo y me dijo que lo mejor era que fuéramos a urgencias. Me daba miedo. Intenté evitarlo. Tomé antibióticos. El quiste seguía creciendo y mi madre intentaba asustarme para que me decidiera. Si te vas de viaje, me decía, llévate clínex o gasas, porque eso se te puede reventar en cualquier momento. Finalmente fui al médico. Nunca había estado en mi médico de cabecera, que todavía es el de Garrapinillos. Mi padre me dejó en la puerta y me dijo que me esperaba en el bar, leyendo el periódico. Se lo agradecí. Me llamaron. Entré en la consulta. Además de la médico, había un chico muy alto y con coleta. Y yo pensé que justo el día en el que yo voy al médico para que me mire algo típico de hombres peludos hay un chico de prácticas. Me tumbé en la camilla y me bajé los pantalones. Apenas lo tocó. Me dijo que fuera a urgencias, que allí me lo abrirían. Le hice prometer que no me haría daño. Qué va, me dijo, sentirás alivio. Mentía.

Fui a urgencias con mi madre. En admisión la chica me preguntó si tenía historia y yo, que me pierde el gag, le respondí que mucha. Luego me dio la pulsera y me acordé de mi amiga Almudena. Pasé a una sala donde una enfermera me preguntó lo que me pasaba, me mandó a cirugía y me puso la pulsera.

Normalmente las salas de espera de los hospitales me ponen triste y melancólica. Sólo hay enfermos. Y me recuerdan las horas que pasé en la sala de espera del Hospital Infantil. Había dos consultas de cirugía menor. Las enfermeras entraban y salían. Iban llamando a los pacientes y se los llevaban a otros sitios. Fui al baño dos veces. Había una chica, bastante joven, que venía con una doble reacción alérgica: algo le había dado alergia y le habían pinchado un urbasón, al que también era alérgica. La chica se parecía a Emily the strange. Un tipo, que tenía una costila rota, permanecía de pie y se agarraba el costado. También había un chaval, apenas mayor de edad, con una gorra y tatuajes. Llevaba el sillín de la bici en una mochila. Se sentó a mi lado y me preguntó si en los hospitales había cámaras de seguridad. Deshizo un cigarrillo y sacó un papel de liar. Luego sacó la china. Le pregunté si se iba a hacer un porro. Hombre, no; me dijo, lo que en aragonés significa por supuesto. Le dije que iba a oler mucho y él me preguntó si quería. Una señora se escandalizó. El chaval le dijo que saldría a la calle a fumárselo. Al tipo de la costilla rota le dio un ataque de risa y se agarraba con fuerza. El chico me dijo que cuando vinieran los médicos, dijera agua; ésa era la señal de peligro. El chaval saludó a un tipo que pasaba con su familia detrás del cristal. Le dije que era la segunda vez que pasaba y que se había reído al verlo. ¿Lo conoces?, pregunté ingenua. Claro, me dijo él, se lo he comprado a él. El olor de la china quemada empezaba a extenderse por la sala y todos nos reíamos como adolescentes a la salida del instituto. Entonces me llamaron. El chaval se levantó y fue a la calle con el porro en la mano.

A pesar de la anestesia local, me dolió mucho. Mientras me abría el quiste con el bisturí, gritaba y el médico, que le había dado clase a mi madre, sólo repetía “ya lo sé, reina”. Tumbada bocabajo en la camilla, con un foco quirúrgico encima de mi culo, pensé que al menos no era una fístula anal.

Cuando salí a la sala de espera con un plástico y un montón de gasas en la rabadilla, el chico de la gorra no estaba.

Apr-09 17

Intermedios

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“Normalmente se quedaba impresionada, pero le aburría. Le gustaba todo del teatro menos las obras. Su parte favorita era el intermedio, el momento de la bebida, los pitillos y el aire. Le doy la razón. He visto muchos espectáculos malos, pero algunos tuvieron unos intermedios fantásticos. El propio Henry se dormía irremisiblemente a los quince minutos de cualquier obra, en particular si la dirigía algún amigo suyo, y apoyaba aquella cabeza peluda en tu hombro mientras te gorgoteaba suavemente al oído como un arroyo contaminado.”

  De Algo que contarte, Hanif Kureishi.

La imagen la he tomado de aquí. 

Apr-09 9

El meteorito

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Estoy a un capítulo de cerrar la novela y terminar el primer borrador.

