Simulacro

 

Hace muchos años que hice mi último examen. Ahora recuerdo con cierto cariño esa época en la que iba a la facultad, sufría, tomaba mucho café para estudiar y aun así solía quedarme dormida. No sé si aproveché todo lo que debería esos años. Tuve muy buenos profesores: Aurora Egido –ahora candidata a entrar en la RAE– y Leonardo Romero Tobar, que nos dio una clase magistral sobre ‘Fortunata y Jacinta’ en la que convirtió el aula en la Plaza Mayor de Madrid. Echo de menos esas clases y a veces me gustaría volver a esos años. De vez en cuando, todavía tengo pesadillas en las que sueño que no he acabado la carrera y que tengo que hacer un examen para el que no he estudiado.
Puede que mi nostalgia se haya acentuado con la lectura de ‘Cartas a mi hija’ (Alpha Decay, 2013) de Francis Scott Fitzgerald: me reconocí primero en la hija adolescente, preocupada por chicos, por gustar y por quedar bien, algo indisciplinada en los estudios y con esa falsa seguridad de la juventud. Luego me reconocí en el padre: son las cartas que me gustaría escribirle a mi hermana, que aún no ha cumplido quince años. También me reconocí en la Scottie adulta que escribe el prólogo y que lamenta no haber hecho más caso a su padre, y eso que, hasta donde yo recuerdo, no he dado demasiados quebraderos de cabeza a mis padres. El libro se lee con placer, ternura y entusiasmo, se entreven los problemas económicos de Fitzgerald, que habla de Zelda, del alcoholismo y de sus peleas con su agente literario y con los productores de Hollywood, que se negaron a rodar su guión ‘Infidelity’, por considerar que insultaba la moral al no castigar el adulterio y violaba el código Hays.
Me acordaba de los versos que canta Rafael Berrio en “La alegría de vivir”, que abre su último disco, ‘Diarios’. Dice Berrio: “A estas alturas, cuando todo queda atrás, / cómo puede sorprenderte a ti / que vayas perdiendo, cuesta abajo como vas / la alegría de vivir, / que vayas perdiendo, como vas perdiendo tú, / el asombro, el gusto, la emoción”. Ahora que me acerco a los treinta años, no puedo evitar que la melancolía se cuele en mí como el olor de la comida de los vecinos en mi casa. La primavera y los exámenes de los demás me traen un especie de nostalgia de lo no vivido, que ilustra la canción “Simulacro”, del disco ‘1971’. Berrio canta “Temo haber vivido mi vida como si ello fuera un simulacro, / como si yo tuviera el don de vivir por mí dos veces, / de haber dejado a un lado la que importa en prenda de una vez futura / y haber malgastado en borradores la presente”. A mí, como a Berrio, me asusta no vivir del todo.

*Bañera publicada el domingo 19 de mayo de 2013 en Heraldo domingo.

Lamentos de una generación

 


