Dec-09 27

Furgonetas

Cuando la Nissan Serena granate de mi padre era demasiado vieja para seguir haciendo viajes de Garrapinillos a Zaragoza, o de Zaragoza a Ejulve, cargada de muebles y personas, nos deshicimos de ella. Mis padres compraron la furgoneta cuando vivíamos en el Maestrazgo, después de que el motor del Seat Ibiza rojo se incendiara espontáneamente unos días después de la última revisión. Habíamos viajado los cuatro hermanos que éramos entonces, mis padres y Pluto, el perro al que tuvimos que sacrificar tiempo después. La Nissan murió de manera menos trágica. Nos había llevado a Galicia en los viajes familiares en verano. La habían abierto una Nochebuena y se habían llevado los regalos que nos había traído Papá Noel en la esquina de la avenida Goya esquina con la calle del Carmen.

Después mis padres cambiaron de coche varias veces: era como si no encontraran el sustituto ideal. Eran demasiado pequeños, se rompían o acababan en el desguace tras un accidente del que mi madre salió ilesa de pura casualidad. Al final se decidieron por un modelo de Peugeot de siete plazas: los cinco hermanos y mis padres. Al principio la llevaba mi padre, tenía que hacer muchas maniobras para meterla en el garaje. Tiene el freno de mano a la izquierda. Una de las pocas veces que la he conducido la dejé cruzada en medio de la carretera, frente al campo de fútbol de Garrapinillos. Uno de los conductores a los que bloqueaba el paso, quitó el freno de mano. Mi hermano iba de copiloto, había girado la cabeza para que no le reconocieran. Ahora la lleva mi madre y dice que le gusta mucho, que es más alta y tiene mejor visibilidad.

Aunque la tenemos hace dos o tres años, creo que nunca habíamos ido los siete juntos en el coche hasta hace unos días. Coincidió con el día de Navidad. Mi hermano mayor y yo habíamos dormido en casa de mis padres esa noche. Mi padre quería ir al cine. Mi hermano pequeño quiso venir esta vez. Subimos al coche: Sara y yo entramos por el maletero, mis hermanos iban en la fila de en medio y mi padre conducía con mi madre al lado. Por un momento pensé que me gustaría que fuéramos a hacer un viaje largo, a Galicia, aunque ninguno de nosotros lo pasara bien allí. Me sentía segura y feliz. Discutimos por la película que queríamos ver y nos decidimos por la uruguaya que pasaban en los Renoir. Ocupábamos toda la fila seis.

Dec-09 26

Autorretrato


Guión: Aloma Rodríguez.

Montaje: David Barreiros.

Colaboraciones: Sara Rodríguez, Isabel Brumós y Jorge Rodríguez.

Dec-09 17

Les Amants réguliers y los Kinks


Les Amanst Réguliers (2005) de Philippe Garrel.
También en Viaje a Darjeeling, de Wes Anderson.

Oct-09 24

Del sexo y otras intimidades


“Zonas húmedas” (Anagrama, 2009) es la primera novela de Charlotte Roche (Wycombe, 1978), una inglesa de nacimiento que vive en Alemania desde muy pequeña y que ha triunfado como presentadora de televisión en diferentes canales. La novela, que apareció en 2008, ha vendido más de un millón y medio de ejemplares en Alemania. Ha sido comparada con Catherine Millet, Melissa Panarello, o “Crash” de J.G. Ballard por explícito sexualmente, y con “El guardián entre el centeno” de J.D. Salinger porque, como Holden Caulfield, la protagonista y narradora de “Zonas húmedas” es una adolescente que se busca a sí misma.

Helen Memel tiene dieciocho años y sufre de almorranas -“algo impropio de una chica”- desde que tiene memoria. Se ha provocado una fisura anal afeitándose y van a operarla. Es una mujer liberada sexualmente, que se masturba, se perfuma con su esmegma, experimenta con su propio cuerpo, va de putas, se fabrica tampones con papel higiénico, guarda el semen hasta que “horas después del sexo, el cálido flujo sale del chochito cual grata sorpresa”. Pero también es una niña, hija de padres divorciados que planea utilizar su estancia en el hospital para unirlos de nuevo.

En su diario de convalecencia, Helen nos lleva del quirófano a la sala de recuperación y de allí a su habitación, mientras reflexiona sobre el concepto de higiene, hace repaso de algunos de sus amantes: un señor mayor que “quería que lo supiera todo acerca de la sexualidad masculina para que en el futuro ningún macho pudiera tomarme el pelo”; le enseñaba porno e insistía en la “necesidad de meterle al hombre el dedo en el ano durante el sexo”; Kanell, un etíope al que conoce en la frutería en la que dispensa los sábados y que se ofrece a afeitarla; su experiencia con las drogas y cómo su amiga y ella se comieron sus propios vómitos. También recuerda episodios borrosos de su infancia: no sabe si su madre le cortó realmente las pestañas o lo soñó, pero recuerda que hubo una temporada en que no tenía, y es incapaz de saber cuándo una habitación huele a gas o cuándo son imaginaciones suyas debido a un episodio del que nunca ha hablado. No recuerda a qué se dedica su padre, pero sabe que le interesa la botánica y que es mejor tener preparada una conversación con él para evitar los largos silencios. Helen le pide al “amado Dios que no existes” que no se vea obligada a llevar pañales a los dieciocho años debido a un efecto secundario de la operación que le ocasione incontinencia anal. Tiene fantasías sexuales con Robin, el enfermero del turno de día, y establece una relación de complicidad: le pide que fotografíe la herida desde diferentes ángulos y de muy cerca para ver qué le han hecho.