Mientras decido cómo llegar al final, me pregunto si no debería avisar a la comisión pedagógica de que realmente no quiero ir a un pueblo de mil habitantes de Iowa, por muy acogedores que sean. Si tal vez, debería mentir sobre los motivos de mi renuncia: mi insuficiente nivel de inglés, que por otro lado, es cierto, y que prefiero esperar un año para optar a una plaza mejor. A un estado mejor. Aunque estoy segura de que Barreiros estaría guapísimo con un peto vaquero, un sombrero y un trozo de hierba en la boca.

Mi final no va a ser tan impactante como lo del meteorito.

Mar-09 14

Amélie Nothomb: la amante atípica

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Amélie Nothomb (1967) es hija de diplómatico, nació en Kobe, Japón, y se trasladó a Pekín a los cinco años. Vivió en Nueva York, Laos, Birmania, Bangladesh y la India antes de instalarse con su familia en Bruselas a los 17 años, como relató en ‘Biografía del hambre’ (Anagrama, 2006), una novela que, sobre todo, destapa el inicio de su vocación literaria. Amélie Nothomb escribe cuatro horas al día, de cuatro de la mañana a ocho, y le da tiempo a terminar tres novelas al año, de las que sólo publica una. Escribe por necesidad, según ella misma ha afirmado. Amélie Nothomb alterna ficciones -como la novela que publicó en la ‘rentrée’ francesa, ‘Le fait du prince’ (Albin Michel, 2008)- con el relato autobiográfico. Nothomb, cuyos libros se esperan en Francia como la llegada del nuevo ‘beaujolais’, ha sido adaptada al cine por François Ruggieri (‘Hygiène de l’asasin’, 1999) y por Alain Corneau (‘Stupeur et tremblements, 2003); y también se ha llevado al teatro su ‘Cosmética del enemigo’ (Anagrama, 2003).

En ‘Ni de Adán ni de Eva’ (Anagrama, 2009), Nothomb viaja a Tokio para contar la historia de amor que mantuvo con un japonés, un año menor que ella, hijo de uno de los joyeros más importantes de Tokio. Es la historia de dos amores imposibles: el de Rinri por su profesora y el Amélie por Japón. O un triángulo amoroso cuyos vértices son Amélie, Rinri y Japón. Y es un una educación sentimental. Amélie vuelve a Japón decidida a integrarse en el mundo laboral nipón y a someterse a sus rígidas normas. Mientras estudia japonés, empieza a dar clases de francés. Su alumno, Rinri, se convierte a las pocas semanas en su amante, tras un curioso incidente con una ‘fondue’: “[Rinri] Se arrodilló, tomó una de mis manos y se puso a rasparla con sus propios dientes. […] Nunca una galantería me dejó tan estupefacta”, dice Nothomb. “Cuando el trabajo hubo terminado, contempló minuciosamente el resultado de su rescate y, aliviado, suspiró. Aquel episodio había actuado en él como una catarsis. Me tomó en sus brazos y ya no me dejó”.

Su relación con Rinri, que conduce un deslumbrante Mercedes blanco que le hace parecer de la ‘yacuzza’, le permite aprender japonés y redescubrir el país nipón: “A los cinco años [le cuenta Rinri], como los demás niños, tuve que examinarme para entrar en una de las mejores universidades. A los cinco años ya lo sabía. Pero no lo conseguí.”

Rinri y Amélie tienen cosas en común: ambos están fascinados con la cultura y el idioma del otro, tanto que “Quizás podría considerarse que Rinri y yo, cada uno a su manera, nos habíamos contagiado de la inclinación típica del otro: él jugaba al amor, embriagado por la novedad, y yo me deleitaba de ‘koi’ [gusto]” y los dos tienen una hermana a la que adoran. Les gustan los mismos escritores, van al cine y, sobre todo, comen. Amélie disfruta comiendo y, Rinri, viéndola comer. Cuando descubren que se ha terminado la salsa de ciruelas amargas, imprescindible para preparar el plato preferido de Amélie, van a Hiroshima a por más. Allí, “nada, absolutamente nada, hacía pensar en una ciudad mártir” y en el Parque de la Paz, Rinri lee en voz alta, “de principio a fin, ‘Hiroshima mon amour’”. Un ciclón los mantiene encerrados en casa de Rinri durante un fin de semana, mientras su familia está de viaje. Van al monte Fuji y conocen a sus respectivas hermanas. En la isla de Sado comen pulpo crudo. El padre de Rinri le regala algunas de sus joyas a Amélie; a la madre del joven, en cambio, no termina de gustarle y los abuelos siguen llamándola ‘sensei’.