Dejad de lloriquear es el ensayo de Meredith Haaf (Múnich, 1983) que, como su subtítulo indica, trata de hablar Sobre una generación y sus problemas superfluos y que apareció en 2011 en Alemania. El libro tiene el interés de que ese análisis lo lleva a cabo un miembro de esa generación –lo que presenta algunas limitaciones, también- y el morbo, para un lector español, de que es alemana. Aunque su estudio se centra en la juventud de su país, hay una pretensión de trazar un retrato global, o al menos occidental, de la que se ha llamado generación perdida, la generación de los hijos de los revolucionarios del 68, que creció durante un periodo de paz y prosperidad económica, creía que todo iba a ser siempre mejor y se ha quedado sin utopías, bajo la amenaza de un futuro peor.
Meredith Haaf estaba en Londres trabajando de becaria cuando se produjeron las protestas en torno a la cumbre del G-20, en abril de 2009. Mientras ella celebraba el fin beca en una revista, “miles de manifestantes han sitiado durante días la city londinense, el famoso distrito londinense que se halla a sólo cinco minutos a pie de la redacción”. Desde el sofá, ovillada y con resaca, Haaf se pregunta por qué no ha acudido a las manifestaciones y, sobre todo, por qué “casi ninguno de mis conocidos se habría comportado de manera muy diferente o me habría reprochado mi pasividad política”. Sin embargo, esta promesa de autocrítica se va desvaneciendo poco a poco a lo largo del libro, puesto que, en el fondo, Haaf justifica los lloriqueos de su generación: no pueden esperar nada, dice, porque lo han tenido todo y, además, han crecido con la presión de que podrían hacer todo lo que quisieran. “Si nos hemos convertido en lo que somos es por una serie de razones que no tienen nada que ver con una debilidad de carácter colectivo, como afirman algunas personas mayores. Este libro trata de tales razones”.
Haaf habla de los problemas del término generación en uno de los capítulos más interesantes del libro, no solo por la reflexión acerca del propio término, sino porque, como sugiere Haaf, quizá una de las características de su generación es que se niega a formar parte de ninguna. La generación de los “empollones tristes” sufre tres grandes males, según Haaf: el postoptimismo, el exceso de comunicación y el pragmatismo, de los que se derivan otros efectos secundarios. Ha crecido sin utopías, lo que convierte a los jóvenes en seres inseguros y miedosos. Además, “nuestra capacidad de expresión fue estimulada al máximo” y “La comunicación deviene en lo que la religión fue para Marx y el consumo para Adorno: un límite a la libertad de acción del individuo”. El pragmatismo les hace estar desconectados de los asuntos públicos, vivir solo para el currículo y valorar la vida privada por encima de todo lo demás. Les hace ser cobardes y oportunistas. Se pregunta. “¿Qué ha ocupado el lugar de la solidaridad en nuestra estructura mental? La ética del rendimiento profesional. No el “juntos somos fuertes” sino el “mis codos y yo ya nos arreglamos”. Para expresarlo en nuestro idioma: no estamos unidos, sino que formamos equipos”. Esa actitud conformista resulta retrógrada: “mi generación está interesada en el statu quo y es una cohorte conservadora antes que revolucionaria. No quiere necesariamente que las cosas mejoren, pero le gustaría que no empeoraran”.
Haaf va enumerando los problemas de su generación mientras desmenuza estadísticas y estudios sobre la juventud, repasa otros ensayos sobre el tema y recupera anécdotas y fragmentos de conversaciones con sus amigos y conocidos –lo que hace que el libro esté vivo y le otorga uno de los grandes méritos: atreverse a contar y analizar lo que sucede a su alrededor sin esperar a una perspectiva histórica-, pero esos datos que aporta y esos diálogos solo sirven a su propósito. Tenemos la sensación de que, como ocurre con la superstición y la magia, solo se tiene en cuenta la realidad cuando esta le da la razón. A veces pone ejemplos que le llevan la contraria (al hablar de la solidaridad o de la implicación política de los jóvenes), que según ella solo demuestran su carácter extraordinario: “Por supuesto que hay excepciones, pero éstas desempeñan el que, según el tópico, es el mejor cometido de las excepciones: confirmar la regla”. Puede que tenga razón y que la mayoría de los jóvenes sea como ella dice, pero el salto que propone de lo particular a lo general es demasiado grande. Y a pesar de eso, retrata algunos comportamientos típicos de esa generación con humor e ironía: la banalización, la obsesión con las redes sociales, la vuelta de lo retro y vintage, la cultura hipster, a la que Haaf critica con ferocidad, la precariedad y la eterna adolescencia a la que está condenada esa generación mantenida por sus padres hasta casi los treinta años.
Por otro lado, es mucho mejor enumerando los males que analizándolos. Cuando trata de explicar el origen de dichos males, siempre encuentra un culpable ajeno a la generación: las circunstancias, la presión, que los padres les prestaran demasiada atención haciendo de ellos unos mimados, que se divorciaran, los gobiernos y sus medidas, la competitividad, etc. Sin embargo, no encuentra un motivo que explique o justifique la inacción. Escribir este libro es una manera de romper con la apatía, de participar y de llamar la atención de su generación, y es un intento valiente, ambicioso y arriesgado -aunque al mismo tiempo como ensayo sea fallido y redundante en su argumentación. Haaf es honesta y reconoce no tener una fórmula, pero sí de quién es la responsabilidad: “Creo que cuando empecemos a ejercer la crítica y a no querer hacerlo todo bien, los cambios se producirán por sí solos. […] Está en nuestras manos”.