Aunque Helen es muy explícita en las descripciones de sus entretenimientos sexuales, sola o acompañada, parece que esa rebeldía sexual es una reacción al conservadurismo de su madre y que su desprejuiciada manera de entender y vivir el sexo y la higiene guarda relación con su inestabilidad emocional. El divorcio de sus padres, algunos episodios poco claros de su infancia justifican la “anormalidad” de su relación con su propio cuerpo. La propia autora, en una entrevista en The Guardian, declaraba: “Todo el mundo que conozco está dañado, completamente. [Helen] ha tenido una infancia triste, pero eso también la hace muy especial de alguna manera: sabe exactamente lo que quiere, no quiere jugar, quiere deshacerse de todas las reglas que las mujeres tienen”. Roche confiesa en la misma entrevista haber hecho prometer a sus padres que no leerían el libro: “es desagradable para mis padres leerlo porque cada página es ¿Por qué se divorciaron?”.

Charlotte Roche maneja un lenguaje claro y libre de prejuicios en lo sexual -que a veces redunda en lo escatológico, más que en lo pornográfico- pero sutil en lo emocional y ha construido una novela descarada, chocante y provocadora. Más allá de las peripecias sexuales e íntimas, la novela encierra un aprendizaje emocional y una historia de amor. El exhibicionismo y la curiosidad de Helen son episodios de la búsqueda desesperada de sí misma, que empieza en la falta de prejuicios.

 Reseña aparecida en ‘Artes y Letras’ el jueves 22 de octubre.

Oct-09 19

El agrio de Valérie Mréjen


“Estábamos sentados en un banco cerca de Les Halles, bajo una especie de pérgola de madera. Hacía buen tiempo. Me dijo: Ya no te quiero”. Así empieza “El agrio”, la segunda novela de Valérie Mréjen (París, 1969), que edita Periférica y que obtuvo el Prix au Deuxième Roman en 2002.“El agrio” cuenta una historia de amor con final infeliz; según la propia Mréjen “es un cuento de hadas fallido”. El relato está estructurado en párrafos muy breves, que son como pinceladas de un cuadro enorme que sólo somos capaces de ver completo al final del libro. Valérie sólo cuenta lo esencial y lo hace desde un aparente distanciamiento y frialdad; como si redactara un informe. Con una ironía muy sutil, la narradora y protagonista va desgajando capítulos de la relación con Bruno, el agrio, el príncipe que termina por no ser azul; el lector es capaz de adivinarlo gracias a la leve ironía mezclada con la inocencia de la protagonista.

Valérie Mréjen es, además de novelista, directora de cine y guionista, videoartista. “Mi abuelo” (Periférica, 2007), excelente debut literario de Valérie Mréjen, ha visto una prolongación en imágenes con la serie de fotografías “L’apartament de mon grand père”. En “Mi abuelo”, Mréjen hace un retrato familiar y de su infancia a partir de la figura de su abuelo materno. De “El agrio” existe una versión cinematográfica, “La défaite du rouge-gorge”. El pasado mes de agosto se pudieron ver algunos de sus trabajos en La Virreina, en Barcelona; es una habitual del Pompidou, el Jeu de Pomme o la Tate Modern de Londres. Didier Jacob, crítico literario francés, dijo de ella que “es como Perec, pero sin perilla”.

Reseña aparecida en “Artes & Letras” el 1 de octubre de 2009.

En la imagen, Valérie Mréjen fotografiada por Stéphanie Solinas. La tomo prestada del sitio web de Editions Allia.

Sep-09 23

La cena de Els Joglars

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Ramón Fontseré en el escenario de La cena, en el Teatro Principal.

Una convención internacionalidad sobre sostenibilidad medioambiental y el país anfitrión sólo se encarga de la cena de clausura. Una ministra de medioambiente que cambia la mesa y las sillas de la sala de reuniones por un chill out y obliga a los directores generales a sentarse en la postura de la flor de loto. Un doctor en Historia del arte que se mete a pinche de cocina, ayudante segundo de cocina, porque cree que la gastronomía es la mayor de las artes. Un excéntrico chef que convertido en  gurú de la gastronomía orgánica y que en realidad sirve carne humana -solucionando así el problema de la superpoblación mundial que acaba con lo recursos naturales. “Una sátira medioambiental condimentada con fragmentos de Las Cuatro estaciones de Vivaldi”. Un “bufón” inteligente, mordaz y capaz de burlarse de los excesos de la sociedad un segundo antes de que se produzcan; capaz de ponerlos en escena con humor y una precisión de relojero. Nueve actores espléndidos. Una lección de teatro.