En ‘Ni de Adán ni de Eva’ reaparecen algunos de los temas de la escritora belga: el placer de la comida, la escritura como necesidad y salvación y, por supuesto, Japón. Nothomb ha dedicado ya tres novelas a sus años nipones y parte de ‘Biografía del hambre’ sucede también allí. Con ‘Estupor y temblores’ –una de sus mejores novelas- ganó el Gran premio de la Academia francesa. ‘Ni de Adán ni de Eva’ tiene mucho que ver con esta última: las dos se sitúan en Tokio y una es continuación de la otra, incluso se solapan en el tiempo; además, Rinri y su Mercedes blanco aparecían fugazmente en ‘Estupor y temblores’ porque su historia de amor empieza un año antes de que ella entre a trabajar en la gran empresa nipona Yumimoto.

Con ‘Ni de Adán ni de Eva’, de la que se ha dicho que es su novela más íntima, Amélie regresa a Japón con el humor y la ironía con que plasmó su terrible año como trabajadora de una compañía japonesa en ‘Estupor y temblores’, pero con más optimismo e inocencia. Nothomb es una de las escritoras francófonas más importantes y parece convencer más cuando habla de su propia vida: resulta más interesante, más sincera y sus historias son mejores. Dice Amélie: “esperaba algo distinto. No sabía de qué se trataba, pero estaba segura de esperarlo”. Se dice de ella que es una escritora atípica y ‘Ni de Adán ni de Eva’ muestra que es también una amante atípica.

 

*Reseña publicada en “Artes y Letras”, suplemento de Heraldo de Aragón.

La imagen la he tomado de aquí. 

Mar-09 6

Chicas

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Mar-09 6

30 minutos con un mito

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Jane Birkin se alojaba en el hotel Romareda. La cita era a las 17.15. Íbamos a entrevistarla y yo era la traductora. Antes de salir de casa busqué “borradores” en el diccionario. Estaba segura de que mi padre le pediría, como a todos los entrevistados, que le dijera, mirando a la cámara, qué le sugería la palabra que da título al programa. Comimos juntos, como todos los martes, y en el taxi perfiló la entrevista: le preguntaríamos por el idioma, por su carrera de actriz, por su último disco, por Gainsbourg, por sus padres y le pediríamos que leyera un poema. Tenía muchas más preguntas.

Mientras esperábamos nuestro turno en el hall, les confesé que sabía dónde estaban los baños porque yo había trabajado de payaso en las comuniones que se celebraban en el hotel. Recordé que nos maquillábamos en una de las salas de reuniones y que una vez, incluso, nos dieron una habitación.

Estábamos a punto de conocer al mito. En el ascensor me puse nerviosa. Subimos las cuatro plantas y me dije que tenía que tratarla de usted todo el tiempo. Hacía mucho calor en la habitación y ella estaba en el baño. Acababa de tomarse un té a instancias de su asistente. Junto a la taza, había una agenda y encima unas gafas. Cuando se abrió la puerta del baño yo esperaba encontrarme con las piernas más largas del mundo y los ojos más inquietantes. Apenas iba maquillada. Llevaba unos vaqueros y se movía con elegancia. Se sentó en el sofá naranja y encendieron los focos. Mi padre llevaba impresos poemas de Boris Vian. Mi hermano se había quedado un poco más atrás. Aceptó encantada leer un poema. Dijo que “El umbral de la inmortalidad” de Vian le resultaba demasiado difícil de leer. Estaba sentada a su lado y casi no me lo podía creer. Le pregunté si prefería leer algo de Gainsbourg y me dijo que eligiéramos nosotros. Mi padre se decidió por “La chanson de Prévert”; “la conozco”, bromeó ella. Me senté frente a ella. Estábamos preparados.

Dijo que se sentía muy afortunada por haber vivido un amor puro e impuro con Gainsbourg; que su madre era la curiosidad y su padre, el rigor; habló del talento interpretativo de sus hijas Lou y Charlotte; dijo que ella no era una gran actriz, que ahora le interesaba más la dirección que la interpretación, dijo que cuando cantaba canciones escritas por ella, sentía que se desnudaba y, cuando le preguntamos cómo vivían desde dentro el mito Gainsbourg-Birkin, respondió “très, très bien”. Hablaba despacio y me miraba. Yo asentía y me reía de sus bromas, hechizada por su encanto. Me olvidé del asistente, del promotor del concierto y de la cámara: era como si en esa habitación no hubiera nadie más. Dijo que había heredado el sentido del humor de su padre y que su madre era la mujer más guapa de Inglaterra y que a ella le decían que no se parecía en nada a ella. No sabía cuánto rato llevábamos en esa habitación, pero hubiera seguido hipnotizada por esa mujer dulce, amable, simpática y curiosa. Antes de hacerle la foto, dijo que era la primera vez que hablaba tanto para una televisión española y nos aconsejó que guardáramos la grabación, “si me muero”, bromeó, “seguro que os la piden”.