Dejad de lloriquear. Sobre una generación y sus problemas superfluos.
Meredith Haaf, traducción de Patricio Pron.
Alpha Decay, 2012, 265 páginas.

*Reseña publicada en la revista Letras Libres, en la edición española.

La foto está tomada de aquí.

Isabel y Carmen

Mi abuela Isabel sujeta mi libro y, al fondo, mi hermano Jorge.

Mi madre se llama Carmen. La madre de mi madre se llama Isabel y su madre se llamaba Carmen. Las dos abuelas de mi madre se llamaban Carmen. Las distinguían porque a la madre de mi abuelo la llamaban la abuela Ortina. La madre de mi padre también se llama Carmen. De pequeña, me parecía que era un error que la madre de mi madre, mi abuela, no se llamara Carmen, era el nombre de todas las madres de mi familia. Mi abuela se llama como su segunda hija, Isabel, nombre que tiene una de mis primas, hija de Mariángeles, otra hermana de mi madre. Y la hija del hermano de mi madre se llama Elsa, que es una variante de Isabel.

Mi tía Isa no tiene hijos, aunque habría sido una madre estupenda y ha sido una de las mejores tías que uno puede desear: me salvó la vida cuando tuve un accidente con un kart un mes antes de cumplir ocho años. También nos ha llevado a todos sus sobrinos a la playa, de excursión, a acampar, nos ha enseñado a cocinar y es una gran anfitriona.

Mi abuela Isabel nació en Ejulve y se fue a vivir a Zaragoza cuando se casó. Se enamoró de mi abuelo, Leoncio, haciendo una obra de teatro cuando eran unos adolescentes. De mi abuela Carmen sé poco: es gallega, habla bajo y hacía filloas cuando íbamos a verlos a Arteixo. Mi abuela Isabel trabajó en un estanco en Zaragoza con una chica que se parecía mucho a Sofia Loren. Me parece que tiene algo italiano, me recuerda a Anna Magnani y hace la mejor tortilla de patata del mundo. Por su culpa, me gusta mucho que me hagan cosquillas. Comparte sus secretos de cocina con mi novio, que, gracias a ella, hace una salsa de tomate espectacular.

Mi abuela Isabel tiene cuatro hijos y diez nietos a los que ha cuidado como una madre. Siempre se acuerda con ternura de su madre. Mi abuela Carmen tiene tres hijos. El segundo, mi padre, nació en el establo o en el corral, según cuente la historia. En la primera versión, mi padre nació en el pesebre, cerca de la medianoche, porque a mi abuela la sorprendió allí. En la segunda versión, mi abuela Carmen fue al corral para no manchar la casa. Las versiones coinciden en el lugar y en la fecha.

Mis dos abuelas, Carmen e Isabel, han visto morir a sus maridos. Mi abuela Isabel ha estado siempre enamorada de mi abuelo, todavía lo está: se nota cuando habla de él o reconoce en alguno de sus hijos un gesto o una expresión de su marido. Por ejemplo, cuando estamos todos y alguien dice “qué producción” imitando a mi abuelo Leoncio. Siempre me ha impresionado el amor de los padres de mi madre. Mi abuela Carmen echa de menos a su marido, que estuvo trabajando en Suiza y en Alemania. Mi abuela Isabel es famosa entre mis amigos por un asado de cochinillo al horno.

Mi abuela Carmen en un ataque de hipsterismo en Navidad.

*Bañera publicada el domingo 5 de mayo de 2013 en Heraldo domingo.

 

El cine o la vida

Francesco Carril y Jonás Trueba.

