Aloma Simpé

Endorfinas

Siempre había dicho que los únicos deportes que estaba dispuesta a practicar eran: la natación, los partidos de los domingos con mis hermanos y mi padre y el sexo. Dije que nunca iría a correr. Y esta mañana me he levantado antes de las 9, me he vestido y me he puesto unas zapatillas de deporte un par de números grandes, pero no tengo otras aquí, y he salido a la calle. Es cierto que me he tenido que parar y andar antes de llegar a Gran Vía. Es cierto que ni siquiera he llegado al campus. Pero me he levantado y he cumplido mi objetivo: a las 9.15 estaba despierta y con la cabeza despejada. Así que me he podido poner a trabajar sin mirar páginas absurdas cada dos minutos. No sé cuánto durará mi nuevo propósito, ni hasta cuándo funcionará. De momento, empiezo a ir contra mis prejuicios. La madurez. Espero que mi cerebro empiece a liberar endorfinas.

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Viajes y libros

Romina Paula. La foto está tomada de aquí.

Una de las mejores cosas de viajar es descubrir cosas: escritores, discos, películas. Algunas te decepcionan o te dejan indiferente, esperabas más o no era para tanto. Pero siempre hay sorpresas que no esperabas y que te hacen un poco más feliz.
En Buenos Aires no compré alfajores, ni traje materas para todos ni una camiseta de Maradona para mi padre -cosa de la que me arrepiento- pero invertí en libros, películas y discos. Compré un poco a lo loco varios libros de Entropía que, luego me enteré, publica sobre todo a autores noveles, y que publicó Las teoría salvajes de Pola Oloixarac. Me he llevado, de momento, dos tremendas alegrías, en realidad, tres: las dos novelas de Romina Paula, ¿Vos me querés a mí? y Agosto, y Los domingos son para dormir, de Sonia Budassi, un libro de relatos que te persigue una vez lo has terminado.

Romina Paula es además dramaturga y actriz.
Sonia Budassi mantiene un blog.

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Mañana presentación de Jóvenes y guapos

Más información de Jóvenes y guapos, aquí.

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Piglia, Fijman y el taxi

Habíamos actuado en la Feria del Libro por la mañana. Habían actuado y yo había fracasado estrepitosamente en mi función de técnico de luces, entre otras cosas, porque no veía y el técnico no me prestó su linterna porque estaba comiendo. Me había dicho que le gustaban mucho mis anteojos, se refería a mis gafas de sol, y yo decidí que no me iba a separar de ellas ni del bolso en todo el bolo. Después habíamos comido un sandwich de jamón de york y queso y yo había hecho tiempo recorriendo los stands de la Feria, el pabellón amarillo, parte del verde y el azul. Me dejé el ocre. Esperaba que se hicieran las seis de la tarde para escuchar a Ricardo Piglia, que daba una conferencia sobre “La tradición en la literatura argentina”. Me había comprado Respiración artificial, en la edición de Anagrama, para que me lo firmara y así tener una excusa para acercarme a él y pedirle una entrevista. En cuanto acabara la conferencia tenía que llegar a Arismendi, cerca de Los Incas, para ver Yo soy Fijman en el teatro El Crisol. No sabía cómo haría, podía ir en autobús y luego en metro, metro y taxi o taxi, pero ahora sólo me preocupaba Piglia. En la fila para la conferencia, que se formó casi una hora antes de la apertura de puertas, hice amigos: dos señoras que me preguntaban por España y un hombre, acompañado de una pareja, que me animaba a acercarme a Piglia, él también quería saludarle y regalarle un libro. Me senté en primera fila y tomé notas. Al final me acerqué a él, me firmó el libro con mucho cariño. Lo de la entrevista ya veríamos.

Salí a la calle aturdida, como se sale de los centros comerciales en los que se pierde la noción del tiempo. Era de noche. No sabía qué hora era ni cuanto tiempo tenía para llegar a Crisol. De camino a la plaza de Italia, donde están las entradas de metro y las paradas de autobuses, intentaba decidirme por el medio de transporte y la dirección que iba a seguir. Lo más sencillo, sin lugar a dudas, era el taxi. Pero me daba miedo: había oído historias de timos y estafas, había leído historias de secuestros exprés en los periódicos y había escuchado anécdotas en las que los viajantes se bajaban del taxi a mitad del trayecto por miedo. Le pregunté a un chico que caminaba casi a mi lado y parecía normal. Me dijo que el trayecto me podía costar 30 pesos y me dijo que eran las siete y media.
El primer taxi que vi no me dio confianza, aconsejan no subirse a los taxis en los que no ponga radio taxi y en este no lo ponía; el segundo no paró; en el tercero, por fin, pude subir. Le expliqué dónde iba, aunque no sabía el número. Así que llamó a la centralita para que le dieran las coordenadas. No me podía poner el cinturón. Iba muy atenta, mirando el nombre de las calles por si se desviaba de la ruta para robarme y exigir un rescate por mí. Me preguntó qué hacía en Buenos Aires y le conté. Hablamos de Cuba. Mientras yo le contaba que habíamos estado en Cienfuegos, me di cuenta de que buscaba algo en el bolsillo izquierdo de su pantalón, oía el ruido y no alcanzaba a ver qué hacía. Pensé que me iba a sacar una pistola o una navaja, que me quitaría mi cámara de fotos, pensaba en el ejemplar firmado por Piglia, pensaba que no llevaba mucho dinero encima ni un móvil, recordé el teléfono de mi padre, por si exigía un rescate. Mientras intentaba que no se me notara que pensaba que era un delincuente. Finalmente, encontró lo que buscaba: sacó un paquete de chicles y me ofreció uno. Habíamos llegado y la función aún no había empezado.

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Cruzar la 9 de julio de noche

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Un minuto en la calle Corrientes

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Día del libro

En la caseta de Xordica, ayer, 23 de abril, Javier Burbano me tomó esta fotografía justo antes de parar para ir a comer.

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La guayabera

La guayabera es la camisa típica cubana, como la que se ve a la izquierda de la foto, tomada en una tienda de la calle Galiano de La Habana, horas antes de que saliera el vuelo que nos traería de vuelta a casa.

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Tarde libre en Cienfuegos

En mi primera -y de momento única- tarde libre me fui al hotel La Unión. Me senté, pedí un mojito y saqu;e la libreta para apuntar que el aeropuerto de La Habana huele como los McDonald’s de París. Luego se me olvidó que más quería decir.

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Jóvenes y guapos se está imprimiendo

Dejo la portada y el texto de contraportada de Jóvenes y guapos (Xordica 2010); la portada es de Clara Carnicer. La colección de relatos de Jóvenes y guapos ganó el Premio de narrativa en castellano de la Universidad de Zaragoza en 2009.

La protagonista de Jóvenes y guapos hace muchas cosas por primera vez. Se matricula en la universidad, empeiza a trabajar en una compañía de animación, se va de gira con una obra de teatro amateur, prepara una tortilla de patata y acude al entierro de su abuelo en un tren nocturno.
Los relatos de Jóvenes y guapos cuentan una historia de aprendizaje. mientras viaja a Orense, Lisboa o Jaca, la narradora –que tiene muchas cosas en común con el personaje de París tres, el primer libro de Aloma Rodríguez–, observa la fragilidad, los secretos y las contradicciones de los demás. Y sobre todo descubre cosas de sí misma: se convierte en vértice de un triángulo amoroso, discute con gente que admira y constata el valor de la alegría, el juego y el sexo.
Con una mirada irreverente, a veces tierna y siempre fresca, Aloma Rodríguez ha escrito un libro sobre la amistad, el teatro y la familia.

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