La cena de Els Joglars.

 

Sep-09 9

Ejulve

Hacía más de dos años que no iba a Ejulve, el pueblo de mis abuelos, en el que pasaba temporadas en verano y en el que ahora se reúne toda mi familia. Volví a coincidir en el viaje con la amiga de mi madre, que también había estado la última vez conmigo -mi tía la alicantina hizo una paella enorme a la brasa en el raso y mi madre se hizo pis encima a causa de un ataque de risa en las escaleras. Sara y yo compartimos cama en la habitación de los chicos; está junto a la antigua falsa, donde ahora está la tarima. En ese piso hay un baño y dos alcobas separadas por un arco sin puerta. Mi madre dormía en otra cama y su amiga ocupaba la tercera cama. En el bar sólohabía cuatro personas jugando al guiñote.

Volví el fin de semana siguiente, decidida a irme al pueblo de al lado de fiesta; como cuando era cría. Eran las fiestas de Castel de Cabra -aunque yo entendí pastel de cabra, por error, y casi vomito sólo de pensarlo. Conducía mi primo y a su lado iba su novia. Era la segunda vez que la veía. Detrás estaba uno de los grandes clásicos de Ejulve: una chica bajita, con el pelo rizado y la nariz redonda que podría ser de mi familia. A su lado iba el quinto ocupante, otra chica a la que seguramente habré visto crecer pero cuyo nombre soy incapaz de recordar. Sacamos litros de cerveza para todos y fuimos hacia el centro de la plaza. Sonaron las mismas canciones de siempre. La orquesta hacía una versión del clásico pasadoble “Paquito el chocolatero” y no había rastro de mis hermanos, que eran la razón por la que yo había ido a Ejulve y a Castel de Cabra. Bailé “Más” y “No rompas más mi pobre corazón” y casi conseguí recordar la coreografía entera. Pensé que los bailes populares, como las canciones de Mecano, nunca se olvidan: te dicen el principio y sigues solo. Por fin aparecieron mis hermanos. Fuimos por las callejuelas del pueblo y nos sentamos en la puerta de un corral. Les conté que una vez me habían tirado un cubo de agua en un pueblo. Creo que fue en Cañizar. Reconocí “Saturday night” y les enseñé el baile. Les dije que esa canción lo petaba cuando yo tenía su edad. Me dijeron que la seguían poniendo en las discomóviles. Luego volvimos a la plaza y nos separamos. Ellos se fueron con sus amigos y yo volví con mi grupo de edad. Fui al baño varias veces, me acompañó la chica bajita de pelo rizado y nos hicimos casi amigas. Insistía en que fuera a las fiestas de Ejulve. Le dije que lo pensaría. Después de que la orquesta se quedara sin luz, la gente lanzara litros de cerveza semivacíos al aire y mis hermanos me presentaran a algunos de sus amigos, se hizo de día. Volvimos a casa en coche. Atravesamos el bosque que hacía unas semanas había sido arrasado por el fuego. Intenté fijarme en el monte, en los pinos quemados. Pero sólo podía mirar a la chica bajita . Estaba llorando y miraba por la ventanilla.

Aug-09 19

Barcelona

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*Foto de Antón Castro.

Aug-09 19

Julio, a mes visto

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Mientras mis padres viajaban a Lima en avión, Sara y yo acudimos a la entrega de los premios de la Universidad de Zaragoza. Tenía que recoger uno. Me puse un vestido y, después de ver el vídeo que grabó Maribel, me di cuenta de que tenía que haberme puesto un tanga. Había una recepción en el patio del Paraninfo y sólo se servían cava y trufas. Una señora quería llevarse la caja de las trufas, era de madera y le vendría muy bien para guardar los pinceles, porque la señora pintaba. Era una señora muy mayor, toda vestida de blanco y llevaba tacones. A un tipo no le pareció bien y empezaron a discutir. Ella le tiró la trufa y él respondió vaciando su copa de cava sobre todos nosotros. Ella hizo lo propio. Mientras, mis padres cruzaban el océano Atlántico. Uno de los pasajeros se puso enfermo. Mi madre se levantó para atenderle. Después de impedir que os otros dos médicos que había en el avión le pincharan cafinitrina o adrenalina, el avión dio la vuelta para aterrizar en Las Palmas.

A su vuelta, entré en quirófano para una operación de cirugía menor. Me sedaron y canté Devendra Banhart mientras la enfermera que me vigilaba me decía “¿No te dormirás?”. Estuve dos semanas bocabajo y sin poder bañarme en la piscina.

Julio terminó con Barreiros acompañando a mi padre a Arteixo a recoger a mi abuela.  Mi padre y yo habíamos pasado la semana en Barcelona. Barreiros me llamó desde Barrañán para decirme que olía tanto a eucalipto que parecía que estaba respirando chicle.

Jun-09 8

12 horas

untitled-1.jpg 12 horas con mi padre. 

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