Hacer una película, escribir un libro o pintar un cuadro son cosas que se hacen también cuando no se están haciendo. Y ese es uno de los temas de los que habla ‘Los ilusos’, segundo largometraje de Jonás Trueba (Madrid, 1981), una película que él define de entretiempo, porque está hecha “en nuestros ratos libres, entre otros trabajos y ocupaciones”. También es una película de entretiempo porque casi ninguno de los personajes tiene un trabajo, todos están a la espera. ¿Qué hace un director de cine cuando no está haciendo una película? A esa pregunta responde ‘Los ilusos’. Lo que hace es estar con amigos, pasear, ir al cine, cenar en restaurantes baratos, pensar, leer, vivir.

La película es emocionante y tiene muchas capas. Por ejemplo, uno de mis momentos favoritos es cuando León (Francesco Carril) y Sofía (Aura Garrido), los protagonistas, salen de ver ‘Le père de mes enfants’, de Mia Hansen-Løve, y él le habla de otra película en la que dos personajes salen del cine. La voz en off del propio Jonás tapa la del actor mientras vemos los letreros luminosos de algunos cines madrileños. También me gusta que uno de los escenarios que más aparece sea una librería, que la casa del protagonista esté llena de libros, que salgan ‘Suicidio’, de Eduard Levé, ‘Suicidios ejemplares’, de Enrique Vila-Matas, entre otros títulos, y que se lea la contraportada del libro del zaragozano Chusé Izuel ‘Todo sigue tranquilo’. Tiene sitio para el humor y no le da miedo que los personajes caigan en el ridículo. Son unos ilusos que persiguen a directores de cine, conocen a chicas, beben de día y se acuestan al amanecer.

Jonás Trueba ha incluido las claquetas, los cortes, alguna repetición, a él mismo explicando qué va a hacer, como cuando anuncia que va a grabar el sonido de la Plaza Mayor de Madrid y la cámara nos enseña los tejados. Es una declaración de amor al cine y es absolutamente contagiosa: explica tan bien cuál es la belleza del cine que acabas conquistado, conmovido, emocionado y con ganas de hacerte cineasta.

‘Las ilusiones’ (Periférica), primer libro de Jonás Trueba, sirve como complemento perfecto a la película y conserva su independencia. Es un relato sobre las posibilidades, las dudas, las ilusiones que preceden al rodaje. Una pieza breve y sencilla, que tiene algo de Marguerite Duras y que da pena acabar.

‘Los ilusos’ se estrenó hace una semana en la Cineteca del Matadero de Madrid, donde podrá verse hasta finales de abril y llegará a la Filmoteca de Zaragoza en junio. Solo hay una copia y, según Jonás Trueba, es una producción de lujo porque ha hecho la película cuando ha querido y como ha querido. Hoy domingo puede verse en el portal de Filmin, clausura el Atlántida Film Fest.

*Bañera publicada el domingo 22 de abril de 2013 en Heraldo domingo.

 

 

 

 

 

Librerías

La semana pasada la ministra de cultura francesa Aurélie Filipetti anunció un aumento de 4 a 7 millones de euros el presupuesto de las subvenciones al gremio de las librerías para evitar que cierren, como ha sucedido en EEUU. Un mundo sin librerías es mi imagen del infierno, la peor de las pesadillas. Me he pasado la vida en ellas y sigo pasando gran parte del tiempo que no estoy en casa en librerías. Tanto es así que mi novio y yo hemos acordado que en caso de que pase algo grave y no podamos localizarnos, nuestro lugar de encuentro será La Buena Vida, la maravillosa librería de la calle Vergara, al lado de Ópera, en Madrid.

Si tuviera que elegir una sola librería en Zaragoza no sería capaz: tengo el corazón dividido, entre otras cosas, porque los zaragozanos tenemos la gran suerte de contar con muchas y muy buenas librerías en la ciudad. Todo el mundo se pregunta qué sucede en Zaragoza, por qué hay una cantera literaria, por qué hay tantas editoriales, por qué hay tantas librerías. No tengo respuesta, pero me hace profundamente feliz y es una de las razones por las que me gusta mi ciudad.