Feb-09 20

Si fuera

Cuando íbamos de bolo con la Universidad, jugábamos a Si fuera en el autobús. Es bastante fácil: el que la paga piensa en alguien y los demás tratan de descubrir quién es preguntando qué sería si fuera una película, una canción, un animal o un color. Rafaela Carrá popularizó el juego en su programa de televisión. Era más divertido pensar en uno de los que estábamos en el autobús. Marta siempre era el rojo, El mago de Oz y un osito; Diego, una canción de Chenoa, el azul y un perro. Para mí, Emilie era gris, un gato y Sexo, mentiras y cintas de vídeo. A mí me hubiera gustado ser verde o morado, un gato, Grease o cualquier película de Billy Wilder o Woody Allen y una canción de los Beatles. Casi nunca me elegían a mí. Era una serpiente, el negro, una canción de Dinópolis y una película que no me gustaba. Nadie preguntaba si fuera una novela, pero si qué comida sería. Era muy difícil. En mi caso era agridulce. Me habría gustado ser Atrapado en el tiempo y “Raindrops keep falling on my head”. Me gustaría ser El libro de Rachel o Mi abuelo, Irma la dulce y “Charlotte Carrington”, de Vincent Delerm. Me habría gustado ser el menú infantil y puede que en eso estuviéramos todos de acuerdo. Odiaba ese juego. Me parecía cruel y casi nunca estaba de acuerdo con las respuestas de los demás. Pero el viaje se hacía más corto.

Busco la cita exacta en internet, sin éxito, de El mito de Bourne. Bourne entra en la habitación del malo de la CIA y finge apuntarle con una pistola en la nuca, en realidad es una grabadora. El malo le dice a Bourne algo así como que su pasado le persigue y nunca podrá escapar de él. Luego me acuerdo del chiste de Les Luthiers sobre la historia de una mujer atrapada por su pasado.

Feb-09 13

La memoria del músculo

            Llevo un mes aproximadamente intentando aprender a tocar la guitarra. Siete años después de que mi madre me regalara una. Me sé los acordes mayores y entiendo el concepto. Pero había llegado a un punto muerto: no sabía cuál era el siguiente paso. Mi madre me dijo que podía practicar con la Bamba: la, re, mi. No sé cambiar los dedos lo suficientemente rápido y para reconocer la canción hay que tener memoria e imaginación. Mi profesor de guitarra es mi amigo: yo le ayudo con la fotografía digital y él me pone deberes. Nos conocemos del mundo del teatro. Me dice que confíe en la memoria del músculo, que es como aprender a conducir. Lo de memoria del músculo se lo hemos oído decir a un director de teatro muchas veces, como si hubiera conseguido la cuadratura del círculo –como dice Aurora Egido-, pero vale para todo: andar, masticar, ir en bici, respirar, hablar.

Ayer por la tarde me puse muy contenta porque se me estaban pelando las yemas de los dedos de la mano izquierda y supuse que eso era buena señal.

Feb-09 13

Cuadernos

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Antes de irme de París compré un cargamento de cuadernos en Gilbert Joseph, en el Boulevard de Saint-Michel. Son cuadernos con tapas de cartulina y hojas blancas: sin cuadrículas ni línea, como a mí me gustan. Algunos usan papel reciclado y otros no. Son mucho más baratos que los Moleskine y son sencillos. Cuando vivía allí rellené tres: uno azul, uno verde y uno fucsia de la marca Power flower. Primero escribía los textos a mano y, cuando Barreiros no usaba el ordenador, los picaba y los colgaba en el blog. Al llegar a Zaragoza, compré un portátil y ya no he vuelto a rellenar cuadernos con tanta intensidad como en París. Tengo un montón de cuadernos sin estrenar. He empezado cuentos, capítulos de novela, posts y he tomado notas en alguno de ellos. Sobre todo en uno de tapas moradas, pero creo que está gafado. Cada vez que me atasco con la novela, saco el cuaderno y lo abro por una página en blanco. A veces consigo salir del atasco. Llevo una semana intentando salir de uno y no hay manera. En el cuaderno morado no me sale nada, ni de la novela ni de otra cosa. Me siento frente al ordenador y abro un documento nuevo.

*La imagen la he tomado de este blog.

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