Este año celebran su aniversario varias librerías zaragozanas: Librería París cumple 50 años, Cálamo, 30 y Librería Antígona, 25. Los portadores de sueños, que celebraron 8 años de vida, recibieron el Premio a la Librería Cultural 2012. Cálamo, Antígona y Los portadores son algunas de las razones por las que todo el mundo querría vivir en Zaragoza. Julia Millán y José Fernández, los dueños de Antígona, forman parte de mi vida desde que tengo memoria. Creo tener una imagen borrosa de cuando les contaron a mis padres que iban a abrir la librería y creo acordarme de mi padre preguntando por el nombre que el iban a poner y que a mí me sonó muy raro. Pero puede que sea todo un recuerdo inventado. Antígona está en la calle Pedro Cerbuna, así que cuando salía de las revisiones en el Hospital Infantil con mi padre siempre pasábamos por allí. Me fascinaba esa librería caótica e infinita, con la mesa de novedades inmensa y la parte de atrás, en la que imaginaba que guardaban los mejores libros. Cuando estaba en la facultad compraba allí todos los libros de la carrera y puede que no fuera a alguna clase por estar allí ojeando la mesa repleta o tomando café y haciendo bromas. En la librería Antígona presenté mi primer libro, con Sergio Algora e Ismael Grasa, brillantes e ingeniosos. Muchos de los paseos con Félix Romeo acababan allí, después de pasar por la heladería.

Las librerías están llenas de libros y de literatura, también de vida, de felicidad, de risas y de placer. Si no estoy en casa, seguramente estaré en alguna librería.

*Bañera publicada el domingo 7 de abril de 2013 en Heraldo domingo.

*La foto de Librería Antígona es de Jesús Llaría para Jotdown.

 

Tambores y bombos

Destinaron a mi madre a Urrea de Gaén en el año 91. Lo recuerdo porque mientras mis padres hacían la mudanza, yo tuve un accidente con un coche de feria en Ejulve, el pueblo de mis abuelos, en el que estuve a punto de morir. Me salvaron la vida en Alcañiz. Sé que fue en el año 91 porque a mi hermano Diego le faltaba un mes para cumplir un año. Me dieron el alta unos días antes de su cumpleaños.

Yo no sabía nada de Urrea de Gaén, excepto que estaba a una hora de Zaragoza –nos parecía lejísimos- y mi padre nos dijo que era la tierra de Pedro Laín Entralgo. Urrea de Gaén está entre Híjar y Albalate, en el Bajo Aragón. Allí, por primera vez, mi hermano mayor y yo compartimos aula. Mi padre jugaba a fútbol y empezó a entrenar a los chicos del colegio y a acompañarlos a los partidos contra los pueblos de alrededor. Nos hablaba de la iglesia de planta octogonal del pueblo y nos contaba que el general Cabañero había nacido en Urrea. Mi hermano tenía amigos y yo iba con chicas mayores que yo, porque no había ninguna de mi edad. Como mi hermano y yo éramos hijos de la médico, nos librábamos de la reprimenda en el colegio por no ir a misa los domingos. Iba todo el mundo y los niños debían sentarse en los primeros bancos, según la profesora, a la izquierda, los niños y a la derecha, las niñas.

En primavera todo el mundo empezó a hablar de “la rompida de hora” y yo imaginaba que se juntaban en una plaza y tiraban relojes. No entendía cómo se podía romper el tiempo y me acordaba de ‘Regreso al futuro’ y de las paradojas espacio-temporales de las que hablaban Marty McFly y Doc. Pero la rompida de hora era otra cosa: todo el mundo llevaba túnicas de raso negro y un tambor o un bombo. Todos  acudían a la plaza de la iglesia y a las cuatro de la tarde en punto empezaban a tocar: rompían a tocar (es la única explicación que encontré al extraño nombre). Durante tres días tocaban el tambor sin parar y luego el silencio y el ruido de la vida cotidiana volvían a instalarse. Hasta Urrea de Gaén la semana santa me daba miedo, veía los pasos desde la ventana de la casa de mis abuelos y me parecía oscuro y triste. En cambio, en Urrea tenía algo luminoso y vivo, había algo festivo, de celebración, que era completamente nuevo para mí.

Mi madre se emocionaba con el ruido de los tambores. La segunda rompida de la hora, mi madre estaba embarazada de mi hermano Jorge. Alguien me dejó una túnica negra y probé con el tambor: allí descubrí mi incapacidad para seguir el ritmo. Yo temía que el ruido atronador de los tambores y bombos asustara al bebé que crecía en la tripa de mi madre. Muchos años después, descubrí los tambores y bombos en las películas de Luis Buñuel y entendí la fascinación por lo atávico.

*Bañera publicada el domingo 24 de marzo de 2013 en Heraldo domingo.

El ministro iluminado

Están pasando muchas cosas que merecen nuestra atención, pero se suceden tan rápido que se solapan y nos obligan a cambiar el foco sin apenas darnos tiempo a haber formado una opinión, reflexionado y sopesado los hechos. No nos da tiempo de ver todas las deformaciones del callejón del Gato de Valle-Inclán en que nos hemos convertido. En unas pocas semanas se ha destapado lo que podría ser el mayor caso de corrupción de la democracia, el asunto Bárcenas parece escrito por David Mamet, que llena de giros de guión sus películas: de la simulación del despido diferido a las tres demandas de Bárcenas al PP. Corinna, la princesa alemana amiga del rey, ha dado entrevistas. Uradangarín ya ha declarado. Han operado al rey y se ha producido una explosión en el hospital donde estaba ingresado. Ha muerto Hugo Chávez, Italia ha celebrado unas elecciones y no sabemos qué va a pasar. Bruselas dice que en España aún se puede subir más el IVA y el Portugal entonaron ‘Grândola, Vila Morena’ en el Parlamento. Además, el Real Madrid ha ganado al Barça y al Manchester. Con tantos frentes abiertos, ya no sé cuál es al cortina de humo ni qué tapa a qué. Hay un asunto que no quiero que quede enterrado por las noticias: las reflexiones del ministro del Interior Jorge Fernández Díaz a propósito del matrimonio homosexual.
Cuando el Tribunal Constitucional desestimó el recurso del PP contra el matrimonio homosexual, Fernández Díaz ya dijo que volvería a firmar contra él. Fernández Díaz se reencontró con Dios tras diez años, según cuenta él mismo. Ahora, tras la iluminación, hasta tiene una capilla en el Ministerio. Y ahora dice que “La pervivencia de la especie, por ejemplo, no estaría garantizada” con el matrimonio homosexual y por eso “no debe tener la misma protección por parte de los poderes públicos que el matrimonio natural”.
Las declaraciones de Fernández Díaz le han costado una reprimenda del PP y de Iñaki Oyarzábal, secretario de derechos y libertades del PP. Son intolerables e impropias de alguien de su cargo. Son absurdas y se prestan demasiado al chiste fácil.
Alguien que cree que en los milagros y los secretos de la Virgen de Fátima, que sostiene que el poder mágico de esa virgen fue fundamental para que el comunismo fracasara, esgrime la pervivencia de la especie como argumento contra el matrimonio homosexual. Imagino que entonces no le parecerá bien que haya monjas y curas, que tampoco pueden tener hijos. ¿Qué hacemos con los que tienen problemas de esterilidad y con quienes no quieren tener hijos? El razonamiento es perverso y ridículo. Lo grave de sus declaraciones es que quiere imponer su moral por encima de la ley y pretende hacerlo con argumentos en los que la razón se ha convertido en puro esperpento.

*Columna publicada el domingo 10 de marzo de 2013 en Heraldo Domingo.

Una pieza

Solo si te mueves from lorenahtudela on Vimeo.

Una pieza de Lorena H. Tudela y Aloma Rodríguez, con fragmentos de Solo si te mueves.

Sonido: Eduardo García Castro.

Las fotos son reales y la novela es ficción. La pieza iba a llamarse Documentación o Materiales, pero al final la dejamos sin nombre.

Libros que conversan

(Natalia Ginzburg)

Natalia Ginzburg publicó Léxico familiar en 1963. Dice en el prólogo: “Y es que este libro, aunque haya sido extraído de la realidad, debe leerse como se lee una novela, es decir, sin pedir más, ni menos tampoco, de lo que una novela puede ofrecer. [...] No deseaba hablar de mí. Esta no es mi historia, sino (incluso con vacíos y lagunas) la de mi familia.”

Léxico familiar es uno de mis libros favoritos y Natalia Ginzburg una de mis escritoras favoritas, por eso propuse este libro para un club de lectura sobre novelas autobiográficas. Y por eso lo releí hace un par de semanas. Es un libro delicioso, recoge las expresiones de los padres, hermanos, amigos, los personajes que conforman el paisaje de la infancia y adolescencia de Natalia Ginzburg que quedan retratados por sus palabras. Uno de los protagonitas es el padre de la Ginzburg: Giuseppe Levi, profesor de Anatomía en la Facultad de Medicina de Turín, que fue maestro, entre otros de Rita Levi-Montalcini.

(Rita Levi-Montalcini)

Elogio de la imperfección es el título de las memorias de Rita Levi-Montalcini, un personaje fascinante. En sus memorias habla de su madre, de la relación con su padre, que siempre le reprochaba que prefiriera besar al aire antes que a él y que murió demasiado joven, de sus estudios en la facultad y de su profesor, Giuseppe Levi. A él le dedica el capítulo 6 de sus memorias, “Aprendizaje con un maestro”.

(Giuseppe Levi)

Giuseppe Levi no es el único personaje que aparece en los dos libros: Terni, amigo de Levi, apasionado de Proust y culpable de la complicidad entre Paola y Mario, hermanos de Natalia Ginzburg, en la adolescencia. Terni fue expulsado de la Academia dei Lincei el 4 de enero de 1946 junto a otros treinta y nueve miembros, por su vinculación con el régimen fascista. Cuenta Levi-Montalcini que Giuseppe Levi era el secretario de la comisión. “Por él supe que Terni figuraba en la lista de expulsados, y le comenté que la sanción, que yo juzgaba injustificada porque Terni, aunque simpatizaba con el régimen, nunca había desempeñado cargos públicos, podía empeorar el estado depresivo de nuestro amigo. Pero Levi me contestó que, precisamente por ser su amigo, tenía el deber de actuar con él como con todos los demás. [...] Tullio Terni, deprimido como estaba, cayó en tal desesperación que el 25 de abril de mismo año puso fin a su vida, con una de las cápsulas de cianuro que tenía preparadas para el caso de que él y sus seres queridos cayeran en manos de las SS en tiempos de la invasión nazi. La noticia, que conocimos a la mañana siguiente en el Instituto, representó un terrible golpe para Levi: demasiado tarde se daba cuenta de lo mucho que había subestimado la sensibilidad y vulnerabilidad del amigo y lo muy injustificada e injusta que había sido la grave medida tomada contra él.”

De Terni escribe Natalia Ginzburg: “En cuanto a Terni, si mal no recuerdo, no era nada melancólico, no se sentía atraído de forma especial por los lugares abandonados y silenciosos, y tampoco daba nunca paseos melancólicos y solitarios. Terni vivía de un modo completamente normal: en su casa, con su mujer Mary, la niñera Assunta y sus hijos Cucco y Lullina, a los que él y su mujer mimaban, y ante los que ambos solían extasiarse. Pero Terni había introducido en nuestra casa el gusto por la melancolía, por las actitudes melancólicas, lo mismo que había traído la Nouvelle Revue Française y las reproducciones de Casorati. Y Paola y Mario habían aceptado esa invitación.”

Léxico familiar, Natalia Ginzburg, Lumen, 2007. Traducción de Mercedes Corral.

Elogio de la imperfección, Rita Levi-Montalcini, Tusquets, 2011. Traducción de Juan Manuel Salmerón.